viernes, 11 de enero de 2013

Zen y depresión. Tiempo


Como las señales del ir y venir del tiempo son obvios, la gente no duda de ello. Aunque no dudan no lo comprenden. Observa cada cosa de todo este mundo como un momento de tiempo. Las cosas no se obstaculizan unas a otras, al igual que los momentos no se obstaculizan entre si. 

Dogen, Uji

En medio de la depresión, el tiempo tiene una cualidad diferente. El movimiento, el habla y el pensamiento van más despacio (de hecho, esta "desaceleración psicomotriz" es uno de los criterios psicológicos para diagnosticar la depresión). Se hace difícil realizar tareas físicas, debido a la lentitud y pesadez que llena el cuerpo. Eso puede convertirse en un auténtico problema a la hora de conducir, cuidar a un niño o tratar de darse prisa para llegar a una cita. 

Durante la depresión se empieza a ver que el mundo "normal" está basado en la velocidad y la agresividad. También podemos ver que ésa es únicamente una de las muchas posibilidades de considerar el tiempo.

Al trabajar con personas que padecen enfermedades mentales, he observado que muchos atraviesan un episodio psicótico. Cuando una persona se encuentra en un estado psicótico, se siente llena de una gran energía, en ocasiones eufórica. Hablan rápidamente, sueñan grandes sueños, necesitan dormir poco y cuentas con enormes cantidades de energía física. Pueden resultar bastante cautivadoras (algunos psicóticos son gente dedicada a los negocios o políticos de éxito). La dificultad en ayudarlos estriba en el hecho de que no ven que exista algún problema. Y a menudo tampoco lo ven quienes los rodean. Una mujer con la que tal trabajé solía decir: "Si pudiera embotellar esta energía psicótica y venderla, sería millonaria". 

Toda nuestra cultura es psicótica, un remedo de todas las características de la persona psicótica. En realidad, esas cualidades son muy admiradas y deseadas. Como cultura en la que se mide el tiempo en nanosegundos, la distancia entre lugares distintos no significa nada, mientras que los logros son de suma importancia. No es de extrañar que durante la depresión nos sintamos avergonzados e inútiles, y creamos que debemos hacer algo rápidamente para remediar nuestro manifiesto estado de desincronización. 

No obstante, la caída de la velocidad de reacción durante la depresión nos concede una oportunidad para explorar el mundo. Puede ser como la experiencia de un retiro de meditación donde contamos con tiempo para sólo ser, sin referencias temporales. 

En la depresión nos damos cuenta de que la velocidad del tiempo no es constante, como estamos acostumbrados a creer. A menudo pasa lentamente a causa de las emociones incómodas que experimentamos. Cuando sentimos dolor, o estamos aburridos o no nos sentimos felices, tratamos de proyectarnos hacia el futuro, con la esperanza de poder acelerar las cosas para llegar antes a un momento más feliz (esa es la respuesta humana básica al sufrimiento o la incomodidad). Pienso en mi hijo de seis años. cuando sentía que el día de su cumpleaños no acababa de llegar. Empezó a tachar días en el calendario antes de que llegasen, como si pudiese hacer que el tiempo se moviese más deprisa. Nosotros hacemos algo parecido, pero nos parece menos obvio.

Tratar de proyectarse en el futuro no hace sino aumentar la incomodidad y el dolor que sentimos en el momento presente. Añade una capa de sufrimiento suplementario al dolor. Sólo puede ser así, porque no podemos deshacernos del dolor emocional que estamos sintiendo en el ahora. No obstante, podemos añadir más dolor con sólo desear o esperar que las cosas fuesen de otro modo. Dogen dijo: "A pesar de nuestro amor, las flores mueren; a pesar de nuestro odio, la maleza florece".

De todas las cosas que experimentamos no hay otra sobre la que tengamos menor control que el tiempo. Tanto si se mueve lenta o rápidamente, no podemos forzarlo a ser diferente de lo que es en el ahora. No podemos deshacernos de él no invertir su dirección. Y podemos estar seguros de que el tiempo, así como nuestras circunstancias, cambiará. De hecho es la única cosa de la que podemos estar seguros. El dolor que sentimos ahora se abrirá al próximo momento... a un nuevo dolor, tal vez, o a la alegría.

El tiempo es como las olas de un lago. Las olas surgen una y otra vez. Cada una de ellas es distinta, y la manera en la que aparecen a un metro de la orilla puede ser completamente distinta de como son justo aquí. Su aparición depende de innumerables factores. A veces llegan lentamente, a veces con rapidez. Pueden ser enormes o pueden ser meras ondas. Pero mi deseo de que sean de una manera determinada se pierde en el inmenso sonido que crean al romper contra la orilla. Lo mismo sucede con los instantes que surgen a nuestro alrededor. 

Esta observación le resultará familiar a cualquiera que haya tenido la experiencia de regresar de un largo retiro de meditación para volver a integrarse en el frenético mundo urbano. Enseguida salta a la vista que el ritmo de la vida no es algo absoluto y que la velocidad a la que la mayoría de nosotros pasamos los días esa algo totalmente ¿premeditado?. No tenemos por qué movernos a ese ritmo de manera constante. 

La depresión nos fuerza a movernos con lentitud, y eso tiene un valor. Podemos abrirnos a los momentos que se van desplegando a nuestro alrededor. Si permanecemos atentos, nos daremos cuenta de que hay tiempo para todo lo que requiere casa instante. 

En el arte marcial del aikido existe una práctica llamada randori, en la que una persona lidia con un gran número de atacantes a la vez. Pero los estudiantes aprenden con rapidez que en realidad no está enfrentándose a muchos a la vez y que la única manera de solucionar el ejercicio es esperar un ataque o atacante cada vez. Sepárese de usted mismo siquiera un segundo preocupándose acerca de lo que le sobrevendrá a continuación y estará perdido, lejos del momento presente. De la misma manera, debemos tratar con cada momento tal como éste se presenta, como si fuese una única perla que forma parte de una larga sarta de perlas. Entonces podremos descubrir la belleza que radica en cada momento.

Exploración complementaria

Guarde durante unos días el reloj de pulsera y el resto de relojes que utilice. Ponga atención al flujo del tiempo en su interior. ¿Cuándo parece que el tiempo se mueve más rápido? ¿Cuándo más despacio? ¿Cuáles son sus pensamientos y emociones en esas ocasiones? Aunque no ponga atención al "tiempo real" existente en el exterior, ¿sigue sintiendo una conciencia del paso del tiempo? Si se hace consciente de la velocidad con la que pasa el tiempo real, ¿cómo es esa velocidad comparada con su propia experiencia del tiempo? ¿Cuáles le parece que son sus propios ritmos naturales?
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Conduzca hoy quince kilómetros por hora más despacio. ¿Cómo se siente cuando no se ve impelido a acelerar el momento presente? ¿Cómo le responden los demás? ¿Cómo siente la diferencia? 

Realizar la exploración sólo si te sientes cómodo haciéndola. Recomendación del propio autor.

(Extraído del libro "El camino del Zen para vencer la depresión". Autor Philip Martin)

jueves, 10 de enero de 2013

La enseñanza Zen

haideé iglesias

Si aspiras a convertirte en maestro Zen, debes apartar los bueyes del arado y robar la comida del hambriento.
Cuando separes los bueyes del arado la cosecha prosperará y cuando despojes al hambriento de su comida le liberarás del hambre para siempre.
Para mucha gente lo que acabo de decir carece de sentido. ¿Cómo es posible que la cosecha florezca si dejas de arar? ¿Cómo saciarás el apetito del hambriento si le despojas de su comida?
Para ser un verdadero maestro debes separar los bueyes del arado, robar la comida del hambriento y dar un empujón por sorpresa para que la gente abandone su modo rutinario de pensar. Diles entonces: "La satisfacción jamás es completa. Las calamidades nunca vienen solas" 

Maestro Wuzu

miércoles, 9 de enero de 2013

El sarcasmo y la incongruencia entre mensajes verbales y no verbales: cómo pasar a proponer alternativas válidas

haideé iglesias

El sarcasmo y la incongruencia entre mensajes verbales y no verbales comparten un aspecto común: el mensaje verbal que se comunica no tiene un significado completo por lo que es difícil responder al mismo; existe un mensaje no verbal o contextual que descalifica al verbal. Para dejar de enviar este tipo de mensajes, o para hacerles frente de mejor modo cuando alguien se los envíe a usted, la tarea conveniente es la misma: expresar, comentar, sacar a relucir los mensajes que se están enviando a fin de poder tratarlos directamente. ¿Qué es lo que quiere cada persona? La persona que procura facilitar el diálogo desplaza la conversación en esa dirección, no para derrotar a la otra, sino para que ambos puedan ganar. 

Ejercicio 24: Un ejercicio de imaginación: Sustitución de mensajes de Óscar y Luisa.

Realice el siguiente ejercicio dos veces. Imagínese la primera vez que usted es Luisa y sustituya los mensajes que dificultan el diálogo por otros que lo facilitan. Las alternativas que sugieren vienen entre paréntesis. La segunda vez, haga lo mismo con Óscar. Al final del ejercicio se proporcionan algunas respuestas posibles. 

Situación: Luisa acaba de comprar un vestido muy caro, que Óscar considera superfluo.

  1. Óscar dice: "¿Qué has gastado bastante dinero por hoy, o quieres volver a probarte algunos más? (Emplee la expresión de un conjunto de sentimientos en vez del sarcasmo.)
  2. Luisa responde: "Estás enfadado por que no puedes ganar suficiente dinero para ambos y estás celoso de mi trabajo". (Emplee la expresión de una impresión acerca de los sentimientos suscitados, el acuerdo parcial con una crítica y la declaración de deseo en vez de la declaración del tipo "eres malo" y el ataque de un nuevo tema.)
  3. Óscar responde: "Claro, claro que estoy celoso. Me encantaría tener tu empleo. Me encantaría ser el jefe de la servidumbre de alguien rico". ¿Crees que podrías conseguirme un puesto de trabajo? (Emplee el acuerdo parcial con una crítica y una declaración de deseo en lugar de este sarcasmo.)
  4. Luisa no dice nada en respuesta a esto, pero al ordenar los libros que están sobre la mesa, los arroja al suelo con violencia. (Emplee una declaración de deseo en lugar de o como complemento de estos mensajes no verbales.)
  5. Óscar continúa: "Y una cosa más: tú no vas a comprar nada más sin mi permiso hasta que nuestra economía ande mejor. ¡Mañana mismo devuelves ese vestido!" (Óscar podría emplear la presentación de opciones y elección de entre las mismas en vez de estas declaraciones en forma de orden.)
  6. Luisa responde: "¿Sabes lo que me dijo mi madre? Me dijo: "Ningún hombre sabrá jamás hacer feliz a una mujer. Yo permanecería alejada de ellos si tuviera que pasar por lo mismo otra vez". Y ¿sabes qué?, creo que tenía razón". (Emplee una declaración de deseo para responder a la última declaración de Óscar y una declaración de negociación en lugar de la generalización excesiva de Luisa.) 
  7. Óscar responde: "Con una madre que dice cosas como esas, no me extraña que hayan salido tan tiesa e intratable". (En lugar de esta declaración del tipo "eres malo", emplee la expresión de impresión de los sentimientos suscitados.)
  8. Luisa responde: "¡Oh, si, escuchen aquí a Don Perfecto hablando de cómo debe uno llevarse con las personas! ¡Cuénteme más, maestro! ¡Espere un momento, que tomaré apuntes!". (En vez de este sarcasmo, emplee el acuerdo parcial con una crítica o argumento.)
  9. Óscar responde: "supongo que pretendes ser graciosa, ¿no? Pues lo eres, eres muy graciosa. ¿No ves todo lo que me río? Estoy a punto de reventar de risa, me estoy riendo tanto. ¿Has pensado alguna vez en salir en la televisión, Luisa? ( En lugar de este sarcasmo y las preguntas de reproche,, Óscar podría emplear el acuerdo parcial con una crítica o argumento.) 
  10. Luisa responde: "No he pensado en salir en la televisión, no, pero he pensado en salir a secas, en marcharme. Creo que te resultará muy beneficioso ver lo que sucede cuando yo no esté para aguantar tu sarcasmo". (En lugar de esta amenaza, Luisa podría emplear una declaración de sentimiento sobre la conversación en general y una declaración de deseo sobre la cuestión económica con que se inició toda la discusión.)
  11. Óscar responde: "Oh, me vería perdido si el sonido de tu dulce voz no iluminase mi vida". (En lugar de este sarcasmo, emplee el acuerdo parcial con una crítica.)
  12. Luisa responde: "De acuerdo, ¿por qué no te marchas ahora mismo si es lo que tanto deseas?". (En lugar de estas amenaza y pregunta de reproche, emplee el acuerdo parcial con una crítica y la negociación.)
  13. Óscar responde: "Eres la inseguridad misma, como todos los de tu familia". (Esta declaración merece realmente una medalla al combinar la generalización excesiva, la declaración del tipo "eres malo", la generalización sobre maneras de ser y el ataque de nuevo tema. Sustituirla por la expresión de una impresión acerca de los sentimientos suscitados.)
  14. Luisa sale disparada de la habitación, saca ruidosamente la maleta del armario, y comienza a tirar con descuido la ropa dentro de la misma. (En lugar de este acto provocado por la ira y la necesidad de apoyo, Luisa podría buscar el diálogo con una declaración de sentimiento y un aplazamiento de la conversación.)
  15. Óscar entra en la habitación y grita: "¡Vuelve a guardar esa maldita maleta! ¿Es qué no te das cuenta de cuándo hablo en serio y cuándo estoy bromeando?". (En vez de esta orden y pregunta de reproche, Óscar podría utilizar la expresión de una impresión acerca de los sentimientos y ofrecer el aplazamiento de la conversación.)
  16. Luisa no dicen nada pero continúa haciendo la maleta. (En lugar de este acto provocado por la ira y la necesidad de apoyo, Luisa podría expresar su impresión de la última declaración de Óscar.) 
La historia finaliza de este modo por ahora: Óscar pega una patada a la maleta de Luisa haciéndola caer y esparciéndose toda la ropa por el suelo, al tiempo que dice: " ¡Te quiero demasiado para permitirte que me abandones!". Luisa se arroja sobre él estallando en lágrimas y sollozos, y golpeándole en el pecho con los puños. Óscar la sujeta de los hombros, y tras darla unas pocas sacudidas, repitiendo: "Te quiero demasiado para permitirte que me abandones", la atrae hacía si. Ella se resiste, y acaba por ceder, abrazándose durante unos segundos. Él trata de besarla, pero ella se libera del abrazo y corre hacía la puerta de la casa mientras él la sigue gritando: Ella regresa a los diez minutos y Óscar pregunta, "¿Luisa"". Ella responde: "¿Déjame en paz, no quiero hablar ahora". Entra sola en la habitación y la recorre histriónicamente de uno a otro lado mientras cae el telón. 

Posibles respuestas al ejercicio 24: Sustitución de declaraciones de Luisa

2.   "¿Estas preocupado por el precio, ¿verdad? Admito que es bastante caro, pero quiero tenerlo de todos modos y si te sientas conmigo te demostraré cómo podemos permitírnoslo.

4.   "Óscar, me duele que te muestres así de sarcástico con mi trabajo."

6.   "Óscar, cuando me das órdenes de ese modo, me revelo y sólo deseo herirte. Hagamos un trato: yo tendré en cuenta la posibilidad de devolver el vestido si tú consideras el devolver esa pistola que compraste. Sentémonos y repasemos el presupuesto a fin de decidir lo que podemos y no podemos permitirnos y lo que es preciso devolver."

8.    "Tienes razón. Podría ser mucho más tratable. Seguro que sí."

10.  "Óscar, toda esta conversación me está haciendo sentirme incómoda porque no estamos consiguiendo nada. Me gustaría que buscásemos juntos alguna solución para el tema económico. Podríamos hacer una lista con las opciones de que disponemos y elegir de entre las mismas."

12. "Ya sé que mi sarcasmo te altera los nervios. Hagamos un trato: si yo procuro ser menos sarcástica y más directa contigo, ¿harás tú lo mismo? ¿lo intentamos ambos ya al analizar nuestra situación económica?"

14. "Óscar, me estoy poniendo más y más furiosa, y el que menciones a mi familia, me exaspera. Estoy demasiado enfadada para dialogar contigo ahora. Prefiero dar un paseo; dentro de media hora o así podemos intentarlo de nuevo, ¿de acuerdo?"

16. "Óscar, ¿quieres decir que todo lo que has dicho en los últimos minutos no lo decías en serio?"

Situación de las declaraciones de Óscar

1. "Luisa, ese vestido es bonito, y me gusta, pero al mismo tiempo me preocupa que no podamos pagar las facturas este mes si lo compras. ¿Podríamos hablar de ello?".

3. "Tienes razón en que no gano tanto dinero como me gustaría. Puede ser también que tengo celos de tu trabajo; no lo sé, tendré que pensarlo. Pero, independientemente de ello, quiero que nos sentemos y nos aseguremos de que podemos pagar el recibo del agua antes de que te compres ese vestido tan caro."

5. "Luisa, creo que tenemos un problema: ninguno de nosotros está satisfecho con el modo como el otro administra el dinero. Me gustaría que dedicásemos algo de tiempo al asunto y que veamos cuáles son las posibilidades respecto al modo como decidimos los gastos, y si hay alguna opción que ambos aceptemos poner en práctica. ¿De acuerdo?."

7. "Se diría que no te he estado haciendo feliz, Luisa."

9. "Tienes razón, no soy el más indicado para hablar sobre ello, ¿verdad?. Realmente podría tratar de mejorar el modo como te trato, ¿no es cierto?"

11. "Me resultaría muy duro que te marchases. Tienes razón en eso."

13. "Parece que estás bastante harta y disgustada con el modo como usa mi bocaza."

15. "Luisa, parece que te he molestado realmente, y que yo también me he disgustado. Vamos a tomarnos unos cuantos minutos para calmar los ánimos, y luego creo que ambos seremos capaces de actuar más razonablemente. ¿De acuerdo?"

Autor N. Strayhorn

martes, 8 de enero de 2013

Picudas púas

haideé iglesias

Miro al suelo,
picudas púas,
crujen las hojas secas.

lunes, 7 de enero de 2013

El arte de la paz XVI



El penetrante resplandor de los sables
empuñados por seguidores del Camino
golpea al enemigo maligno
que acecha en el interior
de sus propias almas y cuerpos.

Morihei Ueshiba

viernes, 4 de enero de 2013

Zen y depresión. Una pradera más grande

Ofrecer a vuestra oveja o vaca una pradera más grande y espaciosa en la manera de poder controlarla. 
Shunryu Suzuki Roshi

A menudo, en la depresión, nuestra vida parece estar fuera de control. Sentimos impotencia, como si no tuviésemos margen de maniobra para mejorar las cosas. Pero al mismo tiempo, la mayoría de nosotros creemos que podemos cambiar lo que nos sucede. 
Al profundizar en el estado depresivo, tratamos más y más de hallar maneras de superarlo. Siendo incapaces de efectuar cambios, aumenta en nosotros la percepción de que algo no funciona en nuestro interior. Sentimos que deberíamos ser capaces de superar la depresión, si no por la fuerza de voluntad, o afirmaciones, o pensamiento positivo, entonces al menos obteniendo ayuda de los demás. 
Pero a pesar de todos nuestros esfuerzos, hay ocasiones en que la depresión simplemente no mejora, o si lo hace es sólo ligeramente. Y cuando las mejoras que esperábamos no suceden, acabamos sintiéndolos más desesperados e inútiles.
La depresión nos enfrenta cara a cara con el hecho de que hay muchas cosas sobre las que no tenemos control, por mucho que lo intentemos. Es cierto que existen muchas cosas externas que no podemos controlar, pero también lo es que tampoco tenemos mucho control sobre nosotros mismos. No podemos conseguir crecer más, o no enfermar nunca, o dejar de perder cabello. Y moriremos por muy saludables que sean nuestras dietas o por mucho ejercicio que hagamos.
Vivimos en unos tiempos en los que se persigue el control por encima de todo. Nuestros héroes son personas que han logrado el éxito, riquezas y poder, todas ellas formas de control. Incluso el pensamiento New Age, que afirma beber de fuentes de sabiduría  muy antiguas, trata, en gran parte, sobre el poder y el control. El axioma es "nos construimos nuestra propia realidad", y la creencia de que podemos obtener todo lo que queramos con sólo imaginarlo, provienen del mismo deseo básico de control.
Por, el contrario, las grandes tradiciones espirituales hablan de la sabiduría de realizar nuestro auténtico lugar en el mundo. Profundizar en la espiritualidad no es resultado de más control, sino de una mayor aceptación de nuestra impotencia inherente.
En la depresión empezamos el proceso de curación al aceptar que una gran parte de nuestro estar deprimidos, así como el superarlo, esta fuera de nuestro control. Al reconocerlo, podemos soltar presa y dejar de echarnos la culpa.
Entonces podemos ver que siendo más realistas en relación con nuestro verdadero poder y lugar en este mundo, y dándonos cuenta de lo poco que realmente podemos controlar, empezamos a profundizar en sabiduría. Podemos llegar incluso a descubrir que pasamos por épocas de mayor felicidad y motivación cuando nos relajamos y abrimos al instante presente. En dichas ocasiones podemos aceptar todo lo que se nos da y considerarlo un regalo.

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A nivel más básico, nuestro deseo de controlar nuestro mundo proviene de nuestro apego al placer y rechazo del dolor. Se trata de otra forma de duhkha, o sufrimiento, de nuestra tendencia a complicar, a resistirse a la manera en que suceden las cosas, o creer que podrían ser diferentes. Entonces decidimos que somos quienes las vamos a cambiar.
Cuando disminuye nuestro apego a tener cosas, al soltar nuestra creencia de que nuestra vida debería ir en una cierta dirección, también podemos soltar nuestro deseo de control. Podemos convertirnos  en participantes de nuestra propia vida, en lugar de un frustrado director en ciernes.
Cuando dejamos de tratar de controlar las cosas que no podemos controlar, también nos ahorramos un montón de esfuerzo y energía, dos cosas que resultan criticas a la hora de mantener la cordura y el equilibrio cuando se atraviesa una depresión. En lugar de tratar de tener un efecto en cosas en las que realmente marcarían una diferencia, para nosotros y para los demás.
Al tratar de controlarlo todo estamos empequeñeciendo nuestro mundo. En lugar de seguir haciéndolo, podemos abrirnos a un mundo mucho más ancho y fecundo donde no estamos al mando, pero donde formamos parte de algo mucho más grande, algo profundamente maravilloso.

(Extraído del libro "El camino del Zen para vencer la depresión". Autor Philip Martin)

miércoles, 2 de enero de 2013

Intimidad y paciencia

haideé iglesias

El Zen habla de intimidad. En el Zazen del estar-con, intimamos con nosotros mismos, con el propio corazón y mente, con las emociones y la imaginación, particularmente con nuestra mente-corazón interior. Nos ponemos en contacto con nuestros propios sentimientos y despertamos a nuestro verdadero corazón. En este sentido, es algo terapéutico y sanador. Sin embargo, la terapia no es el propósito fundamental del Zazen, sólo su resultado. Además, estar con uno mismo también supone atravesar la oscuridad, el Vacío, la soledad, el miedo y cuanto podamos imaginar. Mas eso también es el nacimiento de la compasión. No sólo tenemos que acoger y estar con nuestra propia locura, temor, tinieblas y dolor, sino que , de una forma misteriosa, todo el mundo entra en tu corazón y emerge de él. Cuando aceptamos y estamos con las pasiones y miedos propios, nos volvemos compasivos. Al atravesar el dolor de la propia condición solitaria, se puede entrar en esa soledad, en la que ya no se vuelve a estar aislado. La paciencia y la espera pertenecen a la dimensión interior del Zazen. Paciencia, ante todo, con uno mismo. Ser paciente es sufrir: sufrirse. A menudo nos impacientamos con nosotros mismos y con el mundo, tenemos prisa por cambiarlo, por manipularlo, por ordenarlo según nuestras aspiraciones y deseos. "La naturaleza", tanto la de nuestro ser como la de los semejantes y la del mundo, se resiste y representa un obstáculo insuperable para nuestra propia voluntad y egoísmo. En el Zazen tenemos que aprender a sufrirnos, a estar con nosotros y a soltar nuestro propio empeño, tenemos que aprender a entregar el querer propio. 

Arul M. Arokiasamy
(Gen-Un-Ken)

lunes, 31 de diciembre de 2012

La belleza que no muere. ¡Feliz y Renovador Año Nuevo 2013!

haideé iglesias

Esa belleza que a día de hoy contemplo con los ojos. Y que está más allá de estos. La luz que en todos habita, mal que les pese a quienes aún no lo entienden, principalmente porque no la sienten. Mas, es posible aprenderlo. 
¡Feliz y Renovador Año Nuevo 2013! 

Y la pregunta que propongo en el otro blog: 

Bueno, estoy dispuesta a recibir respuestas a esta pregunta que surgió hoy en mi:
Estamos en ese día que llamamos lunes, vamos, comienzo de una semana. 
Estamos en el final de un mes, diciembre. 
Estamos en el final de un año, 2012.
¿Cómo es que comenzamos otro mes, enero, y otro año, 2013, siguiendo con el día de la  semana que sigue a lunes –o sea martes– tal como si nada hubiera pasado si todo lo demás, mes y año, se terminan? 
¡Hale!, ¡a pensar! Este es un modo de romper la cadena ininterrumpida de pensa-mientos que nos encadena a la rueda sin fin que tanto sufrimiento nos causa.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Efímero

haideé iglesias

El problema de la culpa (IV) y última


Desde el punto de vista de la protección de la autoestima, resulta esencial distinguir entre a culpa racional y la autocondena. Por culpa racional entendemos una evaluación auténtica de alguna acción equivocada, un sentimiento genuino de arrepentimiento o remordimiento y la determinación de efectuar una mejor elección en el futuro. La autocondena es un veredicto dirigido al individuo como tal y contiene una contradicción: ¿si soy irremediablemente despreciable, quién se preocupará lo suficiente como para pronunciar el veredicto? ¿A quién he ofendido íntimamente? Si soy yo quien pronuncia el veredicto, entonces no puedo ser totalmente despreciable. 
La culpa racional es una señal de alarma. Nuestra supervivencia y bienestar no se verían beneficiados si careciéramos de la capacidad de reprocharnos a nosotros mismos. Algunas veces, en estado de conciencia semiconcentrada, nos comportamos ciegamente, mal o de una manera irresponsable, y la primera señal para llamar nuestra atención consciente la constituye una desagradable sensación que pertenece a la culpa. 
Pero la culpa irracional –que subvierte los fines de la supervivencia y el bienestar –alcanza proporciones virtualmente epidémicas. Por eso puede llegarse a decir: "Me siento culpable por desear a la esposa de mi mejor amigo".
Lo cual implica que nuestros deseos sexuales se encuentran sometidos a nuestro control volitivo directo y jamás deben fluir de manera inconveniente o en una dirección inadecuada. 
Traducción más probable: las personas que respeto me condenarían por tener estos deseos. 

O: "Me siento culpable por ser tan atractivo". 
Implicación: mi atractivo constituye mi castigo hacia aquellos que no lo poseen.
Traducción más probable: tengo miedo de los celos o envidia de otras personas.

O: "Me siento culpable por ser tan inteligente". 
Implicación: nací con un buen coeficiente mental a expensas de todos los que no lo poseen; a peor aún, considerando que todo individuo debe ejercitar el potencial de inteligencia con el que nació, no merezco ningún reconocimiento por lo que he hecho con mis dotes.
Traducción más probable: tengo miedo de la animosidad de aquellos que se sienten agraviados por mi inteligencia.

O: "Me siento culpable por recibido trato preferencial de mis padres respecto de mis hermanas, porque era el único hombre". 
Implicación: soy moralmente responsable del comportamiento de mis padres.
Traducción más probable: siento resentimiento por la carga y expectativas que constituyen la otra cara del trato preferencial que reciben los hijos varones. 

O: "Me siento culpable de ser humano: nací en pecado".
Implicación: resulta significativo hablar de culpa en un contexto en el que no existe la inocencia. Es más: debo aceptar un concepto que justifica la violencia para alcanzar la razón y la moralidad porque lo proclaman las autoridades. 
Traducción más probable: esas autoridades guardan el monopolio de la moralidad y los juicios morales: ¿quién soy yo para contraponer mi juicio al suyo?

O: "Me siento culpable porque mis padres nunca me quisieron".
Implicación: la respuesta de mis padres hacia mí sólo pudo haber estado determinada por mi propio carácter, no por problemas suyos que quizá no hayan tenido nada que ver conmigo. Debieron de comprender que yo no tenía valor como persona desde el principio. 
Traducción más probable: la única forma de salvaguardar mi relación con ellos, la único forma de seguir siendo su hijo y de conservar la sensación de pertenecer a alguien, consiste en aceptar sus ideas y permitirles que me definan. 

O: "Me siento culpable por haber alcanzado el éxito en la vida". 
Implicación: no sólo no merezco ningún reconocimiento moral por mis logros, sino que, por la razón que sea, no han triunfado de la misma manera. Es más, estoy en deuda moral hacia los que no han obtenido tanto éxitos como yo en la vida.
Traducción más probable: si no doy muestras de sentirme orgulloso de lo logrado, si oculto mis sentimientos de orgullo no sólo de los demás sino también de mí mismos, quizá la gente me perdone y llegue a agradarle.

Quizá deba admitir que, en una época en la que al igualitarismo avanza desconsoladamente y en la que existen personas que piensan que cualquier forma de desigualdad –de inteligencia, carácter, riqueza o atractivo físico– implica una injusticia por parte de alguien hacia algún otro, algunas de las instancias de culpa recién descritas pueden no ser consideradas irracionales. Quizá estos ejemplos no sólo resulten conocidos para algunos lectores, sino que posiblemente otros los considerarán razonables. Destacaré que cuando se exploran estas actitudes en el contexto de la psicoterapia, lo que emerge no es un proceso de razonamiento moral, sin el ocultamiento de un profundo temor a la autonomía, el miedo a no "pertenecer".  
Existe una paradoja en la aceptación de la culpa inmerecida. Con mucha frecuencia, el resultado es la creación de una verdadera culpa. Si, por ejemplo, tengo miedo de afirmar mi derecho a existir o ser feliz, si carezco del coraje de ser honesto acerca del orgullo que siento por los éxitos que he obtenido o por el placer que me producen los beneficios de los que disfruto, entonces muy dentro de mi existe la incómoda sensación de la autotraición, la capitulación de la integridad, la aceptación de valores y normas que no respeto honestamente. Y cuando la autoestima está socavada, puedo comenzar a realizar acciones contrarias a los principios que realmente respeto. 
De la misma manera en que aceptar y expresar resentimiento puede acarrear la desaparición de lo que se denomina "culpa", un procedimiento similar con los sentimientos de orgullo y felicidad puede alejar remordimientos de conciencia que no tengan una verdadera razón de ser. Así como puede necesitarse coraje para ser coherente con respecto al resentimiento, también puede necesitarse esta cualidad para admitir sentimientos de orgullo y felicidad. Según mi experiencia, parece necesitarse más coraje para esto último que para lo primero. 

Nathaniel Branden

miércoles, 26 de diciembre de 2012

El problema de la culpa (III)


Sin negar que hay momentos en que las personas se sienten realmente culpables porque no han vivido de acuerdo con normas que ellas mismas respetan, un enorme porcentaje de lo que se suele llamar "culpa" resulta ser un disfraz de otros sentimientos que han sido ocultados, como en los ejemplos descritos. Cuando sospecho sobre la autenticidad de las declaraciones de culpa de una persona, suelo pedirle que complete la frase: "Lo bueno de sentirse culpable es que..." Las siguientes son las respuestas más frecuentes:

Lo bueno de sentirse culpable es que:
Me permite permanecer paralizado.
No tengo que hacer nada.
La gente siente pena por mí.
Prueba que soy una persona moral.
No tengo que cambiar.
Puedo sentirme superior a otras personas (que no tienen la integridad de sentirse culpables).
Puedo sentir pena por mí.
Puedo manipular a otras personas para que me digan que soy bueno.
Puedo dar la razón a mis padres.

La mayoría de estos finales de frase se explican por sí mismos. Quizá no ocurra esto con el último, que resulta sumamente importante.
Supongamos que, de pequeños, recibimos mensajes de nuestros padres acerca de que somos malos, por razones que pueden tener poco o nada que ver con nuestro verdadero comportamiento. Un "buen" niño es el que se adapta al punto de vista que los padres tienen de las cosas. De manera que, si un niño quiere ser bueno y se le dice que es malo, se genera una dolorosa paradoja. Veamos:

Quiero ser bueno.
Mis padres me dicen que soy malo.
Un buen niño no contradice a sus padres.
Entonces, para ser bueno hay que ser malo.
Si realmente tuviera que ser bueno, me volvería malo, ya que mis padres me dicen que no soy bueno y no está bien contradecirlos.
Si soy malo, soy bueno, ya que me adecuo al punto de vista que mis padres tienen de las cosas.
Por otro lado, si tuviera que ser bueno, me haría malo: desobediente e incumplidor. 

En otras palabras, si relaciono mi autoestima con la aprobación de mis padres y el precio de la aprobación es el cumplimiento, entonces terminaré persiguiendo la autoestima positiva aceptando la autoestima negativa. 
Este conflicto constituye uno de los problemas más comunes que pueden encontrarse entre los pacientes de psicoterapia. La solución, en principio, reside una vez más en aumentar la autonomía, cambiando las fuentes de autoestima de las señales externas a las internas, del juicio de los padres al propio, lo cual implica aprender a respetar el sí-mismo.
La dificultad con la que muchas personas se enfrentan cuando tratan de realizar esta mutación es el miedo a la soledad y la propia responsabilidad. Nunca superaron la noción infantil de que la relación con sus padres resulta esencial para la supervivencia. Tampoco descubrieron adecuadamente su propia capacidad para afrontar los desafíos de la vida. De modo consciente o subconsciente, siguen siendo niños. No tiene ninguna importancia que en realidad puedan haber demostrado ser más capaces de sobrevivir que sus padres. 
Así descrito, el problema puede parecer casi agobiante, lo cual es lamentable, ya que afrontarlo y superarlo puede describirse como una empresa heroica (si consideramos el coraje y la perseverancia criterios esenciales del heroísmo).
No maduramos negando o reprimiendo nuestros sentimientos de dependencia, sino aceptándolos, experimentándolos, para luego dejarlos atrás aprendiendo a escuchar y respetar nuestras señales internas –a pensar por nosotros mismos– y a dejarnos guiar por nuestras propias conclusiones. 

Nathaniel Branden


lunes, 24 de diciembre de 2012

¡Feliz Nochebuena y Día de Navidad!

haideé iglesias

El aliento de la paz inunda el corazón y nos aporta serenidad y comprensión profundas. La paz es el camino -.-

jueves, 20 de diciembre de 2012

El problema de la culpa (II)


Quizá la forma más leve de la culpa sea la experimentada por aquellas personas que, si bien pueden evitar reflexionar en demasía sobre sus relaciones, trabajo, valores y objetivos en general, no han violado conscientemente sus convicciones en gran medida, ni han intentado eludir la realidad y se imponen a lo que consideran irracional. Es posible que operen en un nivel de conciencia inferior al que podrían acceder, pero son más o menos honestos dentro de ese contexto. 
Los que si actúan en contra de sus convicciones morales suelen experimentar una mayor carga de culpa. Pero en esto debemos hacer una distinción importante. 
Hay personas que, si violan sus propios principios, sienten tanto culpa como ansiedad, pero, de hecho, no se sienten culpables "contundentemente". Están protegidas por el hecho de que tienen unas normas independientes que sostener y una integridad que mantener. Pueden sentir "no debí haber traicionado mis propias normas en este asunto", y seguir gozando de un nivel de autoestima considerable. 
La culpa tiende a ser más aguda y dolorosa para las personas cuya posición con respecto a los juicios morales es implícitamente autoritaria. No existe el sano recurso intrínseco de la comprensión racional o el juicio independiente que proteja a transgresores de sentimientos de desprecio esencial cuando desobedecen al prójimo que respetan. Experimentan sus ansiosos sentimientos de culpa como miedo a la desaprobación de ese prójimo. Este se percibe como la voz de la realidad objetiva que los llama a juicio. 
En la experiencia psicoterapéutica es tan importante el porcentaje de culpa que tiene que ver con la desaprobación o condena del prójimo respetado, como por ejemplo los padres, que no se recomienda jamás tomar las declaraciones de culpa al pie de la letra. Muchas veces, cuando una persona declara: "Me siento culpable por esto y aquello", lo que quiere decir y difícilmente reconoce es: "Tenía miedo de que mis padres me censuraran si se enteraban de lo que había hecho". A menudo comprobamos que la persona no reprueba realmente la acción. En estos casos, la solución del problema de la "culpa" reside en el coraje para escuchar la voz del sí-mismo; en otras palabras en una mayor autonomía. 
Por ejemplo, un hombre declara sentirse culpable de masturbarse porque sus padres le enseñaron que era pecaminoso. Algunas veces, el terapeuta resuelve el problema sustituyendo la autoridad de los padres del paciente por la propia y asegurando al hombre que la masturbación es una actividad perfectamente aceptable. Este tipo de solución habitual entre los terapeutas de tendencia fuertemente didáctica. Se parte de la suposición de que la culpa del hombre viene provocada por su equivocada idea acerca de la moralidad de la masturbación. Según mi experiencia, diría que ésta es la cortina de humo que esconde el problema. Este reside en la dependencia y temor de la autoafirmación, en la imposibilidad de respetar el sí-mismo. 
En algunas oportunidades, las declaraciones de culpa representa una cortina de humo de sentimientos de rencor sofocados. No fui capaz de satisfacer las expectativas o normas de otras personas. Tengo miedo de admitir que me siento intimidado por esas expectativas y normas. Tengo miedo de reconocer lo furioso que estoy por lo que se espera de mí. Entonces opto por convencerme y convencer a otros de que me siento culpable de no poder hacer lo que corresponde y, de esta manera, no tengo que temer comunicar mi resentimiento y exponer mi relación con los demás. 
Cuando se instruye al individuo que tiene este problema para que reconozca, experimente y exprese el resentimiento, la "culpa" tiende a desaparecer. 
En otras palabras, cuando llegamos a ser más honestos con respecto a nuestros propios sentimientos –otra forma de respetar el sí-mismo–, renunciamos a la necesidad de sentirnos "culpables". Al hacer esto, somos más libres para pensar claramente acerca de los valores y expectativas que posiblemente necesitemos desafiar. 

Nathaniel Branden

El problema de la culpa (I)


La esencia de la culpa, sea ésta importante o menor, radica en el remordimiento de conciencia moral: me he comportado mal habiendo tenido la posibilidad de no hacerlo. La culpa siempre contiene la implicación de elección y responsabilidad, independientemente de que seamos o no conscientes de ello. 
Hemos visto que, para un niño, la autocondena y la culpa pueden tener un valor de duración limitada si surgen para hacer le mundo del niño más inteligible y para ofrecer un cierto sentido de control sobre la vida. Puede persistir en la edad adulta la imperiosa necesidad de creer que el universo es "justo" y que las cosas terribles no les ocurren a las personas inocentes: por ejemplo, cuando las víctimas de persecuciones políticas se culpan a sí mismas, o se las alienta para que lo hagan, en vez de afrontar el hecho de que pueden ser marionetas indefensas en manos de fuerzas irresponsables y malintencionadas.
En la actualidad, existen ciertos cursos de control de la conciencia y supuestas disciplinas espirituales que enseñan que "somos responsables de todo lo que nos sucede" o que "somos los artífices de todo lo que nos ocurre". Apelan a la necesidad de sentirse bajo control, la necesidad de sentirse eficiente. Pero este punto de vista puede llevar a la conclusión de que un bebé de un año en un país en guerra es responsable de que le alcance una bomba. Lo increíble es que existen quienes no reniegan de esta deducción. 
Hace algunos años, participé en un debate con un renombrado psicólogo que insistía en que los niños que aún no han nacido son responsables de elegir a sus padres, lo cual le llevó a la conclusión de que el niño golpeado ha elegido torturadores. No encontró respuesta para la pregunta obvia: ¿los padres tuvieron alguna elección en la cuestión o estuvieron a la absoluta merced de la voluntad del niño no nacido? Lo cierto es que, con el fin de no corromper el concepto de responsabilidad necesitamos mantenerlo dentro de ciertos límites racionales. 
A menudo me encuentro, entre mis pacientes, con el problema de no saber definir estos límites. Un ser querido –marido, mujer, un hijo– muere en un accidente y, a pesar de que el paciente sabe que la idea es irracional, siente que "de alguna manera debería haberlo evitado". Algunas veces la culpa, en parte, es alimentada por el arrepentimiento de acciones ejecutadas o no ejecutadas mientras la persona vivía. Pero en el caso de las muertes que parecen carecer de sentido, como cuando muere alguien atropellado por un conductor imprudente o durante alguna operación menor, el superviviente puede experimentar la insoportable sensación de encontrarse fuera de control, de verse indefenso y a merced de un hecho que no tiene un significado racional. En un caso de este tipo, la autocondena o el remordimiento de conciencia pueden apaciguar la angustia y disminuir la sensación de impotencia. El superviviente piensa: "Si tan sólo hubiera hecho esto y lo otro  de un modo diferente, este terrible accidente no habría ocurrido". De este manera, la culpa explica la necesidad de eficacia otorgando una ilusión de eficacia. 
Algunas veces, esta misma forma de culpa inmerecida se produce después de un divorcio o problemas con los hijos. En estas situaciones, se puede pensar: "De alguna manera debí haber sabido cómo evitar esto; de alguna manera, debí haber sabido que hacer". Aún cuando no se tenga muy claro, cómo se podría haber actuado de otro modo y aún cuando puedan haber entrado en juego elementos decisivos ajenos al control personal del individuo atormentado.
No es infrecuente que este tipo de culpas aquejen también a personas con una alta autoestima, disminuyéndosela temporalmente. Pero cuando partimos de una baja autoestima, las culpas encuentran naturalmente terreno fértil donde desarrollarse, empeorando un autoconcepto ya deficiente de por sí. 
Lo enunciado en estos párrafos explica por qué, para proteger la autoestima, debemos comprender claramente los límites de la responsabilidad volitiva. Donde no hay control, no puede haber responsabilidad, y donde no hay responsabilidad, no cabe remordimiento de conciencia alguno, Pesar, si; culpa, no. 
Cuando no existe ni evasión, ni responsabilidad, ni violación consciente de la integridad, no hay fundamentos racionales para el sentimiento de culpa. Naturalmente, puede haber fundamentos para el dolor o el arrepentimiento por errores de juicio. Desde el punto de vista de la autoestima, esta distinción es de crucial importancia. 
El concepto del pecado original –de culpa en la que no existe la posibilidad de inocencia, ni de libertad de elección, ni otras alternativas– se contrapone a la autoestima por su propia naturaleza. Por lo tanto, resulta antihumano. 
El problema de la culpa puede tomar muchas formas. Consideremos las más frecuentes. 

Nathaniel Branden


lunes, 17 de diciembre de 2012

Armonización espontánea

haideé iglesias

Antaño había personas que vivían en lo esencial desconocido, su espíritu y su energía no fluían al exterior. Para ellos todo era paz, por lo que eran felices y permanecían sernos Las energías negativas no podían dañarles. 
En aquel entonces la mayoría de la gente eran salvajes. No distinguían el Este del Oeste. Erraban en busca de comida, luego tamborileaban en sus estómagos y jugaban después de haber comido. Sus relaciones estaban preñadas de armonía natural y se alimentaban de las bendiciones de la tierra. 
La cultura es una forma de unir a las gentes. Los sentimientos son comunicaciones internas con un impulso para la acción externa. Elimina los sentimientos mediante la cultura y perderás los sentimientos. Destruye la cultura por medio de los sentimientos y perderás la cultura.
Cuando la cultura es ordenada y los sentimientos se comunican, nos encontramos entonces en la cumbre del desarrollo humano.
Lo cual significa que tener una visión general es una virtud.

Cuando gobernaba la gente perfecta, la mente y el espíritu estaban en su sitio, el cuerpo y la naturaleza armonizaban. En tiempo de calma, absorbe virtud; en momentos de acción aplica la razón. Sigue la naturaleza tal cual es y se concentra en la evolución ineludible. Es claro y no está reglamentado, de modo que el mundo se armoniza espontáneamente, es sereno y carece de deseos, por lo que la gente es sencilla por naturaleza. No existe fortuna y por tanto tampoco desgracia; no existen luchas, pero las necesidades vitales son ampliamente satisfechas. Engloba toda la tierra y enriquece su posteridad, pero nadie sabe quién o qué lo ha hecho. 

El Tao de la política. Sobre el estado y la sociedad.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Zen y depresión. Muerte

La gente cree que sólo mueren los otros.
Se olvidan de que tarde o temprano ellos también lo harán...
Convierte la palabra "muerte" en el dueño de tu corazón, observándola y soltando todo lo demás.

El Buda denominó la muerte una de las principales formas de sufrimiento. Se refería no sólo al acto físico de morir, sino también al abandono de esta vida, con todos los placeres y alegrías, con sus relaciones y apegos. No sabemos lo que ocurre con nosotros después de la muerte, pero el pensar que dejaremos de existir como lo hacemos en este mundo resulta aterrador.
Tomar conciencia de la muerte nos recuerda la naturaleza preciosa de la vida, y por ello nos proporciona una perspectiva más cuerda respecto de los problemas de la vida que vivimos. No obstante, esa conciencia no aminora muestro miedo al hecho de que moriremos.
En la depresión nos hacemos intensamente conscientes de la muerte. En realidad, el pensamiento de la muerte parece estar siempre presente en nuestras mentes. Podemos penar en nuestra propia muerte bastante a menudo. En ocasiones incluso podemos desearla. También pensamos en las muertes de todas las personas, posesiones y relaciones que atesoramos. Nos hacemos extremadamente conscientes de la impermanencia de las cosas que nos rodean.
Y nuestra percepción es correcta. Esto mundo es impermanente. Todo nace y muere constantemente a nuestro alrededor.
Hay una historia acerca de una mujer a la que le murió un hijo en tiempos de Buda. Se acercó a éste con su hijo muerto pidiendo que devolviera la vida al niño. El Buda respondió que podría hacerlo si ella le traía una semilla de mostaza que le hubiese dado una familia que desconociese la muerte de un padre, de un hijo o amigo. Así que la mujer se dedicó a buscar ansiosamente la semilla de mostaza. Cuando regresó, con las manos vacías, se dio cuente de que no hay nadie que no se vea afectado por la muerte.
Cuando vemos muerte por todas partes durante nuestra depresión, no la estamos imaginando. Nuestra labor entonces es no darnos por vencidos por ello y –lo más importante– no ceder a la seducción de la muerte. Nuestra labor entonces es continuar viviendo con un corazón abierto, vivir el momento presente, con fe y coraje.
Todos nos sorprendemos cuando leemos una historia sobre dos personas que se enamoran y deciden casarse aunque uno de ellos padece una enfermedad terminal. Da la impresión de que arriesgarse a recorrer ese aterrador y doloroso viaje, de que para decidirse a amar a alguien de quien se sabe que durará poco junto a nosotros hace falta mucho amor y valentía. 
Y no obstante, ¿no es eso lo que ocurre con todas nuestras vidas? Seguimos adelante, incluso aunque nosotros también estemos aquí por un corto período de tiempo. Vivimos día a día  y amamos a otros frágiles seres humanos que también cuentas con un domino muy tenue de la vida. ¿Es que eso no requiere un gran coraje y amor?
Vivir en mido de la muerte resulta en realidad asombroso. Joseph Goldstein explica la historia de una monja que conoció en India., que salía a la calle y excavaba una cucharada de tierra al día. Él le preguntó qué estaba haciendo y ella replicó que era una tarea que le había encomendado su maestro: "Cada día excavo un poco más de mi propia tumba". Y Stephen Levine habla de un maestro que explicaba por qué podía apreciar la taza de té en la que bebía: "Para mí, esta taza de té ya está rota", decía.
Estas historias pueden resultarnos chocantes, pero son muy valiosas. La literatura budista –al igual que la literatura de otras religiones– está llena de historias de gente que empezaron a buscar respuestas a las grandes preguntas de la existencia tras un encuentro con la muerte. El mismo Buda empezó su propia búsqueda espiritual después de presenciar cómo llevaban un cadáver a su último lugar de descanso. Así que podemos decir que somos afortunados por estar deprimidos, porque tenemos la oportunidad de probar la muerte, de practicar la impermanencia, de ver la muerte claramente, tal como es.
La realidad de la muerte es una verdad dolorosa. Es lo que confiere a la vida ese gusto agridulce, el misterio. Pero así es como están las cosas, y mientras pasamos la depresión, durante un tiempo, tenemos la oportunidad de ver sin los anteojos que normalmente utilizamos. Contamos con la ocasión de realizar una elección consciente, de manera muy parecida a la persona que se casa con alguien que está muriendo. Aunque la vida acaba en la muerte para todos nosotros, podemos adelantarnos completamente en este mundo y vivirlo plenamente. Podemos tener presente en nuestras mentes y corazones la consciencia de que la muerte y la impermanencia es lo que confiere a la vida su inapreciable valor, su belleza.
Una antigua historia budista nos habla del gran maestro tibetano Marpak, cuyo hijo mayor había muerto. Sus estudiantes fueron a visitarle y le hallaron presa de gran consternación, sollozando y gimiendo. Conmocionados, le preguntaron: "Maestro, ¿cómo podéis llorar cuando nos habéis enseñado que todo es impermanencia e ilusión?".
"Si, es cierto –dijo–, y perder un hijo es la ilusión más dolorosa de todas."
No busquemos dejar de sentir pesar o tristeza. Más bien, lo que queremos es sentir todo lo que hay que sentir, y mantener abiertos nuestros corazones a pesar del dolor.
Amamos el mundo a pesar de que todo muere a nuestro alrededor. Porque también es cierto que todo está naciendo. La depresión nos ofrece la oportunidad de verlo con claridad. Podemos sentir pesar por las pérdidas, y podemos deleitarnos en un mundo que está constantemente recreándose a si mismo, con el brotar de las flores y el nacer de los niños. 

Exploración complementaria

Sentado tranquilamente, lleve su atención a la respiración. Sienta alzarse y descender el vientre mientras inspira y espira. 
Siga las inspiraciones y espiraciones durante unos minutos.
A continuación empiece a concentrarse en la espiración. Sienta cómo sale el aire y cómo se disuelve en el espacio que le rodea. Fíjese en la vacuidad de los pulmones y el vientre al final de cada respiración. Concéntrese en este espacio al final de cada espiración. Puede que se percate de que el ritmo cardíaco desciende durante la espiración. sobre todo en el tramo final. Fíjese también en si sus pensamientos y su mente se calman al final de la respiración. 
Se dice que la conciencia de la espiración puede ser como saborear ligeramente la muerte. Ponga toda su atención en cada espiración, como si fuese la última. Sienta cómo la respiración, los pensamientos y la energía salen de usted y se disuelven en el aire antes de iniciar el proceso de volver a la vida inspirando nuevamente. A continuación sienta el momento en que se ha desprendido de todo el aire, cuando los pulmones y el resto del cuerpo esperan el inicio de la siguiente inspiración. Continúe descansando en ese espacio al final de cada espiración. Continúe descansando en ese espacio al final de cada espiración, siéntase cómodo y familiarícese con él. ¿Podría sentirse como si esta espiración fuese la última?
¿Qué pensamientos y emociones surgen cuando practica la respiración concentrándose de esta manera? 
A continuación lleve su atención de nuevo al ciclo de inspirara y espirar. Fíjese en la inspiración, considérelo un acto deliberado, continuando el ciclo de la vida y la muerte con cada ciclo respiratorio.
Tras observar la respiración de esta manera, oriente lentamente la atención a las cosas que le rodean. Cuando se sienta preparado, levántese del asiento.
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Escriba su propia nota necrológica. ¿Cómo ha vivido? ¿Qué ha logrado en la vida? ¿En qué ha fracasado? ¿Qué dice la gente en su funeral? ¿Vivió una vida larga? ¿Se marchó antes de sentir que estaba listo para hacerlo?
Después de escribirla, tómese algo de tiempo para explorar cómo se siente tras hacerlo. ¿está triste o enfadado? ¿Es la primera vez que ha pensado de manera concreta en su propia muerte?
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En la depresión, pensar en el suicidio no es sólo algo muy común, sino casi inevitable. Normalmente pensamos:"Todo el mundo estaría mejor sin mi", o: "Si me muero nadie me echará de menos". Por lo general, esas frases no son ciertas.
Tómese algo de tiempo para pensar con realismo en los efectos que su suicidio tendría sobre los demás. Imagina cómo se sentirían las personas que le rodean si se quitase la vida hoy. Imagine a la gente encontrando su cuerpo, enterándose de la noticia de su muerte. Imagínese en su funeral.
Ahora imagine a esos mismos amigos, familiares y conocidos al cabo de tres meses, de seis, y tras dos años. ¿Cómo se sienten a causa de su muerte? ¿Qué efecto ha tenido eso en sus vidas? Si tiene hijos, piense en cómo se desarrollan sus vidas sin usted. Si está casado o tiene compañero o compañera, ¿qué le ha sucedido a esa persona? ¿Sigue existiendo un vacío en las vidas de sus amigos?
Ahora compare esa imagen con la de que nadie le echa de menos, que a todo el mundo le va mejor sin usted. ¿Cuál de las dos imágenes es más acertada?


Realizar la exploración sólo si te sientes cómodo haciéndola. Recomendación del propio autor.

(Extraído del libro "El camino del Zen para vencer la depresión". Autor Philip Martin)

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Acción sin mérito

haideé iglesias


El cristiano se halla, por lo visto, demasiado consciente de Dios, puesto que dice que vive, se mueve y es en El. El Zen quisiera borrar, dentro de lo posible, esta última huella de esta conciencia de Dios. De ahí que el maestro del Zen nos indique que no permanezcamos donde se encuentra Buda y que pasemos raudos a donde él no esté. Toda la formación, tanto práctica como teórica, de los monjes en el Zendô, está estructurada sobre el fundamento de la "acción sin mérito". Esta idea se recoge poéticamente en los siguientes versos: 

"La sombra del bambú cae sobre los peldaños de 
                                                                          piedra,
los acaricia, pero ni una sombra de polvo se levanta; 
En el fondo del estanque se refleja la luna,
mas el agua por sus rayos no se agita."

En resumen: el Zen es –lo cual se ha de acentuar sobremanera– un asunto de experiencia personal. Si hay algo en el mundo que se pueda calificar de experiencia pura, esto es el Zen. Ni una montaña de libros, ni un sin número de maestros hacen de un hombre maestro del Zen. La vida misma tiene que ser aprehendida en medio de su devenir, detenerla para estudiarla y analizarla equivale a matarla, y no nos queda más que un cadáver yerto en nuestros brazos. 

Daisetsu Teitaro Suzuki

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Los métodos

haideé iglesias

El único objetivo de todos los procedimientos ceremonias, máximas y expresiones del Zen es captar la atención del discípulo. Lo único que verdaderamente importa es la liberación, y nadie debería identificarse con los métodos utilizados. 

Maestro Yuanwu

martes, 4 de diciembre de 2012

Opción

haideé iglesias

La esencia de la grandeza consiste
en la capacidad de optar por la propia realización personal
en circunstancias en que otras personas optan por la locura.

Leído en un libro de Wayne W. Dyer: "Tus zonas erróneas"

domingo, 2 de diciembre de 2012

Descubrir puntos fuertes. Descubrir flaquezas. Y, todos iguales a uno

haideé iglesias

Permite que los individuos sigan su naturaleza, están seguros en sus moradas, vivan lo mejor que puedan y ejerzan sus capacidades. De este modo incluso los ignorantes descubrirán que tienen puntos fuertes, e incluso los inteligentes descubrirán flaquezas.

Los caballos no pueden utilzarse para llevar cargas pesadas; los bueyes no pueden utilizarse para atrapar lo que va rápido. El plomo no debe utilizarse para confeccionar espadas; el bronce no debe usarse para hacer arcos. El acero no es apropiado para construir barcos; la madera no es útil para hacer ollas. Empléalas apropiadamente, utilízalas donde corresponde y todas las cosas y los seres serán iguales a uno. 

El Tao de la política.
Sobre el estado y la sociedad.


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