martes, 13 de julio de 2010

Flores de Bach. Agrimony (I)


Agrimony está relacionada con la capacidad anímica para encarnar la realidad y la alegría. En estado Agrimony negativo, el individuo trata de eludir el lado oscuro de la vida, lo que no le permite integrar en la medida necesaria sus experiencia en la personalidad.
Cuando nos dirigimos a alguien que acaba de perder una causa importante y le preguntamos: "Y bien, ¿cómo te va?", normalmente se puede dar por descontado que reaccionará abatido. En la misma situación, el individuo Agrimony responde mecánicamente: "Gracias de maravilla", y la amistad con él debe ser muy estrecha para poder llegar a percibir su decepción detrás de esta respuesta. Por lo general, las personas que necesitan Agrimony se presentan ante los demás con un aspecto despreocupado, amable y jovial. Por este motivo, no es fácil reconocer en la práctica su estado Agrimony negativo.
Cuando alguien necesita agrimonia, está atormentado interiormente por angustias y temores; a menudo son preocupaciones materiales sobre enfermedades, problemas económicos o dificultades en el trabajo. Sin embargo, preferiría morderse la lengua antes que contarle algo de ello a otra persona, ya que "a nadie le importa, lo que pasa en su interior". Un individuo Agrimony siempre cuida la fachada exterior y, al igual, que un actor siempre muestra lo mejor de él ante los focos, aunque entre bastidores se esté desarrollando una tragedia.
Por naturaleza, los caracteres Agrimony tienen necesidad de mucha armonía, y al mismo tiempo son en extremo sensibles. Cuando se suscitan querellas o discordias a su alrededorsufren tanto que en nombre de la bendita paz a menudo se quedan atrás y llegan hasta el autosacrificio. Son particularmente amables con su prójimo en el deseo de que también sean amables con ellos. En razón del clima jovial que irradian a su alrededor son bienvenidos por sus amigos y colegas, en las tertulias y en las asociaciones deportivas. Son los que dan ambiente a las fiestas. Aun como enfermos, los individuos Agrimony son estimados porque disimulan su dolor y con sus bromas alegran a las enfermeras.
Cuando un tipo Agrimony está en completa soledad y tranquilidad, los problemas que reprimió afloran a su conciencia, pero como por principio no quiere tener conocimiento de ellos, sobre todo cuando se relacionan con su propia persona, evita en lo posible quedarse solo. Se mete en actividades, empresas y sociedades. Visita desde una discoteca a una asociación de beneficencia. Una buena cantidad de ellos ahogan sus preocupaciones en un vasito de vino o tratan de tapar eufóricos los sentimientos desagradables mediante píldoras o drogas. El estado Agrimony negativo tiene semejanza con la euforia alcohólica; desde fuera aparecen relajados, pero en su interior están tensos.
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(Texto extraído del libro "La terapia floral de Bach". Autora Mechthild Scheffer)

lunes, 12 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (XIII) y último


Todo esto empieza a parecer ridículo, pero por debajo de toda esa lógica aparentemente retorcida, el terapeuta –independientemente de que se dé cuenta o no– se limita a enfrentarte con tus propios opuestos. Podemos mirar desde esta perspectiva todos los ejemplos de este capítulo, y el hecho es que, en cada una de estas situaciones, el individuo sólo tenía conciencia de un lado de los opuestos. Se negaba a verlos a ambos, a entender la unidad de estas polaridades. Como los opuestos no pueden existir el uno sin el otro, si uno no tiene conciencia de ambos, sepultará el polo rechazado, lo hundirá en el inconsciente y, en consecuencia, lo proyectará. En pocas palabras, esto equivale a erigir una demarcación entre los opuestos y originar así una batalla, pero se trata de una batalla que jamás se puede ganar, que se pierde perpetuamente de mil maneras, todas dolorosas, porque en definitiva cada uno de los dos lados es un aspecto del otro.
De modo que la sombra no es más que nuestros opuestos inconscientes. Por ello una manera fácil de establecer contacto con su sombra es suponer precisamente lo opuesto de lo que usted se propone, desea o quiere conscientemente en ese momento. Eso le mostrará exactamente cómo ve el mundo su sombra, y ésa es la visión con la cual ha de reconciliarse, lo cual no significa que actúe en función de sus opuestos, sino tan sólo que tenga conciencia de ellos. Si siente que alguien le disgusta intensamente, tome conciencia del aspecto de usted a quien le gusta esa persona. Si está locamente enamorado, entre en contacto con la parte a quien esa persona no le importa en absoluto. Si un sentimiento o un síntoma le parece odioso, procura percibir cuál es el aspecto de usted mismo que secretamente disfruta con él. En el momento en que uno se da cuenta cabal de sus opuestos, tanto de los sentimientos positivos como de los negativos que experimente ante una situación cualquiera, muchas tensiones relacionadas con esa situación desaparecen, porque se disuelve la batalla de opuestos que creaba esa tensión. Por otra parte, tan pronto como uno pierde de vista la unidad de los opuestos, la conciencia de que ambos aspectos están en uno mismo los escinde, instalando entre ellos una demarcación y, en consecuencia, confina el polo rechazado en el inconsciente, de donde volverá para acosarnos en forma de síntoma. Como los opuestos son siempre una unidad, solamente la inconsciencia, una desatención selectiva, permite su separación.
A medida que uno comienza a explorar sus opuestos, su sombra, sus proyecciones, empieza a descubrir que está asumiendo la responsabilidad de sus propios sentimientos y estados anímicos. Empezará a ver que las batallas que libra con otras personas son, en realidad, batallas entre uno mismo y sus opuestos proyectados, que sus síntomas no se deben a una acción del entorno, sino a algo que uno mismo se hace, como un sustituto exagerado de lo que realmente le gustaría hacer a los otros, descubrirá que las personas y los sucesos no son la causa de que uno se altere, sino tan sólo las ocasiones apropiadas para que se produzca la alteración. Empezar a entender que uno mismo es quien está produciendo sus propios síntomas es un tremendo alivio, pues ello supone a la vez que puede dejar de producirlos si los traduce de nuevo a su forma original. Uno se convierte en la causa de sus propios sentimientos, en vez del efecto.
En este capítulo hemos visto de qué manera, al tratar de negar ciertas facetas de nuestro ego, terminamos con una imagen falsa y deformada de nosotros mismos, que es lo que se llama la persona. En general se establece una demarcación entre lo que a uno le gusta (la persona) y lo que no le gusta (la sombra). También hemos visto que esas facetas negadas de nuestro ego (la sombra) terminan por ser proyectadas, de modo que parece como si existieran "ahí afuera", en nuestro entorno. Quedamos entonces reducidos a andar por la vida peleando con nuestra sombra. La demarcación entre persona y sombra se convierte en batalla entre la persona y la sombra. y esa guerra interior es lo que se siente como síntoma. Así llegamos a aborrecer nuestros síntomas con la misma pasión con que al principio aborrecíamos a nuestra sombra, y, una vez proyectada la sombra entre otras personas, odiamos a esas personas como antes odiábamos a la sombra. Entonces tratamos a los otros como si fueran un síntoma, como algo a combatir, y las múltiples formas del combate se sucede en el límite de este nivel.
Elaborar una imagen de nosotros mismo más precisa, es decir, descender de la persona al ego, es tanto como obtener una percepción más amplia de aquellas facetas de nosotros mismos cuya existencia desconocíamos, y esas facetas son fáciles de identificar, porque se revelan como síntomas, opuestos, proyecciones. Recuperar una proyección es derribar una barrera, incluir en nosotros mismos cosas que creíamos ajenas, abrirnos a la compresión y aceptación de todas nuestras diversas potencialidades, negativas y positivas, buenas y malas, dignas de amor o de desprecio, y así llegar a tener una imagen relativamente exacta de todo aquello que es nuestro organismo psicofísico; es desplazar nuestras demarcaciones, volver a cartografiarnos el alma de manera que los viejos enemigos se conviertan en aliados y los opuestos que combaten en secreto se hagan amigos. Y al final, aunque no todos nuestros aspectos nos parezcan deseables, tal vez nos encontremos en conjunto agradables.

domingo, 11 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (XII)


Si el síntoma es persistente, procedemos al segundo paso de la terapia en el nivel de la persona. Las instrucciones para el segundo paso son simples, pero su ejecución exige tiempo y perseverancia. Lo único que hacemos es empezar de manera consciente a traducir de nuevo cualquier síntoma a su forma original. [...]Lo esencial en este segundo paso es darse cuenta de que todo síntoma no es más que una señal (o símbolo) de alguna tendencia inconsciente de la sombra. Así, por ejemplo, uno puede sentirse sometido a presiones fortísimas en el trabajo. Pues bien, como ya hemos visto, la presión, en cuanto síntoma, es siempre una indicación, una simple señal de que uno tiene más impulso para esa tarea o actividad de lo que cree o de lo que está dispuesto a admitir. Tal vez no quiera admitir abiertamente su verdadero interés o deseo para poder hacer que los otros se sientan culpables por las horas de trabajo que no le agradecen y que uno "tiene" que cumplir en beneficio "de ellos". O quizás uno quiera negociar su devoción "desinteresada" para que le rinda más beneficios. También podría ser que, inocentemente, haya perdido la pista de su propio impulso. Sea cual fuere la razón, el síntoma de presión es un signo seguro de que estamos más ansiosos de lo que nosotros mismos sabemos. Pero el síntoma puede traducirse de nuevo a su forma original y correcta. "Tengo que" se convierte en "quiero".
La traducción es la clave de la terapia. Por ejemplo, a fin de soltar presión, no hay que inventarse un impulso, ni tratar de sentir uno que no existe ni conjurar mágicamente impulsos que aparentemente nos faltan. No digo que si uno puede esforzarse por sentir el impulso de hacer con interés un trabajo, entonces ya no se sentirá presionado. Lo que digo es que si uno se siente presionado, el impulso necesario ya está presente, pero disfrazado como síntoma: la presión. No hay que conjurar el impulso para situarlo junto a los sentimientos de presión, porque esos sentimientos de presión son ya el impulso que necesitamos. Simplemente hay que llamarlos por su nombre original y concreto: impulso. Es una simple traducción no una creación.
Así, de esta manera, lejos de ser indeseables, los síntomas son oportunidades de desarrollo. Los síntomas señalan con suma precisión nuestra sombra inconsciente; son señales infalibles de alguna tendencia proyectada. Por mediación de los síntomas se encuentra la sombra, y por mediación de la sombra, el desarrollo, una expresión de las demarcaciones, un camino hacia una imagen de sí mismo exacta y aceptable. En una palabra, que uno ha descendido desde el nivel de la persona hasta el nivel del ego. En casi así de sencillo: persona+sombra=ego.
Sería negligencia de mi parte cerrar este capítulo sin ofrecer al lector una sencilla clave para entender lo esencial del trabajo terapéutico que se lleva a cabo en este nivel. Si se hace caso omiso de la jerga técnica de cualquier terapeuta de la sombra, para escuchar simplemente el sentido general de su conversación, se encontrará uno con que lo que dice se ajusta a cierta pauta o modelo. Si le dices que amas a tu madre, te dirá que inconscientemente la odias; si le dices que la odias, te dirá que inconscientemente la amas. Si dices que no puedes soportar la depresión, te dirá que te complaces con ella. Cuéntale que te sientes enfermo cuando te humillan, y te dirá que secretamente te encanta. Si estás apasionadamente metido en una cruzada religiosa, política o ideológica para convertir a otros a tus creencias, te insinuará que en realidad tú no crees para nada en todo eso, que tu cruzada no es más que un intento de convertir a la parte que tú mismo tienes de incrédulo. Si dices, sí, él dice no. Si dices arriba, él dice abajo. Si maúllas, él ladra. Y entonces, si le dices que siempre has sospechado que te enfermaban los psicólogos, pero que ahora estás seguro, te dirá que en realidad eres un psicólogo frustrado, y que secretamente envidias a todos los terapeutas.
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sábado, 10 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (XI)


Lo dicho hasta aquí debe haber aclarado que la proyección de la sombra no sólo deforma nuestra visión de la realidad "exterior", sino que también altera muchísimo la sensación de lo que somos "por dentro". Cuando proyecto en forma de sombra una emoción o un rasgo, sigo percibiéndolo, pero sólo de manera deformada e ilusoria: se me aparece como un "objeto extraño". De la misma manera, sigo entendiendo la sombra, pero sólo de manera deformada, disfrazada: una vez que la he proyectado, sólo siento la sombra como síntoma.
Así, como acabamos de ver, si proyecto mi propia hostilidad sobre la gente, imaginaré que la gente alberga sentimientos hostiles hacia mí y empezaré a sentir un miedo insidioso de todo el mundo en general. Mi hostilidad original se ha convertido en mi sombra proyectada, de modo que ahora la "veo" sólo en otras personas y la siento en mí mismo como el síntoma: el miedo. Mi sombra se ha convertido en mi síntoma.
Cuando intento expulsar a mi sombra, no me libero de ella, no me quedo con un hueco, una brecha o un espacio en blanco en mi personalidad, sino con un síntoma, un doloroso recordatorio de que estoy ignorando alguna faceta de mí mismo. Además, una vez que mi sombra se ha convertido en mi síntoma, lucharé contra éste tal como antes luché contra mi sombra. Cuando intento negar cualquiera de mis propias tendencias (sombra), las tendencias aparecen como síntomas, y entonces siento una aversión tan fuerte hacia los síntomas como la tuve antes hacia la sombra. Hasta es probable que intente ocultar mis síntomas (temblores, inferioridad, depresión, angustia o lo que sea) ante otras personas, así como antes procuraba ocultarme a mí mismo mi sombra.
Cada síntoma –sea depresión, angustia, aburrimiento o miedo– contiene alguna faceta de la sombra, alguna emoción, rasgo o característica proyectada. Es importante entender que por más incómodos que puedan ser nuestros síntomas, no hay que rechazarlos, despreciarlos, ni evitarlos, porque contienen la clave de su propia disolución. Luchar con un síntoma no es más que luchar contra la sombra contenida en el síntoma, y esto es precisamente lo que al principio causó el problema.

Como primer paso en las terapias de este nivel, es preciso que hagamos lugar a nuestros síntomas, que les demos espacio, y empecemos a acoger bien esas sensaciones incómodas que llamamos síntomas y que hasta ahora demos despreciado. Debemos establecer contacto con nuestros síntomas tan a conciencia y con una aceptación tan abierta como nos sea posible. Y esto significa que nos permitimos sentir la depresión, la ansiedad, el rechazo, el aburrimiento o la vergüenza. Significa que, así como antes oponíamos resistencia de todas las maneras posibles a estas sensaciones, ahora permitimos que se manifiesten e incluso las estimulamos activamente. Invitamos al síntoma a que nos visite en nuestra propia casa, lo dejamos moverse y respirar libremente, mientras procuramos seguir teniendo conciencia de él, en su forma propia. Éste es sencillamente el primer paso de la terapia, y en muchos casos es el único que se necesita, pues en cuanto aceptamos realmente un síntoma, aceptamos también una gran parte de la sombra oculta en él. Entonces el problema tiende a desaparecer.
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viernes, 9 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (X)


La persona que se siente bajo una tremenda obligación de hacer tal o cual cosa, simplemente está proyectando su verdadero deseo de hacerla. Sin embargo, eso es exactamente lo que no quiere admitir (en su resistencia a la sombra), y por ellos nos dirá lo opuesto, afirmará que se siente obligado porque en realidad no quiere hacer tal o cual cosa. Pero ésa no puede ser toda la verdad, porque si realmente careciera de todo deseo de ayudar, no se sentiría en modo alguno obligado. ¡Le tendría sin cuidado! No se trata de que no quiera ayudar; no quiere en efecto, pero no quiere admitirlo. Quiere ayudar a otros pero, como proyecta su deseo, siente que los otros quieren que él los ayude. Así pues, la obligación no es el peso de las existencias de otros, sino el peso de nuestras propias tendencias fraternales no reconocidas.
Examinemos otra proyección corriente. Quizá tengamos que pronunciar un discurso, o actuar en una obra teatral o recibir un premio, y nos inmoviliza la sensación de que todo el mundo nos está mirando. Pero hay mucha gente a quien no le pasa esto en público, de modo que el problema no debe estar en la situación misma, sino en algo que hacemos en esa situación. Y lo que hacemos, en opinión de muchos terapeutas, es proyectar nuestro propio interés por la gente, de modo que parece como si todo el mundo se interesara por nosotros. En vez de mirar activamente, nos sentimos mirados. Como prestamos nuestros ojos al público, el interés natural de éste por nosotros parece desproporcionado, inflado, un interés monstruosamente concentrado sobre nuestra persona para observar cada movimiento, detalle, acción. Como es natural, eso nos inmoviliza, e inmóviles nos quedamos mientras no nos animemos a recuperar la proyección, a mirar en vez de sentirnos mirados, a prestar atención en ves de sentirnos el centro de ella.
En la misma línea, imaginemos lo que podría suceder si una persona proyectara un mínimo de hostilidad, una mínima parte de su deseo de agredir a su entorno: sentiría que la gente se muestra innecesariamente hostil y provocativa con ella y, por consiguiente, empezaría a sentirse intimidada, temerosa, quizá incluso aterrorizada por la cantidad de energías hostiles dirigidas a ella. Pero ese miedo no sería un resultado del entorno, sino de su proyección de hostilidad sobre el entorno. Así, en la mayor parte de los casos, cuando alguien siente un miedo infundado a personas o lugares, no es más que una señal, una advertencia de que la persona que así siente alberga un enojo y una hostilidad que ella desconoce.
De manera similar, una de las quejas más corrientes de quien busca apoyo emocional es que se siente rechazado. Estas personas sienten que no gustan a nadie, nadie las quiere o todo el mundo les muestra una actitud muy crítica. Sienten con frecuencia que eso es doblemente injusto, porque a ellas, en principio, les gusta todo el mundo. No creen tener tendencias de rechazo; se esfuerzan todo lo posible por ser cordiales con la gente y no adoptar actitudes críticas. Pero éstos son, precisamente, los dos rasgos distintivos de la proyección: uno carece de esa característica y todos los demás rebosan de ella. Pero, como saben todos los niños: "Hace falta ser uno para conocer a uno". La persona que siente el rechazo de todo el mundo es totalmente inconsciente de sus propias tendencias a rechazar y criticar a los demás. Estas tendencias bien pueden ser un aspecto secundario de su personalidad, pero si el sujeto las ignora, las proyectará sobre todos aquéllos a quienes ve y conoce. Esto multiplicará el impulso original, de manera que nuestro hombre empieza a tener la impresión de que el mundo le critica ferozmente, en una proporción del todo irreal.
Lo importante, y válido para todas las proyecciones, es que efectivamente, puede haber personas que nos critiquen mucho; pero esto no nos abrumaría si nosotros mismos nos sumáramos, a esas críticas reales, nuestra propia crítica proyectada. Así, cada vez que nos abrumen intensos sentimientos de inferioridad y de rechazo, lo prudente sería buscar en primer lugar una proyección, y admitir la posibilidad de que nuestra visión del mundo sea un poco más crítica de la que creemos.
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jueves, 8 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (IX)

En ocasiones, esta caza de brujas asume proporciones atroces: la persecución nazi de los judíos, los procesos a las brujas de Salem, los negros convertidos en chivos expiatorios del Ku Klus Klan. Obsérvese, sin embargo, que en todos estos casos el perseguidor odia al perseguido, precisamente por aquellos rasgos que el propio perseguidor exhibe con furia estridentemente incivilizada. En ocasiones, la caza de brujas se da en proporciones menos aterradoras, como ocurrió con el temor de los norteamericanos, durante la guerra fría, a "encontrarse con un comunista debajo de la cama". Y con frecuencia se presentan en forma cómica: las intermianbles murmuraciones que sobre el prójimo, que le dicen a uno mucho más sobre el murmurador que sobre aquél a quien está despellejando. Pero todos éstos son casos de individuos desesperados por demostrar que su propia sombra pertenece a otro.
Hay hombres y mujeres que lanzan diatribas sobre lo repugnante que son los homosexuales. Por más decente y racionalmente que procuren conducirse en otros sentidos, no pueden menos que abominar de cualquier homosexual, y en su escándalo emocional abogarán por cosas tales como privar a los gays de sus derechos civiles (u otras peores). Pero, ¿por qué odia con tal vehemencia a los homosexuales un individuo así? Curiosamente, no aborrece a los homosexuales porque él lo sea, sino porque ve en el homosexual una potencialidad de sí mismos que secretamente le espanta. Como él se encuentra sumamente incómodo con sus propias tendencias sexuales, naturales e inevitables, aunque secundarias, las proyecta. Así llega a aborrecer las inclinaciones homosexuales en otras personas, porque empieza a aborrecerlas en sí mismo.
Y así, de esta manera u otra, tiene lugar la caza de brujas. La gene nos enferma, decimos, "porque" es sucia, estúpida, perversa, inmoral... Tal vez sean exactamente lo que decimos de ellos. Pero eso no viene al caso, porque los aborrecemos solamente si nosotros mismos, sin saberlo, poseemos los rasgos que despreciamos y que les atribuimos. Los odiamos precisamente porque son un recordatorio constante de aspectos nuestros que nos repugna admitir.
Empezamos así a ver un importante indicador de proyección.
Aquellas personas, o cosas de nuestro entorno que nos afectan con intensidad en vez de informarnos simplemente son, por lo común, nuestras propias proyecciones. Todo aquello que nos fastidia, inquieta, repugna o –en el otro extremo– nos atrae, fascina u obsesiona, es generalmente un reflejo de la sombra. Como dice un antiguo proverbio,

Miré y miré, y esto llegué a ver
lo que creía que eras tú y tú,
era en verdad yo y yo.

Ahora con esta comprensión básica de la sombra, podemos desenmarañar algunas otras proyecciones corrientes. Así, del mismo modo que la presión es impulso proyectado, la obligación es deseo proyectado. Es decir, los sentimientos persistentes de obligación son una señal de que uno está haciendo algo que no admite que quiera hacer. Los sentimientos de obligación, la sensación de que "tengo que hacerlo por ti", surgen con suma frecuencia en la relación familiar. Los padres se sienten obligados a cuidar de los niños, el marido a mantener a la mujer, la mujer a adaptarse al marido, y así sucesivamente. Sin embargo, al final la gente empieza a sentir el peso de las obligaciones, por más gratas que puedan parecer vistas desde fuera. A medida que aumenta este resentimiento, es probable que el individuo caiga en la caza de brujas, de modo que generalmente, él –o ella– y su cónyuge terminan visitando al médico brujo, al que suele llamarse consejero matrimonial.
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miércoles, 7 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (VIII)


Podemos ver así que la proyección de la sombra tiene dos consecuencias principales. En primer lugar, uno siente que le falta por entero el impulso, rasgo o tendencia que proyecta. Y en segundo lugar, parece como si existiera "ahí afuera", en el medio, generalmente en otras personas. Lo que uno es disminuye, y lo que uno no es aumenta. Pero, por incómodo que esto pueda ser, una persona que está proyectando defiende enérgicamente su visión errónea de la realidad. Si nos acercásemos a Juan mientras le está gritando a su inocente esposa e intentáramos señalarle que su sensación de que le presionan y molestan es realmente su propio impulso, lo más probable es que nos atacara, pues es de la mayor importancia que el individuo demuestre que sus proyecciones están realmente ahí afuera, amenazándole.
Sea como fuere, la mayoría de la gente presenta una fortísima resistencia a aceptar su propia sombra, a admitir que los impulsos y los rasgos que proyectan son suyos. Y en realidad, la resistencia es una importante causa de proyección. Una persona se resiste a su sombra, se resiste a los aspectos de sí misma que le disgustan y, por consiguiente, los proyecta. De manera que allí donde hay una proyección, está al acecho alguna forma de resistencia. En ocasiones, esta resistencia es leve, y otras veces violenta; pero en ninguna parte se pone más claramente en evidencia su funcionamiento como en esa forma de proyección tan difundida que es la caza Casi todo el mundo, en alguna ocasión ha visto, oído hablar de o ha participado de algún modo en una caza de brujas. Por más grotescas que puedan ser estas cosas, constituyen un ejemplo de los desastres que pueden provocar la proyección y la persistente ceguera de la gente hacia sus propias manías. Al mismo tiempo, la caza de brujas ofrece el ejemplo más claro de la verdad de la proyección, la verdad de que aborrecemos en los otros aquello –y sólo aquello– que secretamente aborrecemos en nosotros mismos.
La caza de brujas se inicia cuando una persona pierde de vista algún rasgo o tendencia que lleva en sí misma y que considera maligna, satánica, demoníaca o, por lo menos, indigna. De hecho, esa tendencia o rasgo podría ser la mayor nimiedad imaginable: una mínima perversidad humana, terquedad o picardía. Todos tenemos nuestro lado oscuro. Pero "lado oscuro" no significa "lado malo", sino tan sólo que todos tenemos una cierta medida de perversión. ("algo de ratero en el fondo de nuestro corazón") y si nos damos cuenta de su presencia y la aceptamos, la vida es mucho más sabrosa. Según la tradición hebrea, el propio Dios puso desde el principio esta tendencia desviante, caprichosa o perversa en todos los seres humanos, tal vez para que la humanidad no se muriese de aburrimiento.
Pero el cazador de brujas cree que él está libre de esa perversidad, y adopta hasta cierto puento una característica actitud virtuosa. No es que le falte esa pizca de malignidad natural, como le gustaría y querría hacernos creer, sino que se siente sumamente incómodo con ella, le presenta resistencia en su interior, trata de negarla, intenta expulsarla, pero esa perversidad sigue ahí, como debe ser, y sigue siendo suya, reclamando clamorosamente que le preste atención. Cuanta más atención reclama más se le resiste el cazador de brujas. Y a mayor resistencia, más se fortalece y más atención reclama su perversidad. Finalmente, como ya no puede seguir negándola, el hombre comienza a verla. Pero la ve de la única manera que puede: como si estuviera en otras personas. Él sabe que alguien tiene cierto fondo perverso pero como de ningún modo puede ser él, ha de ser forzosamente otro. Lo único que ha de hacer ahora es encontrar a ese otro, lo cual se convierte en una tarea sumamente importante, porque si no puede encontrar a alguien sobre quien proyectar su sombra, tendrá que quedarse con ella. Vemos así cómo la resistencia representa su papel decisivo. Porque, igual que la persona odiaba y se resistía apasionadamente a su propia sombra, e intentaba erradicarla a toda costa, ahora desprecia con la misma pasión a aquéllos sobre quienes arroja su propia sombra.
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martes, 6 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (VII)


Pero, ¿y si la mujer entrase y exigiera efectivamente que Juan lo limpiase? Lo más probable es que una actitud así cambiaría toda la situación. Si Juan se sintiera entonces presionado, ¿no sería porque, efectivamente, su mujer le estaba presionando? En ese caso, ¿no sentiría la presión de ella y no la suya propia? En realidad esto no cambia para nada las cosas, y su único efecto es que a Juan le resulta mucho más fácil endosarle a ella su proyección. Si decimos que la esposa es un buen "gancho", es porque exhibe la misma tendencia que Juan está a punto de proyectar sobre ella, lo cual hace que a él le resulte sumamente tentador proyectar su impulso sobre su mujer, pero aún así el impulso sigue siendo de él. El debe tener un impulso, y debe proyectarlo, pues de lo contrario no habría sensación de presión. De hecho, su mujer podría estar "presionándole" para que hiciera algo, pero él no se sentiría realmente presionado si no quisiera también hacerlo, y entonces lo proyectara. Sus sensaciones no son más que eso: sus sensaciones.
Así pues, los terapeutas que trabajan en este nivel sugieren que la persona que constantemente se siente presionada, sencillamente tiene más impulso y energía de lo que cree. Si careciera de ese impulso, le tendría por completo sin cuidado. Así pues, el individuo bien informado, cada vez que siente alguna forma de presión –procedente de su jefe, su cónyuge, la escuela, los amigos, sus socios o sus hijos–, aprende a usar esos sentimientos como señal de que tiene cierta energía, algún impulso del que en ese momento no es consciente. Aprende a traducir "me siento presionado" como "tengo más impulso de lo que creía" Una vez se da cuenta de que todos los sentimientos de presión son impulsos suyos que no ha advertido, ya puede decidir si actúa siguiendo su impulso o si posterga la acción. Pero, haga lo que haga, finalmente sabe que el impulso es suyo.
El mecanismo básico de la proyección como tal es, pues, bastante simple. Un impulso (enfado, deseo o lo que sea) que surge en uno y que, naturalmente, apunta al medio, cuando es proyectado, aparece como un impulso que se originase en el medio y que apuntara hacia uno. Es un efecto de bumerang, y uno acabará zurrándose con su propia energía. Ya no pugna por actuar, se siente empujado a actuar. Ha puesto el impulso al otro lado de la demarcación entre lo que uno es y lo que uno no es, y entonces, naturalmente, el impulso le ataca desde afuera, en vez de ayudarle a atacar al medio.
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lunes, 5 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (VI)


La proyección del impulso funciona de la siguiente manera: como hemos visto, el deseo de limpiar el garaje todavía está presente en Juan, es decir, que todavía está activo, de modo que constantemente reclama atención, de la misma manera que el hambre, por ejemplo, exige constantemente que se le preste atención a ese impulso comiendo algo. Como el impulso de limpiar es garaje sigue estando presente y activo, Juan sabe en algún rincón de su mente que alguien quiere que él limpie el garaje. Y precisamente por eso todavía sigue ocupándose en fruslerías. Juan sabe que alguien quiere que él limpie todo eso, pero el problema está en que ahora se ha olvidado de quién es ese alguien. Entonces empieza a sentirse molesto con todo el proyecto, y a medida que transcurren las horas, la difícil situación le molesta cada vez más. Lo único que realmente necesita para completar la proyección –es decir, para olvidarse totalmente de su propio impulso de limpiar el garaje– es un candidato adecuado para "colgarle" su propio impulso proyectado. Como él sabe que alguien está presionándole para que limpie, y esa presión está sacándole de quicio, le encantaría de veras encontrar a ese "otro" que le está presionando.
Entra en escena la víctima desprevenida: la mujer de Juan pasa casualmente por el garaje, asoma la cabeza y le pregunta con inocencia si terminó con la limpieza. Con un moderado arrebato, Juan le grita que no le atosigue. Porque ahora siente que no es él, sino su esposa quien quiere que él limpie el garaje. La proyección se ha completado, porque ahora parece como si el propio impulso de Juan llegara desde afuera. Él lo ha proyectado, lo ha puesto del otro lado de la valla, y desde allí parece como si le atacase.
Por consiguiente, Juan empieza a sentir que su mujer le presiona. No obstante, lo único que realmente siente es su propio impulso proyectado, su propio deseo de limpiar el garaje desplazado, puesto fuera de su lugar. Juan podría gritarle a su mujer que no tiene ganas de limpiar el maldito garaje y que ella le importuna presionando. Pero si realmente él no quisiera limpiar el garaje, si ese impulso no fuera cierto, le habría dicho a su mujer que había cambiado de idea y que lo limpiaría en otro momento. Si no lo hizo es porque en algún rincón de su mente sabía que alguien quería, desde luego, que el garaje estuviera limpio, pero como "no era" él, tenía que ser otra persona. La mujer, naturalmente, es una candidata adecuada, y tan pronto como entra en escena, Juan carga en ella su impulso proyectado.
En pocas palabras: Juan proyectó su propio impulso y, por consiguiente, lo experimentó como un impulso externo, que venía desde afuera. Otro nombre para el impulso externo es presión. En realidad, cada vez que una persona proyecta algún impulso, se siente presionada, siente que su propio impulso se vuelve contra ella desde el exterior. Además, y aquí es donde la mayoría de los lectores parpadearán con incredulidad, toda presión es resultado de un impulso proyectado. Obsérvese en este ejemplo, que si Juan no tuviera el impulso de limpiar el garaje, no podría haber sentido ninguna presión procedente de su mujer, y habría encarado con toda calma la situación, diciendo que ese día no le apetecía hacerlo o que había cambiado de idea. En cambio, se sintió presionado. Pero no sintió realmente que su mujer le presionara, sino la presión de su propio impulso. Si no hay impulso, no hay presión. Toda presión es, en le fondo, un impulso disfrazado.
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domingo, 4 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (V)


Empecemos por donde se encuentra la mayoría de la gente: atrapada en la persona (máscara), que es una imagen de uno mismo más o menos inexacta y empobrecida, creada cuando el individuo intenta negarse a sí mismo la existencia de una o varias tendencias que tiene, como pueden ser los impulsos eróticos, la tendencia a hacerse valer, el enfado, la alegría, hostilidad, valentía, agresión, interés u otras. Pero, por más que intente negarlas, las tendencias no desaparecen y, puesto que son el individuo, lo único que éste puede hacer es fingir, "hacer como si" pertenecieran a otro, a cualquiera, siempre que no sea él. De modo que, en realidad, lo que consigue no es negarlas, sino solamente negar que le pertenecen. Así llega a creer de veras que estas tendencias no son él, que le son ajenas, externas. Ha estrechado sus límites a fin de excluir las tendencias indeseables. En consecuencia, esas tendencias alineadas son proyectadas en forma de sombra, y el individuo se identifica únicamente con lo que queda: una imagen de sí mismo reducida, empobrecida e inexacta, que es la persona. Se establece así una nueva demarcación y se inicia otra batalla de opuestos: la de la persona con su propia sombra.
Lo esencial de la proyección de la sombra es fácil de entender, pero es difícil representársela, porque ahoga algunas de nuestras ilusiones más caras. Sin embargo, el ejemplo siguiente nos permitirá ver lo poco complicado que es en realidad el proceso.
Juan tiene muchos deseos de limpiar y ordenar el garaje, que está totalmente desordenado; además, hace ya tiempo que tiene la intención de hacerlo. Finalmente, decide que es el momento adecuado para poner manos a la obra, y tras vestirse con la ropa apropiada, empieza a encarar la tarea con relativo entusiasmo. En este momento, Juan está claramente en contacto con su propio impulso, porque sabe que, a pesar del trabajo que le dará, es algo que indudablemente quiere hacer. Es verdad que una parte de él mismo no quiere ponerse a limpiar, pero lo importante es que su deseo de limpiar el garaje es mayor que el deseo de no hacerlo, pues de no ser así, sencillamente no lo haría.
Pero cuando Juan empieza a mirar el revoltijo increíble que hay en el garaje, le sucede algo extraño: comienza a reconsiderar todo el asunto, aunque sin abandonar su propósito. Da vueltas, se pone a hojear revistas viejas, se prueba un antiguo guantes de béisbol, se entrega a recuerdos y ensoñaciones, se va poniendo nervioso. Al llegar aquí, Juan empieza a perder contacto con su impulso, pero lo importante sigue siendo que su deseo de limpiar el garaje todavía está presente, porque de no ser así, se limitaría a abandonar el trabajo y hacer alguna otra cosa. Si no lo deja es porque todavía su deseo de hacer el trabajo es mayor que el de no hacerlo. Pero ya está empezando a olvidar su propio impulso y por consiguiente, empezará a alinearlo y proyectarlo.
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sábado, 3 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (IV)


Iremos retrocediendo y descendiendo por el espectro de la conciencia. Este descenso se puede describir de múltiples maneras, todas ellas útiles –desde llamarlo una armonización de opuestos a una superación de complejos, pasando por una "expansión" de la conciencia–, pero en su aspecto más fundamental, se trata sencillamente de ir disolviendo demarcaciones. Hemos visto que cada vez que se construye una demarcación nueva, uno limita, restringe y estrecha su sentido de "lo que es", de modo que la primitiva identidad se desplaza progresivamente del universo al organismo, y de éste al ego y a la persona. En tal sentido figurado, el "yo"" que es uno se empequeñece cada vez más, mientras que "lo que no soy"" se agranda. Con cada demarcación hay una nueva faceta del "yo" que se proyecta y que, por lo tanto, se aparece como externa, ajena, extranjera, existente al otro lado de la valla. Por consiguiente, construir una determinada demarcación es crear una proyección determinada, una faceta de uno mismo que ahora parece ser lo que uno no es. De la misma manera, re-conocer una proyección es disolver una demarcación. Cuando uno se da cuenta de que una proyección que parecía existir "ahí afuera" es, en realidad, su propio reflejo, forma parte de uno mismo, a conseguido derribar esa demarcación particular entre lo que uno es y lo que uno no es. De ahí que el campo de la percepción consciente quede tanto más expandido, abierto, libre y sin defensas. Trabas verdadera amistad y, en última instancia, identificarse con un antiguo "enemigo" equivale a desmantelar la línea de batalla y expandir el territorio por donde uno puede moverse libremente. Entonces las facetas proyectadas ya no le amenazan a uno, porque son uno. Así pues, descender por el espectro es 1) disolver una demarcación mediante 2) el re-conocimiento de una proyección. Esto sucede a cada paso del descenso.
La mayor parte de las ideas sobre demarcación, proyección y conflictos entre opuestos se aclararán a medida que vayamos viendo ejemplos concretos. Este capítulo se ocupa de la comprensión de la persona y la sombra, así como de las disciplinas que hay ayudado a la gente a descender desde el nivel de la persona al nivel del ego. En el capítulo siguiente estudiaremos el descenso desde el nivel del ego al nivel del centauro, para seguir, en el próximo capítulo, desde el centauro a lo transpersonal y, finalmente, ocuparnos del descenso, a la conciencia de unidad. Cada capítulo, básicamente pragmático, está pensado para ofrecer al lector 1) un entendimiento general de ese nivel determinado, 2) una aproximación de ese nivel, y 3) una introducción a los tipos de "terapias" de los que hoy se dispone y que se dirigen a ese nivel. Estos capítulos no están pensados para que nadie se instale realmente en un nivel determinado, sino tan sólo para ofrecer un atisbo de cómo son las terapias en ese nivel. Vivir continuamente en uno de los niveles más profundos de la conciencia exige muchísimo trabajo y estudio. Por eso, al final [...] he incluido una lista de las lecturas recomendadas y de las terapias que tratan ese nivel.
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viernes, 2 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (III)


Uno de los mayores problemas que se derivan de esta controversia en la que todos quieren tener razón, es la persistencia con la que tanto legos como los profesionales tienden a suponer que los diversos médicos del alma se ocupan del ser humano desde diferentes ángulos. Pero no es así, sino que más bien se ocupan de diferentes niveles de la conciencia humana desde diferentes ángulos. Actualmente carecemos de médicos del alma en quienes podamos confiar de todo corazón porque nos imaginamos que todos están hablando del mismo nivel de nuestra conciencia. Por consiguiente, parece fuera de duda que se contradicen entre sí, por lo menos en lo esencial, y quedamos atrapados en la contradicción.
Sin embargo, una vez reconocemos la multiplicidad de niveles inherente a la naturaleza de la conciencia humana, cuando entendemos que nuestro ser tiene muchas capas, podemos empezar a ver que los diversos tipos de terapias difieren, precisamente porque se dirigen a esos diferentes niveles del alma. Así, pues, si comprendemos que los diversos médicos del alma se dirigen de un modo válido a diferentes niveles de la conciencia, quizá podamos escuchar más abiertamente lo que cada uno a su manera tiene que decirnos respecto al nivel del que se ocupa especialmente. Y si nuestro sufrimiento se da en ese nivel, escuchemos atentamente lo que pueda decirnos, y quizá nos ayude a ver el significado de nuestro tipo particular de sufrimiento, a soportarlo a conciencia, comprenderlo y , por ende, a trascenderlo.
Una vez nos hayamos familiarizado en términos generales con el espectro de la conciencia, con las diversas capas de nuestro propio ser, quizá podamos detectar más fácilmente el nivel en que actualmente vivimos, lo mismo que el nivel donde –si es que sufrimos– se origina nuestros sufrimiento. Podemos así escoger el tipo adecuado de médico del alma y una manera adecuada de enfrentarnos a nuestro sufrimiento actual y no seguir ya paralizados en medio de él.
Guiados por esta finalidad, en los capítulos siguientes pasaremos revista a algunos de los principales niveles del espectro. Consideraremos los diferentes potenciales, gratificaciones y valores inherentes a cada nivel, y en especial las diferentes in-disposiciones, dolores y síntomas que se generan en cada nivel. Examinaremos también las principales "terapias" que se han ido elaborando para tratar los sufrimientos particulares que se generan en los diversos niveles. Confío ante todo en que ello proporcionará al lector un mapa sencillo de las profundidades de la percepción consciente, un mapa que pueda servirle de guía en el laberinto de sus propias demarcaciones.
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jueves, 1 de julio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (II)


A lo largo de la historia de la humanidad, muchos chamanes, sacerdotes, sabios, místicos, santos, psicólogos y psiquiatras han intentado señalar las mejores maneras de vivir correctamente el sufrimiento para poder trascenderlo. Han enfrentado a hombres y mujeres con el discernimiento de su padecer, para que al entenderlo correctamente, puedan trascenderlo y liberarse de el. Pero estos métodos para discernir que nos han ofrecido diversos médicos del alma no son siempre de l la misma naturaleza; e incluso en ocasiones se contradicen radicalmente unos a otros. Los antiguos médicas del alma nos aconsejaban ponernos en contacto con Dios; los modernos dicen que hay que establecer contacto con el inconsciente. Los de vanguardia nos aconsejan que nos toquemos el cuerpo, los clarividentes anuncian que hay que trascender el cuerpo. Hoy, más que nunca, el desacuerdo entre los médicos del alma es estridente, y el resultado es que nos encontramos paralizados en medio de nuestro sufrimiento, confundidos en cuanto a su significado y sin saber siquiera a quién podemos preguntarle qué significa. Inmovilizados en nuestro sufrimiento, no emerge, ni puede emerger nuestra más profunda penetración intuitiva en la realidad. No podemos adentrarnos en nuestro sufrimiento con la conciencia necesaria para discernir su naturaleza interior.
No podemos soportar nuestro sufrimiento con resultados fructíferos a menos que sepamos qué es lo que significa y por qué se produce. Y no sabemos lo que significa porque no tenemos un médico del alma en quien podamos confiar sin reservas. Tiempos hubo en que nos dirigíamos con fe inocente al sacerdote, al chaman o al sabio como médicos del alma, y ellos guiaban nuestra conciencia hacia Dios. pero en el último siglo el sacerdote ha sido desplazado en buena medida por el psiquiatra en cuanto autoridad en quien confiar cuando uno se encuentra con dificultades; y este nuevo sacerdote dirigía nuestra conciencia hacia aspectos de nuestra propia psique. Pero ahora la confianza en el psiquiatra como respetado médico del alma va disminuyendo lentamente a medida que emergen terapias más modernas, eficaces y liberadoras. Nuestros nuevos médicos del alma aparecen en Esalen, Oasis y en otros "centros de desarrollo" similares, muchos de ellos en Estados Unidos. Estas gentes están revolucionando el significado de "terapia", al dirigir nuestra conciencia hacia la totalidad del organismo y no solamente a la psique desencarnada. Vemos, incluso, cómo van apareciendo otros nuevos médicos del alma, los terapeutas transpersonales, que dirigen nuestra percepción directamente a la conciencia supraidividual. Pero, ¡ay!, puesto que todos estos médicos no se ponen de acuerdo entre si, ¿a quién debemos creer?
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miércoles, 30 de junio de 2010

Cómo reconocer la sombra o proyección. El nivel de la persona: se inicia el descubrimiento (I)


El movimiento de descenso y descubrimiento empieza en cuanto uno se siente conscientemente insatisfecho con la vida. Al contrario de lo que opinan la mayoría de los profesionales, esta torturante insatisfacción con la vida no es un signo de "enfermedad mental", ni un indicio de inadaptación social, ni un trastorno del carácter. Esta infelicidad básica ante la vida oculta el embrión de una inteligencia en desarrollo, especial, generalmente sepultada bajo el peso inmenso de las farsas sociales. Cuando una persona comienza a experimentar el sufrimiento de la vida, empieza al mismo tiempo a tener conciencia de realidades más profundas y más válidas, pues el sufrimiento destruye la complacencia de nuestras ficciones habituales acerca de la realidad y nos obliga a despertar en un sentido especial: a ver con cuidado, a sentir con profundidad, a establecer contacto con nosotros mismos y con nuestro mundo, y hacerlo de maneras que hasta entonces habíamos evitado. Se ha dicho, y creo que ciertamente es así, que el sufrimiento es la primera gracia. En cierto modo, cuando uno sufre casi debería regocijarse, pues el sufrimiento señala el principio de la intuición creativa.
Pero sólo en cierto modo. Algunas personas se apegan a su sufrimiento como una madre a su hijo, cargándolo como un peso que no se atreven a dejar en el suelo. No enfrentan el sufrimiento de una manera reflexiva, racional, sino más bien se aferran a él, secretamente extasiadas con los espasmos del martirio. No hay que negar la conveniencia del sufrimiento, evitarlo ni despreciarlo; pero tampoco hay que glorificarlo, dramatizarlo o aferrarse a él. La aparición del sufrimiento no es un bien, pero si una buena señal, indicación de que uno comienza a darse cuenta de que vivir fuera de la conciencia de unidad es en última instancia doloroso, perturbador y triste. Vivir entre demarcaciones es vivir entre batallas: la del miedo, la de la angustia, la del dolor y, finalmente, la de la muerte. Sólo por mediación de toda clase de compensaciones, distracciones y sortilegios que nos aturden, acedemos a poner en tela de juicio nuestras demarcaciones, causa y raíz de la interminable rueda de dolor. Pero tarde o temprano, si no nos hemos insensibilizado del todo, nuestras compensaciones defensivas empiezan a fallar en su propósito de suavizar y ocultar. En consecuencia, empezando a sufrir, de una manera o de otra, porque nuestra percepción y conciencia se dirigen, finalmente, hacia la naturaleza conflictual de nuestras falsas demarcaciones y hacia la vida fragmentaria que en ellas se basa.
El sufrimiento es, entonces, el primer paso hacia el reconocimiento de la falsas demarcaciones, y si se entiende correctamente, es liberador, porque apunta más allá de todas las demarcaciones. Entonces no sufrimos porque estemos enfermos, sino porque está emergiendo una forma de intuición inteligente. Sin embargo, es necesario entender correctamente el sufrimiento para no abortar el nacimiento de esta intuición. Debemos interpretar bien el sufrimiento para poder penetrar en él, vivirlo y trascenderlo al fin. Una mala comprensión hace que nos atasquemos en mitad del sufrimiento, nos revolquemos en él, sin saber qué más podemos hacer.
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(Texto extraído del libro "La conciencia sin fronteras". Autor Ken Wilber)

martes, 29 de junio de 2010

El amor incondicional (IV) y último


Laing tuvo la intuición de que quizá los médicos y las enfermeras mantuvieran a Phillip en su locura simplemente por los sentimientos que él les inspiraba. "Phillip generaba en todo el que se le acercara confusas sensaciones de repugnancia, tanto por su aspecto como por su olor, y de compasión, sólo por lo repulsivo que era y por su evidente angustia. Como resultado, muy pocos se resistían al intento de mostrarse amables y cariñosos con él, pero huían de su presencia y de su olor cuanto antes... no porque no pudieran soportarlo, sino por alguno otra necesidad."
A Phillip se le mantenía en su locura porque el intento de amarlo y de interesarse por él estaba teñido de hipocresía y él lo sabía. En cuanto Laing dio el insólito paso de llevar a su casa a un esquizofrénico catatónico, Phillip mejoró con asombrosa celeridad. Su incontinencia cesó en cuanto entró en la casa. Un par de semanas después había dejado de tambalearse, aunque todavía temblaba. Empezó a hablar de modo entrecortado, pero coherente. Tres meses después había mejorado lo suficiente como para que lo instalaran en un hogar sustituto. La amenaza de pasarse el vida encerrado en una sala psiquiátrica se había borrado.
Laing no aplicó psicoterapia a Phillip mientras lo tuvo bajo su techo. Se le trató sinceramente, sin hipocresía emocional, es decir: reaccionando como correspondiera ante sus actitudes buenas o malas. Quince años después volvió a la casa para informar de sus adelantos. Tal como lo dice Laing, con un dejo de ingenio mordaz: "Estaba casado, tenía dos hijos, trabajaba con empleo fijo y estaba siguiendo un curso nocturno de psicología."
Es difícil negar que la cordura de Phillip dependía, en gran parte, de las proyecciones de las mentes ajenas. El "amor" y el "interés" superficiales de la sala psiquiátrica lo mantenían aprisionado en un ser falso, porque esos sentimientos eran igualmente falsos. Detrás de ellos acechaba el verdadero mensaje: el "amor" era sólo un medio para mantenerlo dominado; era un artilugio de poder.
Afortunadamente, en Laing el niño encontró a alguien que lo miró da la luz del amor. Para mí, ésa es la parte más conmovedora del relato. Laing no toca el tema del amor. Plantea motivos sobre una simple base de humanidad: "Me apenaba mucho su aprieto y quería ayudarlo en lo posible". Sin embargo, en presencia de Laing se estableció un entendimiento que era sincero reflejo de una conciencia con otra. La intensidad de la vida, tan límpida, sana y amorosa, irradió de Laing y tocó al muchacho. Ésa parece ser la parte más natural de lo que ocurrió entre los dos y lo que debería ocurrir entre todos nosotros. Un ser verdadero habla a otro, utilizando el idioma del corazón, y en es vinculo una persona se ve curada.

lunes, 28 de junio de 2010

El amor incondicional (III)


Aunque estaba entre médicos y enfermeras encargadas de atenderlo, Phillip había excedido los límites de la compasión. Era demasiado extraño y desagradable como para que alguien se le acercara por más de algunos minutos, mucho menos que lo ayudara. Había adquirido un tartamudeo, junto con una peculiar acumulación de tics: parpadeos, desvíos bruscos de mirada y contracciones en mejillas, lengua, manos y dedos. Lo peor era su actitud absoluta de "me importa una higa", que lo aislaba de los otros pacientes y volvía a todo el personal contra él.
Dos meses de internación cambiaron muy poco el estado de Phillip, "Sobre el diagnóstico no cabían dudas", recuerda Laing. "Era un esquizofrénico catatónico agudo, probablemente en vías de ser crónico. Cuando tenía algo que decir era obvio que estaba alucinado, muy paranoico y muy autoengañado." Laing se sintió atraído por esa destrozada criatura. Phillipo no tenía familiares sobrevivientes ni amigos de su familia que lo albergaran. Se daba por entendido que pasaría el resto de su vida internado.
En cambio, Laing lo llevó a su casa, a vivir con su esposa y tres hijos menores de cuatro años. Tomó esa decisión heroica porque, al hablar con Phillip a solas en su despacho, fuera del ambiente de la sala psiquiátrica, notó que el muchacho se calmaba. Phillip empezó a hablar de modo inteligible y, si bien se refería a cosas disparatadas (su sensación de que la sala era una esfera gigantesca a la que él servía de eje en el centro, las visitas que le hacían seres interestelares, su alucinación de que la voz de un negro le decía cosas sin sentido por la noche), no parecía completamente perdido. En el consultorio de Laing también mermaron sus contracciones y sus tics. Por una hora, el menos, dominó sus esfínteres y (lo más revelador) cuando Laing se ofreció a ayudarlo, una sombra de gratitud pasó por sobre sus rígidas facciones.
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domingo, 27 de junio de 2010

El amor incondicional (II)


Esta explicación es un giro a lo que habitualmente entendemos por amor incondicional. Por definición, sólo se puede amar incondicionalmente a alguien si nuestro amor no se altera, ocurra lo que ocurra y haga lo que haga la otra persona. Este aspecto del "ocurra lo que ocurra" implica un esfuerzo de voluntad sobrehumano. No podemos sino imaginar un santo de yeso que devuelva dulzura y luz a cambio de rudeza, ira, celos, desconsideración y cualquier otro tipo de conducta desamorada. Pese a toda su aparente bondad, esta situación huele a autorrepresión y hasta a masoquismo.
La versión que los rishis dan del amor incondicional no contiene esfuerzo alguno. La persona que ama "ocurra lo que ocurra" no hace sino seguir su naturaleza. En realidad, es todo lo que se puede pedir a nadie. Es ineludible actuar según nuestro propio nivel de conciencia. A fin de sonreír al extranjero que me empuja por la calle, necesito sentirme con deseos de sonreír; de lo contrario mi conducta sería calculada. Tal como hemos visto, el cálculo es la estrategia primaria del falso yo. Debe calcular cuándo sonreír porque tiene mucho miedo de exhibir las emociones que siente en realidad. El tacto y la diplomacia, que casi todos aplaudimos como "buena conducta", también pueden ser la sutil habilidad de mentir.
Todos irradiamos nuestra conciencia al mundo y traemos su reflejo de nuevo a nosotros. Si nuestra conciencia contiene violencia y temor, encontraremos esas cualidades "allá afuera". Por el contrario, si nuestra conciencia contiene amor incondicional, el mundo y hasta los ojos de un mendigo reflejarán ese amor. El valor curativo de este tipo de conciencia es enorme, como me gustaría ilustrar con un conmovedor relato de R.D. Laing.
Cierto día, un niño escocés de catorce años, llamado Phillip, volvió a su casa de la escuela y encontró a su madre en la cama, en un charco de sangre. La mujer, que padecía tuberculosis desde hacía mucho tiempo, acababa de morir por una súbita hemorragia en los pulmones. En vez de consolarlo y ayudarle a superar el golpe y el dolor, el padre regañó a Phillip, diciéndole una y otra vez que él había matado a su madre al someterla al agotamiento del embarazo, el nacimiento y la crianza. Esto se prolongó por dos meses. Un día Phillip llegó de la escuela y descubrió que su padre se había suicidado.
Seis meses después Laing encontró al niño en una sala psiquiátrica de Glasgow, en un extraño estado de deterioro psicológico y físico. Tal como Laing recuerda vívidamente: "Estaba hediondo. Tenía incontinencia de orina y heces y tendía a caminar de un modo extraño, tambaleándose. Gesticulaba de modo extravagante, sin hablar; parecía casi totalmente absorto en sí y no podía interesarse menos por su ambiente y la gente que había en él".
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sábado, 26 de junio de 2010

El amor incondicional (I)


Este extraño encuentro entre Patrick y el vagabundo nos lleva al tema del amor incondiconal, que se ha convertido en estribillo de la psicología popular. La objeción que me inspira el amor incondicional es que se opone por completo al amor normal, basado en la relación. El amor que existe entre marido y mujer no es el mismo que hay entre madre e hijo. La diferencia se basa en el tipo de relaciones que mantienen dos personas. Cuando no hay relaciones cuesta imaginar cómo puede fluir el amor.
Sin embargo, en este caso, Patrick no tenía ninguna relación con el vagabundo. Eran dos perfectos desconocidos, con todos los motivos para mirarse con desconfianza y hostilidad. Por idealista que pueda uno querer mostrarse, un hombre mal vestido y maloliente no es objeto de amor prácticamente para nadie; habitualmente es un objeto de revulsión que evitamos asiduamente, a fin de no exponernos a sensaciones de miedo y desprecio.
Pero es en el punto en que todas las relaciones cesan cuando surge, en realidad, la oportunidad del amor incondicional. Cuando no se mantiene relación alguna con otra persona, uno se siente automáticamente devuelto a sí mismo. Los sentimientos que surgen no se basan en lo que se necesita o se desea de los otros: surgen, simplemente. Si me empujan por la calle y me encolerizo, esa emoción surge espontáneamente. Tal vez me arrepienta al momento siguiente, pero esa fracción de segundo era la única opción para mi yo. Mi nivel de conciencia no me ofrecía una respuesta mejor. En el caso de Patrick, su nivel de conciencia había saltado mucho más allá de sus límites normales; esta expansión dictó la respuesta que brotó espontáneamente de él. Imagino que su meditación en el banco del parque no era la única causa de ese súbito cambio; en la India se habla del "Yoga de la desesperación", un avance hacía una conciencia más elevada, resultante de un aprieto tan terrible que la psiquis no halla otra salida.
Cualquiera que sea el mecanismo exacto, Patrick se encontró en un estado que trascendía la percepción normal. Como un piloto que se desprendía de una densa capa de nubes para encontrar el cielo azul y un sol brillante, descubrió que mirar algo era verlo a la luz del amor. No pudo evitarlo, tal como yo no podría evitar mi enfado si me empujaran el la calle.
En realidad, los rishis hablan del amor incondicional como cualidad trascendental que se infunde en la mente durante la meditación. Cuando la mente va más allá de la conciencia normal de vigilia, el proceso de trascender nos pone en contacto con el amor incondicional en su estado silencioso y no manifiesto. "No manifiesto" significa que ese amor no se dirige a nada, simplemente vibra dentro de la naturaleza del testigo silencioso, tal como una señal de radio espera en silencio que una radio la recoja. Al terminar la meditación, la persona regresa al estado de vigilia trayendo algo de esa cualidad trascendente a su conciencia de todos los días. Se ha agregado una nueva vibración que altera, por sutilmente que sea, la conciencia anterior de esa persona.
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(Texto extraído del libro "Vida sin condiciones". Autor Deepak Chopra)

viernes, 25 de junio de 2010

Flores de Bach. Willow (III) y último


¿Cuál es el error en el estado Willow negativo? En este caso reside también en la negativa de la personalidad a aceptar la guía de su alma y de su Yo Superior. En estado Willow no se está de acuerdo, sobre todo, con los resultado de la vida, porque se juzga por el éxito no por la experiencia interior, sino principalmente por criterios materiales. Por ejemplo, no poder mantener una bella imagen, no haber recibido el título de doctor honoris causa, no haber conseguido la casa en la montaña, ¿no son motivos suficientes para encolerizarse con el propio Yo Superior o el destino? Sin embargo, el rencor y la desilusión no bastan. La personalidad trata de bloquear todos los intentos de guía del Yo Superior mediante "muros de resistencia pasiva". De este modo, no sólo se daña a sí misma, sino que emponzoña su entorno y así atenta contra la Gran Unidad.
En un pertinaz estado Willow negativo, se debe aprender, como primera medida, a reconocer y aceptar el propio resentimiento, la propia negatividad, pues en tanto no se cambie de postura con respecto a uno mismo, nada podrá moverse en el exterior. En segundo lugar, sería menester reconocer que todo pensamiento rencoroso es un ladrillo energético más en la construcción del muro de negatividad que va oscureciendo el propio sol, pues todo experimento exterior es la consecuencia de una proyección mental interior, y cada individuo vive en el mundo ideado y creado por él mismo en algún momento. Quien se siente víctima, tarde o temprano será una víctima.
Donde hay mucha sombra, también hay mucha luz. Para salir de un estado Willow negativo es necesario ejercitarse conscientemente en concentrar la mente en el lado claro de los acontecimientos. El Willow no sólo es considerado símbolo de la tristeza, sino también alegoría de infinito conocimiento e inefable sabiduría, porque en cualquier momento se le pueden cortar ramas nuevas.
En estado Willow positivo reconocemos que no somos víctimas, sino arquitectos de nuestro destino y que tenemos infinitas posibilidades intelectuales para construir un futuro positivo. En consecuencia, las personas que han superado su estado Willow negativo irradian fe, serenidad y optimismo, pues ya saben que en la mano de cada uno está ser el forjador de su infortunio o de su suerte.
En el curso de un proceso mental es fácil caer en un estado Willow, cuando se toma conciencia de lo negativo, pero la personalidad es aún demasiado débil para integrarlo. Se proyecta el enojo interior sobre uno mismo y sólo después sobre el mundo exterior; se desarrollan agudos prejuicios y la persona se muestra poco cooperativa.
En estado Willow negativo la ira bulle bajo la superficie, a diferencia de Holly que la muestra francamente.

jueves, 24 de junio de 2010

Flores de Bach. Willow (II)


Son capaces de guardar en su corazón durante largos años su rencor hacia una persona o una situación, sin ponerla jamás sobre la mesa o analizarla abiertamente. Así, la suegra enojada con su nuera porque el joven matrimonio adquirió su propia casa, se muestra cortés con ella, pero subsiste una relación tensa entre ambas. Su secreta venganza, practicada durante años, consiste en no ser jamás verdaderamente complaciente con la nuera, criticarla en sus diálogos con su hijo, aunque siempre de manera solapada, y rebajarla en su interior. Esta actitud le provoca como reacción regulares ataques de reuma.
Las personas en estado Willow negativo son comparables a un volcán despierto que arroja columnas de humo asfixiante, pero que jamás hace erupción.
Que la nuera ayude a su suegra reumática con las compras y le lave las cortinas, es cosa lógica que no requiere mención ni muestras de agradecimiento, pues los tipos Willow son grandes para exigir, pero ni quieren dar nada de si mismos, y a la larga consiguen que todos los que se acercan a ellos amistosamente y con espíritu servicial acaben por cejar poco a poco en sus esfuerzos y retirarse.
De este modo, cada vez están más solos y amargados y poco a poco quedan aislados de la vida. Si en otro tiempo iban a jugar a los bolos con agrado, en el futuro lo harán cada vez con menos frecuencias porque "el nuevo encargado es muy desatento con ellos". Si antes les gustaba ir al teatro, ahora se quedan en casa "porque las nuevas obras son demasiado superficiales o negativas".
Mírese como se mire, en este estado sólo salta a la vista el lado negativo de la vida. He aquí una típica exteriorización de un paciente Willow que se encontraba en vías de recuperación: "Ya me veo mejor, pero estoy lejos de estar tan bien como aparento". Es como si uno mismo quisiera frenarse para no dejar aflorar algún sentimiento positivo.
En estado Willow se es "víctima" y en consecuencia se apela a la excusa general de no poder asumir responsabilidad alguna por culpa de su destino. La persona afectad se empecina en señalar con el índice al mundo exterior y se niega estrictamente a tomar en cuenta o tan sólo ponderar los nexos entre los sucesos exteriores y su propio estado interior.
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