viernes, 23 de noviembre de 2012

Morir antes de morir (II) y último


En la época en que leí mi tesis llevaba unos cinco años practicando meditación zen, de la que curiosamente, escuché hablar por vez primera en 1966, también en el MIT. Recuerdo que, un día en el que estaba particularmente mal debido, en parte, a lo que se me antojaba la guerra cínica y obscena en la que nos hallábamos inmersos en Vietnam, acerté a leer, mientras caminaba por uno de los  interminables pasillos pintados de dos tonalidades de verde del MIT, un folleto colgado de uno de los muchos tablones de anuncios titulado "Los tres pilares del zen".
El folleto anunciaba una conferencia de Phillip Kapleau, que había sido uno de los periodistas enviados al juicio de Nüremberg y luego había pasado varios años en Japón practicando zen. Kapleau había sido invitado por Huston Smith, que a la sazón era profesor de filosofía y religión en el MIT. Yo no tenía la  menor idea del zen ni de quiénes eran Kapleau y Huston Smith, pero por laguna razón acudí a la charla, que tuvo lugar a última hora de la tarde. 
Lo que más me sorprendió fue la escasa asistencia, puesto que, de una comunidad académica que albergaba a miles de estudiantes, sólo acudieron cinco o seis personas. Lo único que recuerdo de lo que dijo Kapleau es su comentario incidental del frío que pasó, ya que, según dijo, el monasterio japonés en el que comenzó a practicar carecía de calefacción central. Pero según parece, por más rigurosas y espartanas que fuesen las condiciones generales, su úlcera de estómago desapareció para siempre. No obstante, ésa fue la primera ocasión, independientemente de lo que dijese Kapleau, en que escuché a alguien hablando de forma convincente y con una experiencia de primera mano sobre la meditación y el dharma. Recuerdo haber tenido la sensación, cuando abandonaba la sala, de que acababa de entrar en contacto con algo muy importante. Así fue como empecé a sentarme por mi cuenta y riesgo. A los pocos días, Kapleau volvió para dirigir un retiro de fin de semana que movilizó mi entusiasmo y contribuyo muy positivamente a profundizar mi práctica. Cuando posteriormente publico su libro "Tres pilares del zen", lo devoré de cabo a rabo y me sirvió de guía para mi práctica de la sentada. 
Esa época fue para mí una especie de muerte que se vio acompañada por el descubrimiento de una nueva vida. Jalonó la revelación gradual de una nueva dimensión del impulso que originalmente me había orientado hacía el estudio de la ciencia y la biología, es decir, el impulso a investigar y comprender la naturaleza de la vida y la naturaleza de la realidad, pero no sólo en abstracto, sino también en el modo concreto en que se manifestaba en mi vida, en mi mente y en mis propias decisiones vitales. Así fue como asistí,aunque tan interesado como siempre en los descubrimiento realizados por la ciencia, a la lenta agonía del impulso a seguir el camino de la ciencia de laboratorio y a la emergencia de una motivación cada vez más fuerte que me llevaba a entenderme a mí mismo a través de la atención a las múltiples dimensiones de la vida. Entonces fue cuando empecé a considerar la vida como el más interesante de los laboratorios.
Recuerdo que, durante esa época, me impresionó la historia de Ramana Maharshi, uno de los más grandes sabios de la era moderna que, un buen día, siendo un joven estudiante de diecisiete años que carecía de todo entrenamiento e interés previo en la espiritualidad, se vio desbordado por una gran ansiedad con respecto a la muerte. Entonces decidió no resistirse y entregarse a esa situación preguntándose:"¿Qué es lo que muere?" Para ello se acostó, imaginó morir, dejó de respirar e imitó el rigor mortis.
Entonces fue cuando, según dice, experimentó la muerte permanente de su personalidad. Lo único que perduró fue la conciencia misma, a la que llamó Yo (con Y mayúscula) una expresión que, en su vocabulario, era sinónimo de identidad con Atman, con el Yo universal, con el Espíritu. A partir de entonces empezó a impartir el camino del autoconocimiento, el camino de la meditación sobre "¿Quién soy yo?". Las personas acudían, procedentes de todo el mundo, a su modesta ermita de Tiruvannamalai, ubicada en el sur de la India, para estar en su presencia, que irradiaba, en opinión de los presentes, amor, conciencia y una mente muy afilada, como un espejo, despojada de yo, con la que respondía a todas las preguntas que se le formulaban, por más ingenuas o profundas que pareciesen. Desde entonces, su serena sonrisa me contempla desde una fotografía ubicada frente a mi pupitre. 

Siempre, desde ese momento, he asociado la historia de Ramana a la postura del cadáver del yoga. Asumir deliberadamente la postura del cadáver, tendido de espaldas en el suelo, con los pies separados y los brazos a lo largo del cuerpo, pero sin mantener contacto con él, con las palmas de las manos abiertas y dirigidas hacía el techo o hacia el cielo, nos proporciona una excelente oportunidad para practicar la muerte antes de morir. Yaciendo en una inmovilidad que sólo se ve alterada por el flujo espontáneo y natural de la respiración, dejamos que el mundo sea y se despliegue tal y como lo haría en el caso de que hubiésemos muerto. Abandonados todos los apegos, muertos y sin nada a lo que aferrarnos, vemos, sentimos y sabemos que toda identificación es inútil y reconocemos que nuestros miedo son, en última instancia irrelevantes. Eso es lo único que sabemos y basta con ello.  Es por esto motivo que cualquiera que tenga interés en esta práctica, haría bien en preguntarse: "¿Quien muere?". "¿Quién hace yoga?". "¿Quién medita?"
Al morir al pasado, al morir al futuro, al morir al "yo", al morir a "mi" y al morir a "lo mío" sentimos, mientras permanecemos tumbados en la postura del cadáver, la esencia de la mente despojada de toda noción de identidad, de todo concepto y de todo pensamiento. Lo único que en tal caso perdura es esa potencialidad de la que emerge todo pensamiento y toda emoción, la sensación de que el conocimiento siempre está vivo aquí, en la atemporalidad del ahora. 
Cada día es un día perfecto para morir de este modo.
¿Está dispuesto?
¿A qué espera?

John Kabat-Zinn

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