
miércoles, 23 de marzo de 2011
El arte del liderazgo

lunes, 21 de marzo de 2011
A través

viernes, 18 de marzo de 2011
Mar poderoso

miércoles, 16 de marzo de 2011
martes, 15 de marzo de 2011
La mirada del alma

lunes, 14 de marzo de 2011
Zen y depresión. La ira

Un estudiante zen se dirigió a Bakei y se quejó:
–Maestro, tengo un temperamento indomable.¿Cómo podría curarlo?
–Tienes algo muy extraño. Déjame verlo –replicó Bakei.
–Justo ahora no puedo enseñárselo –contestó el estudiante.
–¿Cuándo podrás? –preguntó Bakei.
–Surge de improviso –explicó el estudiante.
–Entonces –concluyó Bamkei–, no debe ser tu auténtica naturaleza. Si lo fuese, podrías enseñármela en cualquier momento. Cuando naciste no lo tenías, y tus padres no te lo dieron. Piénsalo otra vez.
Historia Zen
En la depresión podemos sentirnos enfermos de ira: ira contra nosotros mismos por estar atrapados en la depresión, ira hacia la depresión misma, ira contra aquellos que no nos ayudan o que parecen no comprender. O bien podemos sentirnos rebosantes de una ira que parece existir por sí misma, sin estar relacionada con ninguna cosa o pensamiento en particular.
En ocasiones, la ira puede ser la emoción predominante durante la depresión. A veces es sencillamente la naturaleza de nuestra depresión particular. Pero puede ser que no consideremos la tristeza o la aflicción como emociones aceptables, y en lugar de ellas nos permitamos únicamente sentir ira.
En las enseñanzas budistas, la ira está considerada como uno de los "tres venenos", junto con la codicia y los pensamientos ilusorios sobre quiénes somos en realidad. Durante la depresión, la ira parece envenenar nuestro cuerpo y nuestra mente; no obstante, da la impresión de que somos incapaces de controlarla.
La depresión nos permite ver la condición de la ira al desnudo, y observar cómo sentimos rechazo y atracción a la vez. Podemos ser arrastrados hacia ella como un sustituto de la tristeza que sentimos, y como un antídoto contra nuestra sensación de desesperanza e impotencia.
La ira refuerza nuestra sensación de un yo; de un yo que sentimos que es importante y que debemos proteger. La mayoría de nuestra ira fluye de esto yo, sobre todo cuando sentimos que está siendo amenazado o ignorado. Examinar los pensamientos y emociones que subyacen a nuestra ira puede mostrarnos donde comienza. Ello puede ayudarnos a disminuir su poder sobre nosotros.
Pero antes de que nos fijemos en lo que subyace a la ira, resulta muy útil observar la ira al desnudo. Cuando la observamos desapasionadamente, vemos que en ella existe una cualidad energetizante. Cuando sentimos ira, aunque nos sentimos incómodos, también nos sentimos autorizados. Ahí es donde radica su atractivo, sobre todo cuando, en nuestro estado de depresión, nos sentimos impotentes e insignificantes. La ira puede doblegar nuestra sensación de miedo y tristeza y crear calor donde parecía no haber vida.
Así que existen dos problemas con la ira: podemos sentirnos incómodos con ella y tratar de apartarla y, no obstante, también podemos sentirnos atraídos y tratar de mantenerla ardiendo.
De la ira no sale nada bueno. Envenena todos nuestras pensamientos y emociones y perpetúa pautas de respuesta que nos resultan dolorosas. La ira también puede hacer que nos propasemos con alguien y provoquemos dolor.
No obstante, si tratamos de erradicar la ira nos daremos cuenta de que sólo provocaremos más ira. Nuestra ira aumentará en lugar de disiparse.
Sin embargo, contamos con otra elección. Podemos enfrentar nuestra ira con atención compasiva., como lo haríamos con la ira de un niño, observándola a distancia y descubriendo qué subyace en ella. En lugar de tratar de liquidar la ira, podemos aproximarnos a ella mediante la no-ciolencia y el amor.
Podemos empezar por hacernos conscientes de cuándo se halla presente, y de cómo afecta a nuestros pensamientos y acciones. Cuando observamos tranquilamente y directamente la ira, le quitamos sus apoyos, de manera que no puede permanecer durante mucho tiempo, sino que en lugar de ello emerge y desaparece sin que nos apeguemos a ella. Permitimos que nuestra ira aparezca y desaparezca, en lugar de tratar de agarrarla, de volverla del revés, y de aumentarla al ira añadiendo combustible.
La dificultad surge al apegarnos a la ira. Shunruy Suzuki Roshi dijo en una ocasión sobre la meditación: "Podéis dejar que vuestros pensamientos aparezcan en la mente, pero no les invitéis a tomar té". Podemos hacer lo mismo con la ira. Podemos dejar que surja y que se marche, pero sin crear un entorno que la anime a quedarse. Podemos tratar de manera compasiva con el miedo subyacente que sentimos. También podemos aprovechar la energía de la ira, que es algo que probablemente necesitamos de manera desesperada durante la depresión, y dirigirla hacia una acción positiva de sanación.
La ira puede ser como una varilla de zahorí que nos conduce hasta nuestros miedos, pero también a situaciones que pueden requerir de nuestra acción. No siempre carece de fundamento. Más bien, nos proporciona la energía, la resolución y la claridad para responder de manera apropiada a cualquier situación en la que podamos encontrarnos.
Exploración suplementaria
Siéntese tranquilamente y observe la respiración.
Empiece a observar sus pensamientos. Si hay pensamientos coléricos, identifíquelos como tales y obsérvelos sin interferir en ellos.
¿Qué pasa con sus pensamientos cuando la ira está presente? ¿Van más deprisa o siente la mente agitada?
¿Cuáles son las sensaciones de su cuerpo cuando la ira está presente? ¿Se acelera la respiración, o se hace más superficial? ¿Siente calor o frío en alguna zona del cuerpo? ¿Se le acelera el ritmo cardiaco o lo siente irregular? ¿Nota alguna tirantez en algún lugar del cuerpo?
¿Cómo se siente con esa ira presente? ¿Qué pensamientos y sensaciones la acompañan? ¿Se siente incómodo? ¿Energizado? ¿Siente el impulso de implicarse en la ira y de dejarla continuar? ¿O bien quiere deshacerse de ella? Observe sus reacciones, sin dejarse llevar por ellas.
¿Qué sucede con la ira una vez que puede observarla sin dejarse llevar por ella? ¿Permanece? ¿Aumenta? ¿O bien va desapareciendo?
Concéntrese de nuevo en la respiración. Al observar la respiración, qué le sucede a la ira? ¿Qué ocurre con las sensaciones corporales? Continúe tanto tiempo como le resulte cómodo.
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Deténgase para reposar en medio de la ira, y descanse en la respiración durante unos momentos. Observe en especial sus pensamientos. ¿Qué pensamientos son los que hacen surgir la ira?
Realizar la exploración sólo si te sientes cómodo haciéndola. Recomendación del propio autor.
(Extraído del libro "El camino del Zen para vencer la depresión". Autor Philip Martin)
viernes, 11 de marzo de 2011
Brotando

miércoles, 9 de marzo de 2011
Danza
viernes, 4 de marzo de 2011
Zen y depresión. El camino intermedio

"El camino intermedio abre los ojos, produce conocimiento y conduce a la paz, le visión profunda y la iluminación."
Buda
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En la depresión da la impresión de que el color ha desparecido del mundo. Todo parece mostrarse en blanco y negro .
La depresión aumenta nuestra tendencia habitual a pensar en extremos de blanco y negro. Los matices evaden nuestro entendimiento. Las cosas o son o no son. Aunque pueda llevarnos algo de tiempo tomar una decisión, cuando hemos elegido, suele tratarse de una decisión tipo ni sí ni no (de hecho, parte de nuestra dificultad al tomar decisiones deriva del hecho de que pensamos en términos estrictos y experimentamos dificultades a la hora de lidiar con las sutilezas de las múltiples posibilidades que tienen lugar en nuestras mentes).
Pero aunque los extremos pueden resultar reconfortantes, rara vez describen la manera en que son las cosas. No tenemos más que echar un vistzo a las guerras por motivos étnicos, políticos o religiosos para ver dónde nos aprietan las opiniones extremas. Aunque resulte reconfortante descansar en los extremos, ya que nos ofrecen una cierta certidumbre, dicha certidumbre es, en último extremo, una dolorosa ilusión.
El Buda habló de sus enseñanzas como de un camino intermedio entre los extremos que él percibió en el mundo de su tiempo. Eran los extremos de buscar la paz en los placeres sensuales o en las prácticas ascéticas. El camino intermedio discurre entre el egoísmo y la entrega entre considerar la existencia como real y el hecho de verla como una ilusión.
Este camino intermedio es difícil, porque es dinámico en esencia. A menudo requiera que sostengamos al mismo tiempo dos ideas contradictorias en nuestra mente. Significa tratar de mantener el equilibrio en el filo de la navaja, evitando la tentación de las repuestas fáciles.
Hace poco asistí al funeral de un hombre bondadoso con el que había trabajado. Durante el servicio, el pastor pidió a los asistentes que hablasen de sus recuerdos sobre Michael. Muchas personas hablaron de lo bondadoso y desinteresado que era, de cómo solía animar a la gente: "Deberías poder tener lo que quieres", afirmaba.
Durante unos momentos no hubo nadie que hablase y dio la impresión de que no había nada más que decir. Entonces, mi amiga Elaine, una mujer muy afectuosa y cariñosa, se levantó lentamente y se puso en pie. En medio de ambiente reverencial imperante, su voz retumbó: "Por otra parte...", empezó diciendo, y continuó explicando una historia sobre cómo Michael la había animado a comprarse un abrigo que no podía permitirse, diciéndole: "Deberías poder tener lo que quieres". Adoraba a Michael, dijo, pero quería que supiese que todavía estaba pagando el abrigo.
Al recordarnos a todos el otro lado de las cosas, Elaine nos devolvió sabiamente al medio, donde se encuentra el camino hacía la verdad.
Seguir el camino es aceptar la tensión entre perspectivas y posibilidades diferentes. Es saber que ambas pueden ser correctas. Practicar el camino intermedio requiere que nos tomemos todas las creencias e ideas con cierta holgura, y que permanezcamos abiertos a las posibilidad de cambios en lo que creemos o pensamos.
En nuestra lucha con la depresión, eso puede significar mantenernos firmes en medio de la incertidumbre. La incertidumbre entre solucionar todos los problemas con medicación, y rechazar el considerar la medicación como una opción.
La incertidumbre entre considerar la depresión como una mera dolencia física, o bien verla como una condición provocada por factores psicológicos y unas escasas aptitudes para hacer frente a la vida. La incertidumbre entre trabajar duro para sanar, o abandonar y dejar de intentar el forzar una solución.
El camino intermedio requiera que consideremos todas nuestras acciones y elecciones a la luz de su uso práctico. También exige que no perdamos de vista la espiritualidad que debe reforzar nuestra decisión. En última instancia, debemos evitar tanto el fanatismo como la indecisión, y tener en cuenta lo que es necesario hacer en ese momento.
Exploración suplementaria
Identifique una situación con la que ha tenido ciertas dificultades. No tiene por qué estar relacionada con su depresión; puede ser un problema laboral, una dificultad en una relación o en casa.
A continuación, permita que el problema se asiente en su mente durante unos instantes. Deje que se asiente a través de las capas de pensamiento, que flote hacia abajo, hundiéndose por su propio peso hasta que se asiente en el vientre. Perciba los pensamientos que surgen sobre qué hacer.
Imagine el problema como algo duro y difícil de abrir, sin rendijas. Deje que se convierta en el objeto de su atención.
A continuación, mientras examina el problema, deje que se parta en dos como si fuera una naranja. Obsérvelo. Separe esas dos mitades entre sí tanto como pueda, al mismo tiempo que polariza sus dos enfoques de la situación. Si se sorprende a sí mismo pensando acerca de ello de una manera, lleve esa opinión hasta un extremo casi absurdo, y luego considere lo que sería lo opuesto.
Continúe reflexionando de la misma manera, hasta que haya empujado ambas mitades tan lejos de usted como crea posible. Imagine que sostiene una en cada manos, equilibrando su verdad y realidad en sus manos. ¿Puede ver la verdad
que encierra cada una de las mitades?
Tome una semilla de verdad de cada una y colóquelas frente a usted. Permita que signa ahí durante unos minutos.
¿Puede hallar una manera de avanzar que evite ambos extremos y que no obstante contenga la semilla de verdad que existe en cada una de ellas? Continúe sosteniéndolas por separado mientras avanza por el sendero que serpentea en equilibrio entre ellas.
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Observe su reacción o respuestas frente a situaciones difíciles durante unos cuantos días. Antes de responder o de actuar en una de esas situaciones, deténgase a considerar su opuesto como otra forma válida de respuesta. ¿Puede utilizar el opuesto para templar su enfoque habitual? ¿Existe un camino intermedio que pueda utilizar para considerar el problema?
Realizar la exploración sólo si te sientes cómodo haciéndola. Recomendación del propio autor.
(Extraído del libro "El camino del Zen para vencer la depresión". Autor Philip Martin)
miércoles, 2 de marzo de 2011
lunes, 28 de febrero de 2011
Al caer la noche
viernes, 25 de febrero de 2011
El alma se revela cuando...
- Te sientes centrado.
- Tu mente es clara.
- Tienes la sensación de que el tiempo se ha detenido.
- Te sientes repentinamente liberado de los límites.
- Te encuentras muy consciente de ti mismo.
- Sientes que te has fusionado con otra persona, ya sea por el amor o en comunión silenciosa.
- Te sientes inmune al envejecimiento y al cambio.
- Te sientes dichoso o en éxtasis.
- Tienes una intuición instantánea que resulta ser cierta.
- De alguna manera sabes lo que va a ocurrir.
- Sientes la verdad.
- Te sientes muy amado o completamente seguro.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Zen y depresión. Detenerse a escuchar

"Cuando hay que escuchar un sonido extraño, ¿verdad que de forma natural dejamos de hacer ruido? No se puede escuchar con atención mientras se habla, piensa o nos movemos sin poner atención. La necesidad de escuchar con atención crea su propia quietud. Cuando nos damos cuenta de lo poco atentos que estamos y empezamos a preguntarnos acerca de lo que sucede dentro y fuera, ¿verdad que hay que mirar y escuchar en silencio?"
Toni Packer
El agujero gris que es la depresión puede resultar aterrador y desorientador. Tanto si ya se ha estado allí otras veces como si es la primera, siempre es diferente. A veces da la impresión de que se está en un desierto frío, carente de vida y solitario. En otras ocasiones puede parecer un bosque oscuro y lleno de maleza, repleto de animales terribles que acechas en las sombras, fuera de la vista. O bien se puede tener la impresión de hallarse en el fondo del océano; el agua nos mantiene cautivos, la presión es insoportable, y no se puede respirar,. Sea cual fuere el lugar o terreno, uno siente que no hay salido. Se está perdido sin remedio.
Cuando estamos perdidos, asustados o enfrentados a algo nuevo y desconocido, nuestro primer impulso suele se correr o luchar. Esto es resultado de años de evolución. Aunque en ocasiones, dependiendo del momento, se requiere de una de dichas respuestas, en otras, huir de nuestra condición o luchar contra ella sólo aumenta nuestro dolor y nuestra sensación de estar atrapados. El ir a ciegas, llenos de miedo y pánico no hace sino aumentar nuestra sensación de estar perdidos. En la depresión solemos correr hasta que nos traga la oscuridad en que se ha convertido nuestra vida. Algo que puede ser crucial para nuestra curación es, en primer lugar, no hacer nada.
Esta práctica puede resultar difícil, porque parece ir en contra todo lo que creemos. Y no obstante, no hacer nada –sentarse y cerrar la bo boca", como diría Katagiri Roshi– es la práctica esencial del budismo. En realidad ésa fue la experiencia del mismo Buda. Se sentó bajo el badhitaru y prometió no moverse hasta que hubiese resuelto la pregunta que se había hecho durante muchos años.
Esta decisión suele se considerada como algo heroico, y cuando una persona observa de esa manera una situación hasta el final, puede serlo. El Buda ya había probado todo lo que era posible probar en su tiempo. Había pasado por los extremos de los placeres sensuales, la autonegación y la automortificación. Ninguno de esos caminos le reportó la compresión que ansiaba. Y por ello decidió detener su búsqueda y sentarse.
En su decisión había un auténtico elemento de desesperación, de hallarse contra la pared. Quería descubrir lo que en realidad era la vida humana. En lugar de estudiar diversas filosofías y tratar de hacer que encajasen son las circunstancias que hallaba en su vida, realizó un estudio por sí mismo. Prometió enfrentarse a sí mismo y a su vida sin temor y llevar a cabo dicha investigación hasta el fin, le llevase donde le llevase (eso es lo que en principio nos ha conducido a muchos de nosotros al camino espiritual, una combinación de desesperación y curiosidad).
En la depresión nos encontramos a menudo frente a una pared. En realidad, nada describe mejor lo que es la depresión como la sensación de no tener ningún lugar al que regresar, nada que tengamos que hacer. Y no obstante, estar en un sitio así resulta increíblemente maduro, repleto de posibilidades. Cuando lo hemos hecho todo, cuando nada de lo que sabemos o creemos parece encajar, entonces existe por fin la oportunidad de poder ver las cosas de nuevo, de mirar de forma diferente a lo que se ha convertido en rancio y familiar para nosotros. A veces, cuando nos hallamos frente a una pared, lo mejor que podemos hacer es sentarnos y permanecer tranquilos.
Cuando nos perdemos en el bosque, podemos detenernos, contemplar nuestra situación y mirar dónde nos hallamos. Y cuando estamos en medio de la depresión, podemos detenernos y mirar dónde nos hallamos y cómo hemos llegado hasta allí. Podemos mirarnos serenamente y sin miedo a nosotros, nuestra vida y nuestro dolor, sin albergar ningún pensamiento sobre cómo remediarlo.
Los budistas zen desarrollan un método para trabajar con el corazón y la mente durante la meditación utilizando lo que llaman koans. Los koans suelen ser descritos como herramientas destinadas a detener nuestro pensamiento de manera que podamos experimentar algo más profundo en nuestro interior. La palabra koan proviene de un término chino que hace referencia a un anuncio público o mensaje real. Los koans nos proporcionan una oportunidad para paladear nuestra mente cotidiana, así como un vislumbre de lo que es la mente iluminada.
La depresión también nos llega como un mensaje real. El detenernos y escuchar la depresión, podemos oír el mensaje que nos trae. El escrito más conocido del maestro zen Dogen es el Genjokoan, o "Koan de la vida cotidiana". Dogen sintió que las preguntas más importantes de la vida –¿Por qué nacemos? ¿Por qué debemos sufrir y morir? ¿Quienes somos? ¿Cómo deberemos vivir en este momento?– proporcionan todo lo que necesitamos para ayudarnos a encontrar la libertad que buscamos.
La drepresión hace más patentes todas esas preguntas, que, junto con el intenso sabor del dolor y sufrimiento que las acompañan, son las semillas de nuestra libertad.
Aunque enfrentar la depresión suele ser doloroso y amenazador, podemos hacerlo. Podemos mantenernos en pie y no echar a correr. Incluso podemos permitir que entre y dejarnos enseñar qué es lo que tiene que decirnos.
El Buda buscaba la base fundamental de su vida, se enfrentó a ella con sinceridad y le puso nombre. Nosotros podemos hacer lo mismo con nuestra depresión. Hacerlo no significa rendirse a ella, sino más bien dar el primer paso para curar nuestro dolor y sufrimiento.
La depresión no es sólo un paso más a lo largo de un flujo continuo de aflicción y tristeza. Cualquiera que la haya experimentado sabe que es cualitativamente diferente de nuestra conciencia cotidiana. La depresión nos aporta intensos sentimientos de desesperanza, una sensación de inutilidad y una insistente conciencia de la muerte. Pero antes de buscar soluciones debemos echar un vistazo a esas sensaciones. Enfrentarnos a la depresión os permite mirar más de cerca, quizá por primera vez, los problemas y sentimientos más profundos de nuestra vida.
Contamos con una elección fundamental. Podemos echar a correr, alejándonos de esos sentimientos, lo cual sólo conseguirá hacerlos más intensos. Podemos tratar de encajarlos en un sistema de creencias, tanto propio como ajeno. Podemos considerar la depresión en términos morales y creer que es un símbolo de debilidad. Podemos verla en términos médicos y buscar tratamiento con un especialista. Podemos creer que es algo psicológico y rebuscar en nuestro pasado en busca de respuestas.
O bien, antes de echar mano de cualquier concepto o explicación, podemos hacer como hizo el Buda y mirar las cosas tal como son. Podemos mirar compasivamente lo que nos sucede en la depresión. Podemos examinarnos a nosotros mismos sin echar a correr, sin luchar, sin prejuicios, antes de pensar en soluciones.
Exploración complementaria
Busque un lugar tranquilo, siéntese con las piernas cruzadas sobre un cojín, o bien en una silla de respaldo recto. Repose ambas manso sobre el regazo y permita que su mirada recaiga sobre un lugar en el suelo situado a entre 1 m y 1,5 m por delante de usted. Siéntese derecho, con la columna vertebral cómodamente asentada en las caderas, y meta la barbilla un poco hacia dentro. a continuación permita que su atención se traslade de la cabeza, a través del cuello, hombros y pecho, para asentarse en el vientre. Sienta hincharse y deshincharse el vientre según inspira y espira. Si lo desea, puede pensar "inspirar" y "espirar" al respirar.
Sea consciente del espacio que le rodea. Sienta que es su espacio, su terreno, su hogar. Sienta que es como una piedra que se hunde en el fondo de un río, donde las olas y las corrientes no pueden alcanzarle. Imagínese a sí mismo sentado en un trono, o en la cima de una montaña, en cualquier lugar que le parezca cargado de poder. Dígase a si mismo tres veces: "Aquí es donde mantengo una postura fuerte". Ahí se siente inamovible. En ese lugar se siente seguro y a salvo. Todos los miedos, toda la aflicción, todo el dolor del mundo pueden manifestarse y llegar e inundarle, pero sin arrastrarle.
A continuación regrese a la respiración, siguiéndola al inspirar y respirar, mientras su vientre se eleva y desciende. La respiración es el ancla que siempre está ahí, lo que le mantiene firme en ese lugar. Hágase consciente de que ese lugar donde se sienta es inmenso y que se extiende en todas direcciones. Es lo suficientemente grande para contener cualquier cosa que quiera incluir. Acoja sus sensaciones de miedo, su dolor y su depresión en ese lugar. Dígale la depresión que no necesita sentirse excluida de ese lugar, que en ese lugar recibirá compresión y compasión. Invite a ese lugar a cualquier divinidad, o energía, que desee. Sobre todo a aquellos que le proporcionen fortaleza,pero también, si quiere, a aquellas que pudieron asustarle. Regrese de nuevo a la respiración, y sienta la inmensidad del lugar interior en el que se sienta como una montaña.
Cuando se sienta listo para regresar, recuerde a todos aquellos a quienes ha invitado que regresen de nuevo cuando usted lo haga. Recuérdese a usted mismo que este lugar está aquí para usted, para que vuelva a él siempre que lo desee. Siéntese, disfrutando del lugar que ha creado. Permita que su atención suba a través del pecho, hombros y cuello, y abra lentamente los ojos.
Realiza la exploración sólo si te sientes cómodo haciéndolo. (Recomendación del propio autor)
(Texto extraído del libro "El camino de Zen para vencer la depresión". Autor Philip Martin)
martes, 22 de febrero de 2011
lunes, 21 de febrero de 2011
Diseño

viernes, 18 de febrero de 2011
Cobijado
jueves, 17 de febrero de 2011
Tao Te Ching XLVIII
miércoles, 16 de febrero de 2011
Que tus palabras están llenas de amor

martes, 15 de febrero de 2011
Pensar que otro actúa "como si..."

lunes, 14 de febrero de 2011
Tienes razón

viernes, 11 de febrero de 2011
Espíritu turbado

jueves, 10 de febrero de 2011
miércoles, 9 de febrero de 2011
martes, 8 de febrero de 2011
Falsos tránsitos

lunes, 7 de febrero de 2011
El león sediento que venció su miedo

viernes, 4 de febrero de 2011
Flexibilidad
miércoles, 2 de febrero de 2011
El gato del guru

Cuando, cada tarde, se sentaba el guru
para las prácticas del culto, siempre
andaba por allí el gato del ashram
distrayendo a los fieles. De manera
que ordenó el gurú que ataran al gato
durante el culto de la tarde.
Mucho después de haber muerto e guru,
seguían atando al gato durante el
referido culto. Y cuando el gato murió.
llevaron otro gato al ashram para poder
atarlo durante el culto vespertino.
Siglos más tarde los discípulos del
guru escribieron doctos tratados
acerca del importante papel que
desempeñaba el gato en la realización
de un culto como es debido.
Anthony de Mello











