miércoles, 8 de septiembre de 2010

El amor y su desintegración en la sociedad occidental contemporánea (IV)


El amor no es el resultado de la satisfacción sexual adecuada; por el contrario, la felicidad sexual –y el conocimiento de la llamada técnica sexual– es el resultado del amor. Si aparte de la observación diaria fueran necesarias pruebas en apoyo de esa tesis, podrían encontrarse en el vasto material de los datos psicoanalíticos. El estudio de los problemas sexuales más frecuentes–frigidez en las mujeres y las formas más o menos serías de impotencia de los hombres–, demuestra que la causa no radica en una falta de conocimiento de la técnica adecuada, sino en las inhibiciones que impiden amar. El temor o el odio al otro sexo están en la raíz de las dificultades que impiden a una persona entregarse por completo, actuar espontáneamente, confiar en el compañero sexual, en lo inmediato y directo de la unión sexual. Si una persona sexualmente inhibida puede dejar de temer u odiar, y tornarse entonces capaz de amar, sus problemas sexuales están resueltos. Si no, ningún conocimiento sobre técnicas sexuales le servirá de ayuda.
Pero si bien los datos de la terapia psicoanalítica señalan la falacia de la idea de que el conocimiento de la técnica sexual apropiada conduce a la felicidad sexual y al amor, la suposición subyacente de que el amor es el concomitante de la mutua satisfacción ssexual está determinada en alto grado por la teorías de Freud. Para Freud, el amor es básicamente un fenómeno sexual. "El hombre, al descubrir por experiencia que el amor sexual (genital) le proporciona su gratificación máxima, de modo que se convirtió en realidad de un prototipo de todo felicidad para él, debió, en consecuencia, haberse visto impelido a buscar su felicidad por el camino de las relaciones sexuales, a hacer de su erotismo genital el punto central de su vida". Para Freud, la experiencia del amor fraterno es un producto del amor sexual, pero en el cual el instinto sexual se transforma en un impulso con "finalidad inhibida". "Originariamente, el amor con una finalidad inhibida estaba sin duda lleno de amor sensual, y lo sigue estando aún en el inconsciente del hombre". En lo que atañe al sentimiento de fusión, de unidad ("sentimiento oceánico"), que constituye la esencia de la experiencia mística y la raíz de la más intensa sensación de unión con otra persona o con nuestros semejantes, Freud lo interpreta como un fenómeno patológico, como una regresión a un estado de temprano "narcisismo ilimitado".
Freud está sólo a un paso de afirmar que el amor es en sí mismo un fenómeno irracional. Para él no existe diferencia entre el amor irracional y el amor como una expresión de la personalidad madura. En un trabajo sobre el amor transferencial, señaló que éste no difiere esencialmente del fenómeno "normal" del amor. Enamorarse linda siempre con lo anormal, siempre se acompaña de ceguera a la realidad, compulsividad, y constituye una transferencia de los objetos amorosos de la infancia. El amor como fenómeno racional como máximo logro de madurez, no es para Freud, materia de investigación, puesto que no tiene existencia real.

martes, 7 de septiembre de 2010

El amor y su desintegración en la sociedad occidental contemporánea (III)


La situación en lo que atañe al amor corresponde, inevitablemente, al carácter social del hombre moderno. Los autómatas no pueden amar, pueden intercambiar su "bagaje de personalidad" y confiar en que la transición sea equitativa. Una de las expresiones más significativas del amor, y en especial del matrimonio con esa estructura enajenada, es la idea del "equipo". En innumerables artículos sobre el matrimonio feliz, el ideal descrito es el del equipo que funciona sin dificultades. Tal descripción no difiere demasiado de las idea de un empleado que trabaja demasiado sin inconvenientes; debe ser "razonablemente independiente", cooperativo, tolerante, y al mismo tiempo ambicioso y agresivo. Así, el consejero matrimonial nos dice que el marido debe "comprender" a su mujer y ayudarla. Debe comentar favorablemente su nuevo vestido, y un plato sabroso. Ella, a su vez, debe mostrarse comprensiva cuando él llega a su hogar fatigado y de mal humor, debe escuchar atentamente sus comentarios sobre sus problemas en el trabajo, no debe mostrarse enojada sin comprensiva cuando él olvida su cumpleaños. Ese tipo de relaciones no significa otra cosa que una relación bien aceitada entre dos personas que siguen siendo extrañas toda su vida. que nunca logran una "relación central", sino que se tratan con cortesía y se esfuerzan por hacer que el otro se sienta mejor.
En ese concepto del amor y el matrimonio, lo más importante es encontrar un refugio de la sensación de soledad que, de otro modo, sería intolerable. En el "amor" se encuentra, al fin, un remedio para la soledad. Se establece una alianza de dos contra el mundo, y se confunde ese egoísmo à deux con amor e intimidad.
La importancia que se otorga al espíritu de equipo, la tolerancia mutua, etc., es algo relativamente reciente. Lo precedió, en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, un concepto del amor en el que la mutua satisfacción sexual se suponía la base de las relaciones amorosas satisfactorias, y, especialmente, de un matrimonio feliz. Se creía que las causas de los frecuentes fracasos matrimoniales obedecían a que la pareja no había logrado una adecuada "adaptación sexual", lo cual se atribuía, a su vez, a la ignorancia respecto de la conducta sexual "correcta", y, por ende, a una teoría sexual defectuosa de una o las dos partes. Con el fin de "curar" esa inadaptación y de ayudar a parejas desgraciadas que no podían amarse mutuamente, se publicaron muchos libros que daban instrucciones y consejos referentes a la conducta sexual apropiada, y prometían implícita o explícitamente la felicidad y el amor como resultados. Se partía del principio de que el amor es el hijo del placer sexual, y que dos personas se amarán si aprenden a satisfacerse recíprocamente en el aspecto sexual. Correspondía a la ilusión general de la época suponer que el uso de las técnicas adecuadas es la solución no sólo de los problemas técnicos de la producción industrial, sino también de todos los problemas humanos. Se desconocía totalmente el hecho de que la verdad es precisamente lo contrario.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El amor y su desintegración en la sociedad occidental contemporánea (II)


Otro rasgo decisivo que resulta de esa concentración del capital, y característico del capitalismo moderno, es la forma específica de la organización del trabajo. Empresas sumamente centralizadas con una división radical del trabajo conducen a una organización donde el trabajador pierde su individualidad, en la que se convierte en un engranaje no indispensable de la máquina. El problema humano del capitalismo moderno puede formularse de la siguiente manera:
El capitalismo modernos necesita hombres que cooperen mansamente y en gran número; que quieran consumir cada vez más; y cuyos gustos estén estandarizados y puedan modificarse y anticiparse fácilmente. Necesita hombres que se sientan libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad, principio o condición moral –dispuestos, empero, a que los manejen, a hacer lo que se espera de ellos, a encajar sin dificultades en la maquinaria social–; a los que se pueda guiar sin recurrir a la fuerza, conducir, sin líderes, impulsar sin finalidad alguna –excepto la de cumplir, apresurase, funcionar, seguir adelante.
¿Cuál es el resultado? El hombre moderno está enajenado de sí mismo, de sus semejantes y de la naturaleza. Se ha transformado en un artículo, experimenta sus fuerzas vitales como una inversión que debe producirle el máximo de beneficios posible en las condiciones imperantes en el mercado. Las relaciones humanas son esencialmente las de autómatas enajenados, en las que cada uno basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir en el pensamiento, el sentimiento o la acción. Al mismo tiempo que todos tratan de estar tan cerca de los demás como sea posible, todos permanecen tremendamente solos, invadidos por el profundo sentimiento de inseguridad, de angustia y de culpa que surge siempre que es imposible superar la separatividad humana. Nuestra civilización ofrece muchos paliativos que ayudan a la gente a ignorar conscientemente esa soledad: en primer término, la estricta rutina del trabajo burocratizado y mecánico, que ayuda a la gente a no tomar conciencia de sus deseos humanos más fundamentales, del anhelo de trascendencia y unidad. En la medida en que la rutina sola no basta para lograr este fin, el hombre se sobrepone a su desesperación inconsciente por medio de la rutina de la diversión, la consumición pasiva de sonidos y visiones que ofrece la industria del entretenimiento; y, además, por medio de la satisfacción de comprar siempre cosas nuevas y cambiarlas inmediatamente por otras. El hombre moderno está actualmente muy cerca de la imagen que Huxley describe en Un mundo feliz: bien alimentado, bien vestido, sexualmente satisfecho, y no obstante sin yo, sin contacto alguno, salvo el más superficial, con sus semejantes, guiado por los lemas que Huxley formula tan sucintamente, tales como: "Cuando el individuo siente, la comunidad tambalea"; o: "Nunca dejes para mañana la diversión que puedas conseguir hoy"; o, como afirmación final: "Todo el mundo es feliz hoy en día". La felicidad del hombre moderno consiste en "divertirse". Divertirse significa la satisfacción de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas; todo se consume, se traga. El mundo es un enorme objeto de nuestro apetito, una gran manzana, una gran botella, un enorme pecho; todos succionamos, los eternamente expectantes, los esperanzados –y los eternamente desilusionados–. Nuestro carácter está equipado para intercambiar y recibir, para traficar y consumir; todo, tanto los objetos materiales, como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio de consumo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El amor y su desintegración en la sociedad occidental contemporánea (I)


Si el amor es una capacidad del carácter maduro, productivo, de ello se sigue que la capacidad de amar de un individuo perteneciente a cualquier cultura dada depende de la influencia que esa cultura ejerce sobre el carácter de la persona media. Al hablar del amor en la cultura occidental contemporánea, entendemos que se trata de preguntar si la estructura social de la civilización occidental y el espíritu que de ella resulta llevan al desarrollo del amor. Plantear tal interrogante es contestarlo negativamente. Ningún observador objetivo de nuestra vida occidental puede dudar de que el amor –fraterno, materno y erótico– es un fenómeno relativamente raro, y que en su lugar hay cierto número de formas de pseudoamor, que son, en realidad, otras tantas formas de la desintegración del amor.
La sociedad capitalista se basa en el principio de libertad política, por un lado, y del mercado como regulador de todas las relaciones económicas, y por tanto, sociales, por el otro. El mercado de productos determina las condiciones que rigen el intercambio de mercancías, y el mercado del trabajo regula la adquisición en artículos que se intercambian sin utilizar la fuerza y sin fraude en las condiciones del mercado. Los zapatos, por útiles y necesarios que sean, carecen de valor económico (valor de intercambio) si no hay demanda de ellos en el mercado; la energía y la habilidad humanas no tienen valor de intercambio si no existe demanda en las condiciones existentes en el mercado. El poseedor de capital puede comprar mano de obra y hacerla trabajar para la provechosa inversión de su capital. El poseedor de mano de obra debe venderla a las capitalistas según las condiciones existentes en el mercado, o pasará hambre. Tal estructura económica se refleja en una jerarquía de valores. El capital domina al trabajo; las cosas acumuladas, lo que está muerto, tiene más valor que el trabajo, los poderes humanos, lo que está vivo.
Tal ha sido la estructura básica del capitalismo desde sus comienzos. Y si bien caracteriza todavía al capitalismo moderno, se han modificado ciertos factores que dan al capitalismo contemporáneo sus cualidades específicas y ejercen una honda influencia sobre la estructura caractereológica del hombre moderno. Como resultado del desarrollo del capitalismo, presenciamos un proceso siempre creciente de centralización y concentración del capital. Las grandes empresas se expanden continuamente, mientras las pequeñas se asfixian. La posesión del capital invertido en tales empresas está cada vez más separada de la función de administrarlas. Cientos de miles de accionistas "poseen" la empresa; una burocracia administrativa bien pagada, pero que no posee la empresa, la maneja. Esa burocracia está menos interesada en obtener beneficios máximos que en la expansión de la empresa, y en su propio poder. La concentración creciente de capital y el surgimiento de una poderosa burocracia administrativa corren parejas con el desarrollo del movimiento del trabajo, el trabajador individual no tiene que comerciar por y para sí mismo en el mercado laboral; pertenece a grandes sindicatos, dirigidos también por una poderosa burocracia que lo representa ante los colosos industriales. La iniciativa ha pasado, para bien o para mal, del individuo a la burocracia, tanto en lo que respecta al capital como al trabajo. Un número cada vez mayor de individuos deja de ser independiente y comienza a depender de quienes dirigen los grandes imperios económicos.
(Texto extraído del libro "El arte de amar". Autor Erich Fromm)

sábado, 4 de septiembre de 2010

La confianza en uno mismo (XVI) y última. Conocerse. Enfermedades vinculadas a la falta de confianza en uno mismo. Alcoholismo


Para los individuos carentes de confianza y a disgusto consigo mismos e introvertidos, el alcohol puede desempeñar una función deshinibidora. La ingestión de alcohol en un estadio precoz alimenta la ilusión de quitarse los complejos y de liberarse de los problemas relacionales. Así se pude uno sentir seguro y lúcido interiormente, y parecer ingenioso, vivo, enérgico, entusiasta, inteligente, comunicativo y abierto. Este tipo de alcoholismo, con finalidad ansiolítica, aporta valor para enfrentarse al mundo exterior o subsana los fracasos. A menudo el sujeto bebe solo en casa antes de afrontar una situación difícil, después de haber sufrido una frustración, o incluso por la noche o los fines de semana para compensar la soledad; en ocasiones puede beber en el exterior para estimularse ante los demás.
En todos los casos, con el tiempo acaba viciándose. Efectivamente, es muy difícil controlar el consumo de alcohol. La dependencia se instala con la necesidad imperiosa de beber cantidades cada vez mayores para obtener los mismos resultados. La disminución del control desarrolla agresividad, intolerancia, amenazas; puede desembocar en actos violentos e impulsivos o lo que es aún peor: tener como resultado la pérdida de conciencia o el coma. Así vemos perfilase una indiferencia cada vez más marcada hacia otras fuentes de placer o de interés.
No resulta fácil ayudar a salid del alcoholismo; en particular, porque a menudo los alcohólicos niegan los síntomas o los trivializan.
"Bebo muy poco", confiesa una paciente de cincuenta y cinco años, hospitalizada tras un coma etílico y una caída por una escalera que la han obligado a estar dos días en el servicio de reanimación. Progresivamente, cuenta que bebe "de manera muy ocasional" desde hace diez años. En aquel momento su marido la abandonó por una mujer más joven y esta paciente se sentía vacía, abatida, como si hubiera perdido todos los puntos de referencia. Se puso a comer cualquier cosa y engordó quince kilos que perdió tras un severo régimen.
Poco tiempo después empezó a beber "para llenarme cuando estaba sola". Prosigue: "Me sube la moral y me da confianza; cuando bebo dejo de ser una nulidad". Añade: "Beber está mal; me da vergüenza hacerlo delante de mis hijos, así que bebo a escondidas". Pero lo que no dice es ue ha pegado a su hija, que no quería que condujese en estado de embriaguez, que en su casa lo rompe todo cuando bebe en exceso y que se ha roto la muñeca tras haber ingerido una mezcla de alcohol y tranquilizantes.

(Idem y última)

viernes, 3 de septiembre de 2010

La confianza en uno mismo (XV) Conocerse. Enfermedades vinculadas a la falta de confianza en uno mismo. Enfermedades psicosomáticas


La imposibilidad de expresar lo que uno siente y el estrés crónico pueden provocar enfermedades influidas por factores psicológicos, desde las migrañas y el asma hasta las afecciones cutáneas, úlceras gástrica o duodenal, colitis, dolores dorsales, taquicardias, etc. En general, los trastornos surgen cuando el psiquismo desbordado ya no consigue absorber las descargas de energía. En la vida cotidiana, sufrimos un determinado número de contratiempo en el ámbito familiar, profesional, amistoso, social. Cuando uno es vulnerable o está agotado, ya no logra movilizar los recursos físicos y hacer frente a la situación. En tal caso, asistimos a una especie de sustitución y el cuerpo se pone a su servicio; el sufrimiento se manifestará en un malestar físico, porque ya no hay otro modo de pensarlo.
En la actualidad, este proceso sigue encerrando un gran misterio, pero las investigaciones se están orientando hacia los intercambios entre los sistemas nervioso o inmunológico. De modo esquemático, cuando estos sistemas están bien regulados y se comunican con eficacia, permiten luchar contra las enfermedades. Pero si se alteran, los mecanismos de defensas inmunológicos se debilitan o saltan, y la enfermedad se desarrolla.
Una paciente se queja de crisis asmática, cada vez más intensas y frecuentes. Últimamente han tenido que hospitalizarla de urgencia a consecuencia de una crisis especialmente larga y brutal. Creyó que se moría de tan intensa como era la sensación de ahogo que la oprimía. No puede entender que el tratamiento no funcione tan bien como al principio de los trastornos y hace responsable a la contaminación; incluso está pensando en irse a vivir al campo.
Es una mujer dulce, más bien apagada y tímida, que parece encajarlo todo sin pestañear. Está apegada a sus padres, quienes le reprochan sin cesar que no vaya a verles lo bastante a menudo. "Con todo, hago lo que puedo, pero cada vez que voy a visitarles es un fracaso; me critican sin parar y no sé responder." Y sus crisis de asma sobrevienen cada vez más penosas e interminables. Sin embargo, esta paciente niega que exista un vínculo entre lo que soporta sin decir palabra y lo que siente en su enfermedad.

jueves, 2 de septiembre de 2010

La confianza en uno mismo (XIV) Conocerse. Enfermedades vinculadas a la falta de confianza en uno mismo. Psicastenia


La duda y la indecisión que impregnan todas las elecciones pueden sistematizarse. Este trastorno se caracteriza por dificultades para asimilar una situación de manera sintética, incapacidad para decidir y adoptar soluciones concretas, incompetencia para actuar. Esta abulia se acompaña de una propensión a la cavilación y la introspección. El repliegue en el pensamiento se manifiesta en incertidumbre, una preocupación exagerada por la exactitud y una meticulosidad ansiosa.
La vida relacional es pobre; las relaciones están inhibidas y carecen de espontaneidad. La angustia, la astenia psíquica y la duda invaden la vida afectiva. La excesiva disposición a los escrúpulos y el sentimiento de culpa suscitan crisis de conciencia moral y culpabilidad.
Una paciente nos cuenta que, tras la muerte de su marido en un accidente fue perdiendo pie poco a poco. Al principio se sintió muy deprimida, lo que parecía natural. Pero de manera progresiva fue presenciando, impotente, la aparición de lo que ella denomina sus "manías". En tanto que inspectora de Haciendo, debía redactar numerosos informes. Nunca había confiado en sí mismo y temía cometer errores; dudaba en utilizar un término u otro y le preocupaba emitir un juicio definitivo sobre los contribuyentes que supervisaba. Pero sus dudas nunca le habían perjudicado seriamente en el trabajo. Eso ya no era así: siempre le preocupaba la idea de que se le pudiera escapar una falta en el texto sin darse cuenta y debía releerlo sistemáticamente en voz alta con la ayuda de una grabadora. Se llevaba el casete grabado y el informe escrito a casa, lo que implicaba una doble fuente de verificación. Estos incesantes controles le ocupaban cada vez más tiempo, aunque no por ello erradicaban su ansiedad ni sus escrúpulos; ya no podía salir con los amigos ni recibir la visita de sus hijos, tardaba meses en entregar un informe y se encontraba en un estado de fatiga intensa.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La confianza en uno mismo (XIII) Conocerse. Enfermedades vinculadas a la falta de confianza en uno mismo. Fobia social y distimia


Fobia social
El malestar ante los demás se puede transformar en fobia social. Este trastorno se distingue de la ansiedad generalizada en que existe un factor desencadenante –una situación social concreta– y tiene un carácter relativamente limitado. En efecto, esta afección se manifiesta fundamentalmente en circunstancias determinadas mediante un miedo intenso a estar expuesto a las miradas ajenas y comportarse de manera vergonzante o ridícula. La ansiedad sobreviene exclusivamente en estas situaciones fobógenas o antes de hacerles frente.
El temor a hablar, a decir estupideces, a no ser capaz de responder, a temblar, a ruborizarse en público (incluso ante un grupo reducido), a atragantarse comiendo delante de alguien, producen una reacción ansiosa inmediata y brutal. Un sentimiento de pánico invade al sujeto, con sudores, sensación de estrangulamiento, taquicardias, dificultades respiratorias, temblores... Se siente debilitado y pierde recursos. Posteriormente tenderá a evitar este tipo de situaciones de riesgo: prefiere huir o sustraerse de ellas, lo que acaba comprometiendo su vida profesional o social y poniendo trabas a sus relaciones de amistad.
Durante una primera conversación, un paciente nos cuenta que en la oficina (es programador) se pasa el tiempo intentando eludir la comida en el restaurante de la empresa. Por encima de todo, teme encontrarse cara a cara con sus compañeros. "No sé qué decir, me da miedo ponerme a temblar, tirar al plato; creo que todo el mundo me está mirando y se burla de mí". Cuando los trastornos estaban en sus inicios, se las apañaba para llegar tarde y sentarse en un rincón aislado; comía muy rápido sin mirar a nadie. Pero el malestar ha ido empeorando progresivamente y este método no ha resultado eficaz.
Desde entonces se ve obligado a inventarse todo tipo de excusas para zafarse a la hora de comer: atiende el teléfono, tiene una cita, ha de ir al servicio, hacer la compra, etc. Se come el bocadillo a escondidas o no come. Últimamente ha advertido que este miedo a comer en público se ha desarrollado; ya no puede soportar las comidas al aire libre ni invitar a sus amigos a cenar a casa.

Distimia
Esta afección se manifiesta en alteraciones del humor, cuya tonalidad depresiva ocupa el primer plano. Si bien el síndrome depresivo posee una intensidad relativamente moderada, se trata de un trastorno duradero que puede persistir largo tiempo. La mayoría de las veces, el sujeto distímico se encuentra cansado, le falta dinamismo, se subestima y evalúa el futuro de modo negativo; presenta trastornos alimentarios (pérdida de apetito o ataques violentos de hambre), alteraciones del sueño (insomnio o hipersomnio), de la atención y de la memoria. Aunque el distímico es capaz de responder a las exigencias de la vida cotidiana y profesional, no sucede lo mismo en el ámbito relacional. Las relaciones pueden volverse difíciles por su falta de entusiasmo y perspectivas.
Una paciente se queja de ser una carga para sus allegados. Hace dos años se sometió a una histerectomía porque sufría un cáncer de útero. Desde aquel momento tiene la impresión de haber dejado de ser ella misma, de no ser ya deseable, de haber perdido su feminidad. Recuerda mil veces la operación, que concibe como una mutilación. No tiene ganas de nada, experimenta poco placer, con frecuencia siente que los acontecimientos la superan, que no está a la altura, se pone nerviosa por nimiedades; se sorprende algunos días sin vestirse ni maquillarse. En una frase dice: "Ya no sirvo para nada, sólo para hacer la limpieza, la compra, la comida y gracias. ¿Cómo quiere que mi familia no sufra?".

martes, 31 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (XII) Conocerse. Enfermedades vinculadas a la falta de confianza en uno mismo. La ansiedad generalizada


Las dificultades que acabamos de comentar pueden cristalizar, sobre todo a causa de repetidos contratiempos, y llegar a provocar parálisis. Los sujetos más sólidos son susceptibles de desanimarse y resquebrajarse momentáneamente cuando se enfrentan a situaciones traumáticas (paro, divorcio, luto, enfermedad grave). ¿Qué decir de los individuos que carecen de confianza en sí mismos? La mayoría de las veces se derrumban, incapaces de soportar un acontecimiento que, una vez más, pone en tela de juicio una imagen debilitada.
Pasamos entonces de una simple desventaja a una enfermedad, que puede ser sólo un episodio doloroso, pero también hacerse crónica.

La ansiedad generalizada

Este trastorno, frecuente en los dos sexos por igual, se caracteriza por la presencia constante de temores y preocupaciones injustificadas o exageradas. La ansiedad es difusa, fluctuante y se anticipa a los peligros. La aprensión por una amenaza permanente involucra tanto a los allegados como a uno mismo. El sujeto se inquieta y espera enfrentarse a pruebas diversas (enfermedades, accidentes, problemas sentimentales, profesionales o económicos). Sin ninguna razón aceptable, se preocupa por una desgracia que podría sobrevenir a uno de sus hijos o por una catástrofe que podría afectar a su empresa, o incluso por un conflicto que podría destruir su matrimonio.
Este problema se acompaña de una miríada de síntomas:

–Una desorganización del sistema neurovegetativo que produce sensaciones de opresión (respiración entrecortada, ahogo, nudo en la garganta), malestar (mareos), palpitaciones cardíacas, problemas abdominales, náuseas, diarreas), sudores fríos, etc.
–Alteraciones motrices que se manifiestan en una tensión muscular intensa con temblores, escalofríos, y provocan contracciones y dolores musculares.
–Trastornos del sueño, de la concentración, de la memoria, gran fatigabilidad, un sentimiento constante de nerviosismo, irritabilidad.

Tras su nombramiento como director de la agencia, un paciente nos cuenta que tiembla continuamente. Siempre tiene miedo de lo que pueda ocurrir. Hace uso y abuso de expresiones como "Me preocupo en exceso". "Tengo el miedo en el cuerpo". "Tengo un nudo en el estómago", para describir lo que siente casi de modo cotidiano. "Estoy en tensión de la mañana a la noche. Cuando me levanto pienso en todo lo que podría salir mal en el trabajo, tengo miedo de llegar tarde a las citas, de perder clientes.. Si oigo toser a mis hijos, pienso que han cogido una neumonía y telefoneo veinte veces para tranquilizarme. Si mi mujer me dice adiós con un tono cansino, temo que ya no me quiera. Si la moto no se enciende a los tres segundos, estoy seguro de que se va a averiar. Si mi secretaria no está en su puesto cuando llego el despacho, estoy convencido de que ha perdido un informe importante, etc."

lunes, 30 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (XI) Conocerse. Restricción del modo de vida y renuncia a uno mismo


Le da miedo decir cosas fuera de lugar y estúpidas o no ser capaz de contestar a una pregunta. Por consiguiente, evita las actividades sociales, profesionales o amistosas que impliquen contactos importantes con los demás.
Irene ha sido escogida para un puesto administrativo en la embajada francesa en Berlín. Habla alemán normalmente y tiene la suerte de contar con una amiga en la delegación. Pero cuando ésta le propone organizar una velada para presentarla al resto de los miembros de la embajada, Irene encuentra mil pretextos para escabullirse: "Es demasiado pronto, acabo de llegar, tengo trabajo por la noche, mi vestuario no es lo bastante elegante, estoy mal peinada". Así, no conoce a nadie.
Usted tiende a encerrarse en una reserva prudente y a vivir en un mundo de imaginación, del que obtiene algunas satisfacciones. Por eso es más bien solitario, recogido en sí mismo. Cuando Aurelie entra en casa por la noche, descuelga el teléfono. Lee novelas románticas, se identifica apasionadamente con los protagonistas y se aísla del mundo. Esta huida de los demás no está hecha para mejorar la comunicación, que cada vez le cuesta más trabajo y le resulta más penosa.
En compensación, se pasa el tiempo buscando la aprobación de sus escasos amigos o de su familia, o buscando reconocimiento por su gesto, su acto más nimio. Ante todo, desea que le avalen y le aseguren que se está comportando correctamente. Anhelar que le quieran de esta manera le coloca en una situación de dependencia. Acaba pareciéndose al propietario de un automóvil que deja siempre el volante a otro: usted es el eterno pasajero.
Se esfuerza por ser amable, educado, mostrarse agradable, allanar las dificultades, no causar molestias. "¿Qué opina?" parece ser su frase preferida. Evita confrontar sus verdaderos sentimientos con los demás, elude todo conflicto, todo altercado. Su voluntad está atenta para saber qué quiere el otro y esto en perjuicio de sus propias necesidades. De este modo, ya no sabe muy bien lo que quiere. Se trata de gustar a cualquier precio.
René, traductor en una editorial, trabaja diez horas al día, se afana por sustituir a Laurent, por traer el correo, los informes, enviar los faxes, hacer fotocopias, echar monedas al parquímetro.
Para disipar sus dudas, se somete a la voluntad de los demás, depende de su aceptación. "No puedo apañármelas solo, no tengo la suficiente confianza en mí mismo como para ser eficiente." Se muestra pasivo, influenciable, acepta todo de los demás, sin exigir nada a cambio. Les deja decidir por usted y nunca toma iniciativas ni decisiones. Para sentirse confortable, es dócil, deferente, correcto, disciplinado, dulce, humilde, pero también resignado, humillado, subordinado, oprimido.
Desempeña un papel conforme a los que piensa que los demás esperan de usted, disimula la falta de seguridad detrás de una apariencia sonriente o de neutralidad benévola. A pesar de todo, sigue existiendo un desacuerdo entre lo que deja ver y lo que siente; una vez más, sufre.
Antes de abordar las técnicas que le proporcionarán medios para cambiar vamos a interesarnos por las enfermedades vinculadas a la falta de confianza en uno mismo.

domingo, 29 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (X) Conocerse. El sentimiento de rechazo


Surge por la certeza de que nada le suscita admiración ni le despierta afecto y traduce el miedo a ser juzgado por los demás. Cuando no alimentamos ilusiones sobre nosotros mismos, tampoco alimentamos ilusiones sobre los sentimientos de los demás hacia nosotros. Se juzga poco susceptible de ser querido, está seguro de que los demás piensan igual que usted. Por lo tanto, tiene tendencia a sentirse criticado o rechazado con facilidad. Se siente herido por cualquier nimiedad. Desarrolla una extrema sensibilidad hacia la menor observación, porque contribuye a reforzar todos sus aspectos que considera negativos. Marianne se siente fea y vulgar cuando su hermana le indica, amablemente, que tiene restos de carmín en la mejilla.
Únicamente conserva los mensajes que confirman la mala opinión que tiene de si mismo. Cuando Richard propone a Martine ir a comprar al supermercado solo, para que ella pueda descansar porque parece cansada, Martine piensa inmediatamente que su marido la de descubierto y la critica. Y es que sabe desde siempre que no tiene energía alguna y que el mínimo esfuerzo la agota, que no tiene voluntad ni ánimo; en definitiva, que es una blandengue. Y con el paso del tiempo irá acumulando mensajes de este tipo, otras tantas pruebas de su escaso valor.
El juicio de los demás es una espada de Damocles sobre su cabeza. Siempre piensa: "¿De qué sirve discutir, si estoy seguro de que los demás me toman por un imbécil?". De esta manera se adapta a la opinión general y renuncia a expresar sus ideas. La hermana de Henri acaba de casarse con un catedrático de historia. Aunque le apasiona la historia, Henri no se atreve a preguntar a su cuñado en las reuniones familiares por miedo a quedar como un ignorante.
No quita ojo a las reacciones de los demás, se mantiene siempre en guardia. Si llega tarde al restaurante y sus amigos están callados, está seguro de que estaban burlándose de usted, ya que nunca consigue nada. Esta vigilancia comporta dificultades para trabar las relaciones, a menos que tenga la certeza de ser aceptado sin crítica. Marcel sólo coge el tren con Lionel, que es un buen tipo, sin pizca de malicia. Marcel piensa que los demás, "los buenos", no querrán acompañarlo, pero sobre todo se siente seguro con Lionel, porque es tímido y no habla mucho.
En la mayoría de las ocasiones, usted mismo se excluye. Cuando Esther tuvo el primer hijo, nunca se atrevió a pedir consejo alguno a sus amigas. "Enseguida verán que soy una mala madre, que no sé ocuparme de mi hija".
Su excesiva sensibilidad roza la susceptibilidad, pero usted nunca muestra lo que siente por miedo a parecer ridículo. Así pues, desempeña un papel y sufre.

sábado, 28 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (IX) Conocerse. El sentimiento de ansiedad


La mayoría de las situaciones imprevistas a las que usted se enfrenta tienen un elemento común: la ansiedad que le suscitan. Efectivamente, implican una doble amenaza: por una parte, el peligro, las trampas que presiente; por otra parte, su incapacidad para controlarlas.
El jefe le confía un informe difícil, su madre le pide que se ocupe de su cartera de valores, la canguro de sus hijos está enferma, un compañero se ausenta y le deja todo el trabajo. En todos estos casos, usted se siente apurado, incluso angustiado. Sin embargo, su ansiedad aumenta en la medida en que sabe que no podrá afrontar la situación. Y cae en la letanía del "No sé que hacer", "Estoy desamparado", "Jamás lo conseguiré", "Esto me supera".
Hay que diferenciar con claridad el acontecimiento que desencadena la reacción de ansiedad (el estresante), que es exterior a usted mismo, de la propia ansiedad, que es la reacción del organismo y se produce en su interior. La ansiedad es una aprensión invasora, poco controlable ante los acontecimientos concretos que, con frecuencia, le sobrevienen de improviso, ante los cuales hay que adaptarse y, en general, responder con rapidez. Si consideramos sólo la vertiente negativa de la ansiedad, sus repercusiones se manifiestan en varios niveles en constante interacción:

–en el cuerpo, malestar con taquicardia, sensación de ahogo, tensiones musculares, voz temblorosa, rubor, gestos más bruscos;
–en el comportamiento, desorganización con aparición de conductas de huida o de inercia;
–en el pensamiento, confusión con dificultades para agrupar las ideas, para razonar y concentrarse.

Como guinda, se siente irritable, debilitado, agotado en el ámbito emocional.
Su modo de percibir el estresante y, sobre todo, su modo de prever las soluciones aceptables, determinará la reacción ansiosa. De acuerdo con el psicólogo Lazarus, esta evaluación comporta dos fases: una primera evaluación (reacción de alarma), donde apreciará el carácter desagradable, inquietante o insoportable de la situación; una segunda evaluación (reacción de adaptación), donde juzgará su capacidad para hacerle frente y encontrar una solución. En general, estas evaluaciones sucesivas le permiten movilizar energía, lo que le ayuda a afrontar mejor la situación.
Estas dos fases están en estrecha dependencia. Cuanto menos sólida es su capacidad para hacer frente a la situación, más amenazador le parece el estresante, más aumenta la ansiedad y le perturba. Cuando uno carece de confianza en sí mismo, el umbral de tolerancia a la ansiedad es muy bajo; la evaluación de los hechos, desastrosa; la reacción, inadaptada. Estar convencido de que uno no va a llegar a nada en la vida, que va de fracaso en fracaso, no permite la consideración sana de la situación. No se siente capaz de controlar un acontecimiento que se le escapa, que percibe como un peligro y que refleja su incapacidad. Está preso del pánico, aterrado, abrumado y, en todos los casos, desestabilizado.
Chistophe debía comer con una clienta que no acudió a la cita. La estuvo esperando tres horas en un estado de ansiedad intensa, convencido de que le había dado plantón porque lo había encontrado estúpido en su encuentro precedente. Al día siguiente se entera de que el avión de su clienta se retrasó y que ella no pudo avisarle.
Desestabilizado por la intensidad de las reacciones ansiosas, usted incluso puede caer en una fase de agotamiento. Los esfuerzos a destiempo, la angustia, consumen una considerable energía y merman su resistencia; actúan sobre un motor mal ajustado que se estropea con facilidad. A fin de cuentas, hace suya la idea de que es más cómodo huir de las pruebas y evitar las responsabilidades en lugar de asumirlas.

viernes, 27 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (VIII) Conocerse. El sentimiento de vergüenza


Se avergüenza:

–de sus temores ante la realidad, la vida, el cambio, el fracaso, los conflictos, los demás, su juicio;
–de su físico: apagado, lastimoso, fracasado, mediocre, insignificante, corriente, execrable;
–de sus ideas: estúpidas, mediocres, penosas, banales, simples;
–de sus defectos: timidez, nerviosismo, susceptibilidad, disimulo, pereza, torpeza, indecisión, cólera contenida;
–de su emotividad, de ruborizarse, llorar, templar, sobresaltarse, estremecerse, balbucear;
–de su comportamiento: apagado, torpe, apurado, pusilánime, timorato, cobarde;
–de su vida miserable.

¡Incluso le da vergüenza tener vergüenza!

Alin no se perdona haber derramado algunas lágrimas en la boda de su hermano. Ariane se reprocha tener un nudo en el estómago antes de dar una conferencia. Coraline, una morena entrada en carnes, se avergüenza tanto de sus redondeces que no quiere ponerse en traje de baño ante los demás; se va a comprar, cocina, hace la limpieza: todos los pretextos valen para evitar la playa. Fred se considera deshonrado tras haber declarado a un amigo que se levantaba tarde los domingos por la mañana.
La vergüenza surge cuando se tiene la certeza de que uno está en las antípodas de su ideal: "Nunca seré ese ser perfecto que he soñado". Esto se aplica a todo lo que uno no ha realizado y no realizará jamás, a todo lo que uno no es ni llegará a ser jamás. Este sentimiento, instalado insidiosamente, se manifiesta a menudo en observaciones como: "No valgo nada, no soy respetable, siempre me decepciono". En definitiva, usted se reprocha no ser como es debido, no hacer lo que conviene y no conseguir hacerlo nunca.
Este constante sentimiento de falta se acompaña de una extrema severidad hacia usted mismo, una severidad que en ocasiones se acerca al desprecio. Las desviaciones o negligencias más nimias se transforman en fechorías inexcusables.
Lydia, propietaria de una tienda de ropa, hace caja como cada noche. Como cada noche, cuanta por segunda vez y advierte horrorizada que se ha equivocado en unas veinte pesetas. Aunque es la única que se ha percatado de este ligero error, se mortifica profundamente y se reprocha con vehemencia: "¡Realmente no sirves para nada, más valdría que hicieras otra cosa!".
No se permite tener derechos, únicamente obligaciones. Me encanta pintar, exclama Caroline, pero he dejado de hacerlo, como si no tuviera derecho a entretenerme con mis tubos de colores y mis pinceles. Siempre hay tantas otras cosas que hacer...: la compra, la limpieza, la plancha, las facturas.
Esta actitud intransigente no deja sitio a la felicidad. Convencido de no ser digno, se niega a disfrutar de la existencia y de sus grandes y pequeños momentos de felicidad.
Cuando su marido le regala un collar por su cumpleaños, Arielle enseguida piensa que esa joya debe de costar muy cara, que es demasiado para ella, que no la merece.
Christian ha ganado un viaje al Caribe. "Mientras estoy tomando el sol, hay tantos seres desgraciados que trabajan a destajo y yo, en cambio, acomodándome al sol...", se repite sin cesar. ¡Ni que decir tiene que sus vacaciones se echaron a perder!
La vergüenza se transforma rápidamente en culpabilidad con respecto a los demás. Se hace reproches: "No valgo para nada, me falta voluntad". Tiene remordimientos: "Me cuesta mucho asumir responsabilidades, no pueden contar conmigo". Es a la vez juez y acusado en un tribunal, sin abogado que le defienda.
Albert, director adjunto de una pequeña empresa, trabaja las veinticuatro horas al día cuando se encarga de un pedido. Explica que debe hacer más porque es lento, y por su culpa la empresa corre peligro de quiebra y de perder clientes; está convencido de que perjudica a su socio y debe enmendar sus errores.

jueves, 26 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (VII) Conocerse. El sentimiento de desánimo


Juzgarse negativamente implica abordar cualquier empresa personal como si estuviera destinada de antemano al fracaso. Frente a la acción, usted se muestra derrotista, razona en términos de fracaso potencial y no de triunfo probable. Es incapaz de examinar con atención las cosas, sopesar las ventajas y los inconvenientes. Para usted únicamente existen desventajas. Por lo tanto, toda realización, todo compromiso, se revelan como problemáticos. El cambio y la responsabilidad le dan miedo.
Este tendencia a exagerar las dificultades potenciales lleva aparejado un sentimiento constante de tensión e inseguridad. Si tiene un proyecto, se sume en la duda: "Lo hago, no lo hago, voy a por ello, no voy". Estos momentos de indecisión alimentan continuas cavilaciones sobre la evaluación de la situación y sus capacidades para afrontarla.
Sarah, animada por su monitor para que se presente a una prueba oficial de la escuela de esquí, echa a perder las vacaciones de Navidad repitiendo angustiada mil veces al día que todavía no está preparada, que el año próximo habrá mejorado, aunque quedará en ridículo si no se presenta a la prueba, porque todos sus amigos la superarán, etc.
Para completar el retrato, teme un fracaso a medias: "Un fracaso parcial es igual de grave que si fracaso por completo". ·"Asumir el menos riesgo es peligroso, me expongo al desastre". ¡Esto explica su tendencia a dejar para mañana lo que puede hacer hoy mismo!. O su tendencia a retroceder y renunciar en cuanto sucede el menor incidente.
Paola, veterinaria, enviaba a su ayudante para que la sustituyera cuando el perro que estaba tratando no se curaba de inmediato.
Si al final decide embarcarse, se sume en incesantes verificaciones, en la medida en que tiene la sensación de no controlar nada.
Sandra, secretaria médica en un servicio hospitalaria, debía organizar una conferencia de facultativos reputados. Se sentía completamente desbordada por este nuevo cometido: examinaba sin cesar la lista de nombres por miedo a olvidase alguno, escribía las frases que iba a pronunciar por teléfono, las aprendía de memoria. A medida que pasaba el tiempo, a pesar de sus esfuerzos, o más bien a cause de ellos, se sentía cada vez menos eficiente y cada vez más agotada.
En última instancia, muchas veces la desvalorización de uno mismo deja paso a una inhibición formulada en estos términos: es inútil hacer algo si no se hace bien. Conecta con la certeza de que no merece la pena emprender nada porque no se va a conseguir.
Thierry es redactor en una agencia de publicidad. Su jefe le propone crear una nueva agencia en Londres. A bote pronto, Thierry piensa confundido: "Nunca lo logrará, no hablo inglés lo bastante bien, no conozco a estos nuevos clientes, no sé si me apreciarán, soy demasiado diferente de los ingleses, corro el riesgo de no gustarles". Y rechaza el puesto.
En estas condiciones sus proyectos de futuro son casi inexistentes; no tiene ninguna ambición ni deseos de cambiar, sólo se resigna.
Al terminar los estudios, Catherine obtiene un puesto de ayudante contable en una pequeña empresa. Al principio encontraba el trabajo poco interesante, pero poco a poco su opinión va evolucionando: "No lo cambiaría por nada del mundo, me he habituado a mi puesto de trabajo, me siento segura". Está tranquila, sobre todo porque la jefa contable tiene un año más que ella: ¡así, Catherine no tiene ninguna oportunidad de promoción!

miércoles, 25 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (VI) Conocerse. El sentimiento de inferioridad


El sentimiento de inferioridad es la columna vertebral de la falta de confianza en uno mismo, la engendra y la alimenta. Alfred Alder, médico y psicólogo contemporáneo de Freud, escribe: "Desde hace mucho tiempo insisto en el hecho de que ser hombre es sentirse inferior". Adler asimila el sentimiento de inferioridad a un fenómeno psíquico natural que existe en todos nosotros, pero en diferentes proporciones. Lo compara con "el estado de inferioridad de los órganos". Ante los traumatismos de la existencia, el umbral de tolerancia del organismo varía en función de los individuos y sus zonas de debilidad, pero cuando se supera este umbral aparecen síntomas mórbidos. Dos sujetos expuestos a la contaminación atmosférica reaccionará de modo diferente: uno desarrolla una crisis asmática (debilidad pulmonar), el otro contrae conjuntivitis (debilidad ocular).
Igualmente, el sentimiento de inferioridad psicológica se manifiesta de modo diferente según los individuos, unas veces de manera temporal, otras de manera permanente. En este caso, cuando se hace excesivo, invade la conciencia, se establece en ella para siempre y bloquea la realización de los proyectos; paraliza la actividad esgrimiendo el pretexto de la ineficacia de cualquier empresa y condena a la inactividad y al fracaso. Así, de acuerdo con Adler, el sentimiento de inferioridad estaría en el núcleo de todas las neurosis y podría generar todo tipo de conductas patológicas. [...]
El sentimiento de inferioridad es un motor negativo que sitúa y alimenta la pobre opinión que uno tiene de sí mismo. Se pasa el tiempo dando vueltas a sus defectos, ampliándolos. Se considera poca cosa y poco interesante, sin talento, no está a la altura. Le obsesionan sus carencias y no deja de vilipendiarse con pequeñas frases "asesinas". "No sirvo para nada, nunca lo conseguiré, soy incapaz".
Las acciones más banales y cotidianas pasan por el tamiz de su supuesta mediocridad: "Otra vez me olvidé de comprar el pan. ¡Qué idiota!", "No he pasado por el mecánico. No hay duda, ¡soy un desastre!". Y como si no bastara con subrayar sus carencias, concentrarse en las imperfecciones, mirar con lupa sus defectos y rebajarse, también necesita menospreciar sus cualidades. Las críticas las examina a fondo, las denigra y las discute sin cesar.
Mathieu, que acaba de aprobar la selectividad, debe entregar una solicitud de admisión en un curso de verano. No consigue encontrar las palabras ni componer las frases que subrayen su valor. Se siente desprovisto de inteligencia, de dones, de capacidades. "Tengo la impresión de que ya no puedo ir más lejos, que mi vida se ha acabado, que voy a vegetar toda la existencia, que no me ajusto al perfil de ese puesto de interino."
Y si le decimos que ha aprobado selectividad a la primera, no deja de repetir que ni siquiera comprende cómo ha podido conseguirlo, que no entiende nada, que se trata del azar, de un golpe de suerte, que le han tocado preguntas fáciles, que los correctores han sido indulgentes; que si debiera examinarse de nuevo, suspendería porque no tiene buena memoria y posee una inteligencia mediocre. Es imposible conseguir que admita sus dotes: que es serio, trabajador y tenaz. No dará su brazo a torcer: es un fracasado y lo seguirá siendo.
Esta autocrítica permanente se acompaña de una supervaloración de los demás. Ellos son lo que usted no llegará a ser nunca: guapos, inteligentes, cultos. amables; tienen bazas que usted nunca poseerá: éxito, suerte, amigos, dinero, una situación privilegiada.
Marion comprueba con amargura cómo Alice, una compañera de despacho, es capaz de simultanear el trabajo y la vida familiar; siempre va impecablemente vestida, es fresca, seductora y competitiva. En cambio yo, suspira Marion, me siento desbordada por mis hijos, mi marido, mi jefe; no logro afrontarlo, soy incapaz de organizarme y acabaré pareciendo una fregona; de hecho soy una fregona.
De este modo, la comparación se vuelve en su contra y adquiere proporciones exageradas: "Es mejor que yo" de convierte en "Todos son mejores que yo". Jean-Luis tiene menos éxito con las mujeres que su amigo Guillaume y el hecho no le sorprende. Guillaume es mucho más guapo y más divertido que yo, se repite, y enseguida añade: "Además, todos mis amigos tiene más éxito que yo, todos los hombres tienen más éxito que yo". Es evidente que no resulta difícil encontrar a nuestro alrededor personas que triunfen más... si se busca bien y, sobre todo, si únicamente se busca eso.
Una última observación. En este retrato no nos olvidemos de los individuos con poca seguridad en sí mismos, que se convierten en tiranos odiosos con los débiles, los inferiores, y amables con los poderosos, presumidos y jactanciosos que se pavonean de títulos universitarios, amigos famosos y riquezas. Como señala Adler, este comportamiento esconde, de hecho, un sentimiento de inferioridad profundamente enmascarado. Estos individuos, para compensar sus carencias, su desazón interior, se convencen de su propio valor, de sus capacidades excepcionales y pueden parecer que confían en sí mismos. No obstante, no desean cambiar y nunca leerán este libro. Dejémosles con sus quimeras.

martes, 24 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (V) Conocerse. Conocerse para cambiar


Sumidos en dificultades que nos sobrepasan, carecemos de la energía necesaria para poner en marcha un proceso de cambio. Nos negamos a afrontar nuestra verdad personal y así intentamos eludir nuestras responsabilidades, sin encontrar la fuerza para escapar de los problemas, como esos alcohólicos que persisten en el vicio porque no quieren admitir el problema. La falta de comprensión hacia uno mismo, el rechazo a la reflexión, propician el inmovilismo y conducen a una callejón sin salida.
Conocerse bien para cambiar mejor: he aquí una de las claves para el éxito de esta empresa que, de lo contrario, corre el riesgo de fracasar por falta de lucidez. Si cada problema lleva aparejada su solución, muchas veces la respuesta se esconde en la pregunta. Pero hay que planteársela. Por lo tanto, lo importante es examinarse y descubrir los defectos que, cuando no los tomamos en consideración, nos arruinan la vida. Una nueva percepción de nuestras reacciones nos ayudará a construir la idea de una liberación personal y, pronto, a liberarnos.
Hacer balance permite sopesar las cosas, tomar distancia, establecer puntos de referencia que tracen un camino hacia lo más profundo de nosotros mismos. De este modo, tomar conciencia posibilita que nos sometamos a discusión, un enfoque nuevo hacia nosotros mismos y a corto plazo, podremos relativizar las dificultades con conocimiento de causa. Descubrir, conocer los límites de uno, ya significa ser capaz de superarlos.
Atrévase a afrontar los problemas: saldrá ganando.
Asimismo, hay que identificar los puntos débiles para superarlos mejor, para utilizarlos y aprovecharse de ellos. Debemos saber qué podemos mejorar y hasta dónde podemos ir. Camille, que se ruboriza por menos de nada, se percató de que este defecto podía tener su encanto. Tomó la delantera y cuando sentía el rubor exclamaba que "estaba ardiendo", con una amplia sonrisa. Pronto se fue ruborizando cada vez menos, y oyó que sus interlocutores declaraban que, de todas maneras, ese era encantador.
Este nueva mirada sobre uno mismo hostiga las zonas de sombra donde anidan sus dificultades. Se trata de un punto de partido necesario para comprender más tarde los mecanismos que regulan o alteran su conducta, su funcionamiento. Lo examinaremos más adelante.
Conocerse también significa descubrir sus posibilidades y explotarlas del mejor modo posible. Establecer contacto con sus recursos permite evolucionar. ¡Ya lo conseguirá!
La falta de confianza en uno mismo se produce por numerosos factores y es el resultado de su combinación, de su interacción. Vamos a explorar juntos los diferentes aspectos de la falta de confianza y trataremos de precisar sus características para esbozar un retrato donde cada uno podrá, si quiere, reconocerse. Esta guía de lectura se articula en torno a varios polos: los sentimientos de inferioridad, de desánimo, de vergüenza, de ansiedad, de rechazo, así como la limitación del modo de vida y la renuncia a uno mismo.

lunes, 23 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (IV) Conocerse. Retrato


La ambición de este libro se resume en una frase: para el combate contra sí mismo, proponerle armas que mejoren su confianza. Pero este objetivo implica proporcionarle antes claves para conocer mejor sus fallos, sus dificultades, sus puntos débiles, sus flaquezas, sus insuficiencias. Cuando preguntamos a las personas que carecen de confianza en sí mismos –y lo confiesan de buen grado–, resulta curioso comprobar que tiene ciertas dificultades para describirse. Todas harán hincapié en un aspecto particular: una hablará de su falta de seguridad, otra, de sus sonrojos intempestivos; una tercera, de su miedo al exterior, pero sin ir mucho más allá, sin desarrollar más el tema.
Es cierto que la falta de confianza en uno mismo puede expresarse de manera selectiva. A algunos les incomodarán sus manifestaciones físicas –transpiración excesiva, taquicardias–; a otros, sus problemas relacionales y, a otros, determinadas inhibiciones.
Aline insiste en las dificultades que tiene para tomar decisiones. Nunca sabe qué elegir y cuenta que estuvo esperando un año antes de someterse a un tratamiento en serio y que ha estado al borde de la septisemia. Cuando le preguntamos por sus relaciones con los demás, contesta Tras muchas conversaciones, Aline "descubre" que no todo va tan bien, que en realidad se siente explotada por unos y por otros; su marido la trata como a una esclava, sus amigos le piden prestado dinero que nunca le devuelven y su superior le da más trabajo a ella que a la otra secretaria.
Michel sólo habla de sus dificultades en el trabajo: siempre teme ruborizarse, empezar a temblar, a balbucear cuando el jefe se dirige a él. No admite que la autoridad le da pánico y piensa que el único obstáculo son estas reacciones psicológicas perturbadoras. Si desaparecen, todo irá bien.
En la mayoría de los casos, se resalta la manifestación más molesta, más visible, como si el hecho de taparse la cara y creer que el problema se reduce a un signo redujera o alejara el sufrimiento; correlativamente, como si el hecho de examinarse hiciera la situación aún más insoportable. Así pues, al final aceptamos convertirnos en lo que creemos ser y nos reconocemos en esta imagen incorrecta. Una conciencia de nosotros mismos limitada nos relega a un rol y restringe nuestras posibilidades de desarrollo.
Por eso vivimos en una prisión psicológica que nosotros mismos hemos construido, donde ponemos trabas a nuestra libertad de acción, víctimas de nuestras creencias y opiniones, que nos han condicionado a reaccionar como lo hemos hecho siempre. En cierto modo, esta actitud nos condena a vivir en una casa sin haberla visitado por completo y a tener miedo ante las puertas cerradas.

domingo, 22 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (III)


La confianza en uno mismo depende de un yo lo suficientemente sólido, a pesar de que es fluctuante y sensible al entorno, a las influencias más o menos perniciosas del medio; en determinados momentos los trastornos familiares, profesionales, afectivos, pueden debilitarla. Es indiscutible que determinadas condiciones del ambiente pueden contribuir a modificar la confianza en uno mismo.
Marlène, que carece de seguridad, se retrae por completo ante personas serias e irónicas; en cambio, en un ambiente cálido y relajado se tranquiliza y da lo mejor de sí misma.
La seguridad material y afectiva en un contexto de amistad, amor, reciprocidad y entendimiento preserva la confianza en uno mismo, mientras que el sectarismo, la injusticia, el egoísmo, la frialdad, la incertidumbre, son factores desfavorables capaces de mermar el capital de confianza o incluso destruirlo. Por lo general el entorno, con sus normas, sus costumbres, sus exigencias, sus constricciones, sus ambigüedades, ejerce presión sobre el individuo y facilita o dificulta, la vida y las relaciones. Así pues, el medio puede potenciar o menoscabar la confianza en uno mismo.
Esto significa que las personas que confían en si mismas también viven momentos de duda, ansiedad o depresión, en función de determinadas circunstancias desfavorables. Sin embargo, se controlan mejor y no se sienten desesperadas o agobiadas eternamente. Son capaces de resurgir con mayor rapidez. Para ellas, los efectos de un ambiente nocivo son limitados; no sucede igual para aquellos que poseen una confianza en sí mismos más frágil.
Esta confianza puede provenir de una pertenencia nacional o social, mediante la cual nos definimos en mayor o menor medida. Algunos países como Estados Unidos, que se asientan en el mito del self-made man, valoran la confianza en el individuo y el triunfo. Por el contrario, no resulta nada fácil la pertenencia a minorías mal consideradas, como los intocables en la India o los cíngaros en los Balcanes. A menudo estas personas acaban percibiéndose tal y como las juzgan los demás y perdiendo confianza.
Tomemos el ejemplo de las mujeres, que parecen tener menos confianza en sí mismas que los hombres. ¿Es fruto de la educación? ¿Es fruto de la sociedad? Sin duda, un poco de ambas.
De acuerdo con la psicoanalista Christiane Olivier, una madre no otorga la misma afectividad a un hijo que a una hija. El niño es querido sin condiciones por lo que es, por lo que tiene. La diferencia sexual basta para llenar a la madre. Una hija enseguida aprende que es incompleta y no es satisfactoria para su madre. No puede ser querida por lo que es. Únicamente podría serlo si se sometiera al deseo de la madre, a condición de ser perfecta, es decir, obediente, silenciosa, limpia, formal y dócil.
La sociedad tampoco parece contribuir al aumento de la confianza entre las mujeres. A pesar de las avances feministas, siguen existiendo numerosas desigualdades. "La maquinaria bien engrasada de las desigualdades entre hombres y mujeres", titula el periódico francés Le monde. Comienzan en la orientación escolar, las letras para las chicas, las ciencias y la industria para los chicos; por no hablar de los manuales escolares que minusvaloran a las mujeres, sus sueldos, por lo general menos elevados, sus dificultades para ser aceptadas en el mundo de la política y del trabajo (según una encuesta del Centre Nacionale de la Recherche Scientifique francés, no hay ninguna mujer entre los dirigentes de las doscientas empresas más importantes de Francia, Alemania y Gran Bretaña). Una "buena mujer" es un ama de casa, parece murmurar la sociedad.
Un último punto para prevenirles de los comportamientos que pueden estar relacionados con una excesiva confianza en uno mismo: el egoísmo, amor por uno mismo, pero falta de empatía, cerrazón e indiferencia hacia los demás; la suficiencia, lo que los griegos denominaban hibris o exceso de orgullo, desprecio por los demás; la ingenuidad, que nos hace confundir Roma con Santiago y nos sume en situaciones donde siempre acaban tomándonos el pelo.

sábado, 21 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (II)


Los diccionarios etimológicos repasan la evolución de este término, derivado del latín confidentia, que conserva cierta analogía con la esperanza. En el siglo XIX adquiere el matiz de seguridad, concretamente con la expresión "confianza en uno mismo".
En la actualidad, la definición de confianza en uno mismo no suscita unanimidad. Algunos insisten en su carácter innato y la asimilan a un rasgo de personalidad, un don del temperamento; otros insisten en su carácter adquirido y hacen de ella una buena respuesta aprendida a raíz de experiencias consumadas; otros la consideran una de las consecuencias de la fuerza del yo.
El debate entre lo innato y lo adquirido está lejos de concluir. La hipótesis de un umbral de vulnerabilidad, determinado por nuestro patrimonio genético y variable de un sujeto a otro, participa de las teorías actuales. Parece ser que los individuos que disfrutan de un umbral máximo soportan mejor las dificultades y no se sienten abrumados. En cambio, los que disponen de un umbral mínimo pierden confianza y claudican con más facilidad.
Por desgracia (o por suerte), esta predisposición no parece "mantenerse" toda la vida. En ciertos momentos de la existencia los más fuertes se desmoronan y los más débiles logran proezas increíbles, lo que deja la mejor parte a las influencias de la educación y el entorno. En numerosas ocasiones se ha comprobado que los niños queridos y educados en buenas condiciones poseen un potencial de confianza en sí mismos mayor que el de los niños rechazados, expulsados de casa en casa, abandonados o maltratados.
En su origen, la confianza en uno mismo es producto de un narcisismo positivo, que se podría resumir del modo siguiente: "Quiérete y apréciate lo suficiente tal y como eres"; esto constituye una base sólida para el desarrollo personal y, sencillamente, para existir. Implica creer en uno mismo, en los recursos propios, reconocer los límites de uno, evaluarse en su justa medida, aceptar los puntos débiles y perfeccionarse. Estar contento de existir como uno es y apreciarse proporciona un equilibrio interior que contribuye a una mayor calidad en nuestra relación con los demás y el mundo. Cuando alguien se quiere de esta manera, es capaz de sentir amor y recibirlo.
Como resultado, la confianza en sí mismo garantiza la libertad de pensar y actuar. También quiere decir contar con uno mismo para enfrentarse a las situaciones nuevas, lo que aumenta la capacidad de correr riesgos con una cierta seguridad y resistir ante los fracasos. La confianza en uno mismo se fundamenta en una representación sana del éxito, de nuestras actuaciones y realizaciones; nos autoriza a respetar nuestros proyectos y a dedicarles tiempo y energía. Permite evaluar a los demás con mayor objetividad y afirmarse sin vergüenza, ni miedo, ni agresividad con respecto a ellos.
Un individuo confiado posee un yo fuerte y equilibrado que percibe sus límites, asume sus contradicciones, sus dudas, sus carencias, al tiempo que es consciente de sus recursos, sus convicciones, sus esperanzas, su determinación, su serenidad.

viernes, 20 de agosto de 2010

La confianza en uno mismo (I)


Prefacio
Parafraseando a Musset, Insensato, dijo el sabio; feliz, dijo el poeta", tal vez podríamos imaginar que fuera posible vivir en un estado de placidez beatífica con respecto a los demás y a uno mismo.
¿Quién no desearía una felicidad así?
La confianza en uno mismo es una baza indispensable ante las pruebas, los retos cotidianos en el seno de una sociedad que privilegia a los luchadores y los vencedores. El mundo actual nos enfrenta a dificultades crecientes. Hay que encontrar en uno mismo seguridad suficiente para luchar y no hundirse entra la competitividad a ultranza, el paro, la violencia...
Hay que confiar también en las posibilidades de uno para realizarse y alcanzar la plenitud. De lo contrario, dedicamos toda nuestra energía a tratar de calmarnos y defendernos, en vez de desarrollarnos. Es indispensable un sentimiento de seguridad interior para triunfar en la vida profesional, social, amorosa y familiar. Para comunicar mejor con los demás, hay que dejar de temer su juicio y liberarse de nuestra dependencia con respecto a ellos.
La confianza en uno mismo genera confianza en los demás; entonces podemos volvernos hacia ellos y hacia el mundo, abrirnos a él con lucidez y discernimiento.

(Texto extraído del libro "Tener confianza en uno mismo" Autora Marie Haddou)
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